De las obras faraónicas a las obras necesarias

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Sobre el blog

Eduardo Echeverría
Consultor especializado en ingeniería hidraúlica. Secretario Técnico del Comité Español de Grandes Presas (SPANCOLD) y Vicesecretario de la Asociación de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos.

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No hay duda de que el término obras faraónicas se ha usado hasta la saciedad para calificar determinadas obras públicas con tintes peyorativos por parte de los detractores de dichas obras. Se suele aludir, generalmente, a obras sobredimensionadas, con grandes costos económicos o de discutible utilidad, al menos para el que usa este término. Si se acude al diccionario de la R.A.E., para el término faraónico/a se encuentran dos acepciones. La primera es la más lógica “perteneciente ó relativo a los faraones”, y la segunda es “grandioso, fastuoso”. De la primera definición no hay que hablar más, se explica por sí sola. En cuanto a la segunda acepción, si se busca la definición de “grandioso” aparece “sobresaliente, magnífico”; y si se busca la palabra fastuoso se obtiene “lujoso, magnífico, digno de verse” y “amigo de fausto y lujo”. Podríamos seguir buscando definiciones hasta la saciedad, pero creo que ha quedado bastante claro que el lenguaje coloquial ha desvirtuado el significado primitivo de la palabra, o, tal vez mejor, la R.A.E. debería añadir una nueva acepción que incluyese el significado utilizado actualmente al que aludo.

Les voy a contar tres historias que sucedieron en diferentes épocas y lugares. La primera sucedió hace cuatro mil quinientos años en Egipto, la segunda historia hace setenta y seis años en Estados Unidos de América, y la tercera historia hace doce años en España.

En la meseta de Guiza, cerca del Cairo, hace 4500 años, el faraón Micerinos concluyó la construcción de su famosa pirámide, la última de las tres grandes pirámides, las obras faraónicas por antonomasia. No voy a describir la obra, por ser de todos conocida, sino que quisiera centrarme en la siguiente cuestión ¿fueron las pirámides unas obras faraónicas en el sentido actual?

Buscando respuestas en la red he encontrado este interesantísimo podcast del economista Fernando Trias de Bes sobre la motivación de la construcción de las Pirámides de Guiza y por qué sólo se construyeron tres (hago un breve inciso para recomendar la lectura de su libro “Mil millones de Mejillones”, donde explica de forma amena las principales teorías macroeconómicas). En su narración de los hechos, Fernando describe como se ha descubierto recientemente que las Pirámides de Egipto fueron construidas por hombres libres del propio Egipto, y no por esclavos extranjeros como se creía hasta ahora. Dichas pirámides se llevaron a cabo en las épocas en los que las sequías, y las malas cosechas consecuentes, aumentaban el desempleo.

Los faraones las usaron para mantener a la población empleada y, por tanto la paz social, durante estos periodos de crisis. Esta solución no pudo extenderse indefinidamente, ya que las arcas públicas se agotaron y el faraón Micerinos se arruinó con la construcción de su famosa pirámide, que como ya he dicho fue la última.

Volviendo al planteamiento que quería hacer ¿fueron las pirámides unas obras “faraónicas” al estilo actual? Es muy probable que los egipcios de la época así lo considerasen, y por eso no siguieron construyendo dichas pirámides indefinidamente. Pero a cambio legaron una de las maravillas del mundo a las generaciones posteriores, con un valor artístico incalculable, pese a su limitada utilidad inicial.

Dejemos a las pirámides dormir el sueño eterno conteniendo a sus ilustres inquilinos y viajemos en el tiempo hasta principios del siglo XX para ocuparnos de otra colosal obra.

Hace setenta y seis años, en una cerrada del río Colorado, entre los Estados de Arizona y Nevada, se finalizaba la construcción de la presa Hoover (1936). Esta imponente presa se construyó para la prevención de las inundaciones del citado río a causa de los deshielos de las Montañas Rocosas, para el embalsado de agua para los riegos de las comunidades agrícolas situadas aguas abajo y para el abastecimiento de agua y electricidad, a la ciudad de Los Ángeles, entre otras poblaciones.

