Los Crímenes del Agua: Las Pescadoras de Perlas (Parte 4)

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Sobre el blog

Enrique Castellanos Rodrigo
16 años trabajando en el Sector del Agua. Actualmente como Coordinador de Proyectos Internacionales de Xylem Water Solutions Iberia (Spain-Portugal). Escritor de Novela y Relato Corto. Blogguer FreeLance. Six Sigma Green Belt (LSS).

Normalmente cuando una persona está bajo una situación de tensión, la reacción suele ser perder el control. Nervios, ansiedad y otras variedades de desequilibrio psíquico que nos hacen perder la perspectiva de poder sobreponernos.

Ante estas circunstancias, el profesor Ulises Flynn solía reaccionar de manera totalmente opuesta. No es que fuese un hombre fuera de lo común. Simplemente estaba acostumbrado a vivir este tipo de trances de manera muy habitual por lo que su organismo se reactivaba para buscar cuanto antes una salida.

Y eso fue precisamente lo que comenzó a hacer el profesor en el momento en el que se sentó en la parte trasera del automóvil negro junto a su guardián. Sus ojos comenzaron a observar todos los objetos que había en el habitáculo. Un paquete de goma de mascar abierto junto a la palanca de cambios. Un trozo de envoltorio debajo del asiento del copiloto, junto a la alfombrilla. Una pegatina en la luna delantera. Esto captó enseguida su atención. La escudriñó atentamente. La pegatina era un distintivo de acceso controlado para el puerto pesquero. En la parte de abajo había un nombre: Nippon-Maru. El profesor anotó mentalmente el nombre. Ya sabía dónde encontrar a Karent Grant.

Ahora se centró en lo más importante. Debía escapar. Es cierto que estaba en bañador y descalzo pero eso no era un problema. No sería la primera vez que tenía que desenvolverse sin apenas enseres. Recordó fugazmente la vez que tuvo que atravesar la jungla de Borneo descalzo, después de que su campamento sufriese un ataque de una tribu local, y tuviese que escapar con lo puesto. En aquella ocasión se zafó por los pelos de los llamados cortadores de cabezas.

En el vehículo donde estaba, su vía de escape era solo una. Ulises sonrió cuando se percató de que sus captores, tan seguros de la amenaza que suponía la pistola que le apuntaba, habían cometido la imprudencia de no cerrar las puertas con el cierre centralizado. Se preparó para saltar.

La técnica para abandonar un coche en marcha no era fácil. Primero tenía que abrir la puerta con rapidez y de manera inesperada. Tenía que ser en un instante en el que el hombre de la cicatriz dejase de mirarle. Después, una vez abierta la puerta, tenía que salir dando la espalda al sentido en el que circulaban. Eso exigía que, a la vez que accionaba la palanca de apertura, tenía que girarse en redondo sobre su asiento.

La siguiente maniobra era saltar sobre el hombro derecho, cargando ahí todo el peso del cuerpo. La clave era que en el momento de salir por la puerta, la espalda estuviese lo más cerca posible del asfalto. Y, finalmente, el último movimiento. Rodar hacia el hombro izquierdo dando las vueltas que fuese necesario hasta que parase. Durante todo ese tiempo, el cuerpo debía de mantenerlo con