Aparte de los claros beneficios que ha aportado y aporta en su explotación, es importante destacar el empleo que generó en una época terrible para la economía americana, como fue la Gran Depresión, donde se llegó a un veinticinco por ciento de paro en EEUU, cifra tristemente actual en nuestro país. Se han realizado estudios de todo tipo respecto a su construcción, y a los beneficios generados, tanto por la “domesticación” de los irregulares caudales del río Colorado como por el aumento en la garantía de las reservas para riego y abastecimiento que esta regulación ha permitido. Asimismo, su construcción permitió la creación de una zona recreativa en el lago artificial generado aguas arriba (Lake Mead National Recreation Area) inscrita en el registro de parques nacionales de EEUU. Incluso la propia presa es una obra de arte en sí misma, considerada como un monumento representativo del “Art Decó” e incluida en el Registro Nacional de Lugares Históricos” de EEUU.

Se puede decir que la presa Hoover es una obra de dimensiones espectaculares (en la época de su construcción fue la presa más alta del mundo), cuyos beneficios también están a la altura de su tamaño. Y hablo en presente porque, en el momento que escribo estas líneas, continúa generando electricidad y regulando agua, incrementando el retorno obtenido de cada dólar que se invirtió en su construcción. Dadas sus dimensiones y el coste que tuvo en su momento se puede calificar de una obra sobresaliente, magnífica, cuya utilidad ha sido igualmente inmensa, por lo que sin duda también puede calificarse como una obra necesaria, que ha resultado tremendamente rentable.

Hablando de pirámides y presas, y de los cuatro mil quinientos años que transcurrieron entre la construcción de ambas obras, no deja de ser curioso el paralelismo en el objetivo de estimular la actividad económica en tiempos de crisis que se dio en ambos casos. La diferencia es que, de ser ciertas las teorías sobre su construcción antes explicadas, las pirámides generaron empleo mientras fueron construidas, pero una vez finalizadas no sirvieron para mantener dicha actividad porque no generaban riqueza, a diferencia de la presa Hoover, que siguió generando beneficios tangibles inmediatamente después de su construcción. Por eso las primeras se dejaron de construir. Entonces ¿fue una mala inversión construir las pirámides?

Cómo el avezado lector ya imaginará la respuesta es no. Aparte del incalculable valor estético de estas creaciones humanas, los ingresos que ha generado el auge del turismo en la época moderna han contribuido de forma significativa a la generación de riqueza en el país de los faraones. Por tanto el factor clave en la cuestión analizada es el tiempo. Ambas obras han sido rentables económicamente en diferentes periodos, y lo que en una obra civil como es una presa se tradujo en un beneficio inmediato, en una obra monumental el beneficio una vez finalizada se rentabilizó en una época diferente.

Por último, hace doce años, en la confluencia de los ríos Luchena y Vélez, en Murcia, se inauguraba la nueva presa de Puentes IV, un recrecimiento sobre la anterior presa existente, Puentes III, que aumentaba la capacidad de embalse de los trece hectómetros cúbicos iniciales hasta veintiséis hectómetros cúbicos. Esta obra ha resultado vital para contener la avenida provocada por las fuertes lluvias del 28 de septiembre de este año, que de no haberse recrecido la presa habrían tenido consecuencias catastróficas en la vega baja del río Segura, como se describe en este enlace. Este caso se ha descrito con detalle en el post que ha escrito el Colegio de Ingenieros de Caminos para iagua, y me remito a él por su magnífica redacción y su intrínseco interés.

Volviendo al análisis coste-beneficio en el tiempo, parece que los beneficios de esta obra también han sido muy inmediatos con respecto al tiempo transcurrido desde su construcción. La nueva presa de Puentes ha contenido un volumen de avenida que la antigua presa no hubiera podido contener, y ha justificado su coste en un periodo muy corto (más corto todavía si se piensa que el efecto beneficioso de aumento de la capacidad de embalse de la nueva presa estuvo disponible desde el día de su puesta en explotación).

Atendiendo a las lecciones aprendidas de la historia, e inmersos actualmente en una crisis que se prevé prolongada en el tiempo, se deduce que es momento de más presas Hoover y de menos pirámides de Guiza, es decir, de construcción de infraestructuras que generen un valor añadido inmediato. He hablado de presas, pero este concepto se puede aplicar a la planificación de cualquier obra pública, cuando el beneficio sea tangible. Y por supuesto, también es imprescindible la mejora en la gestión de lo que ya se tiene.

Pero la historia nos deja otra lección. Y es que aunque a Micerinos la construcción de su Pirámide le pudo generar la animadversión de sus coetáneos, las generaciones posteriores que han recibido riqueza generada por el turismo de dichas Pirámides sin duda le están agradecidas.

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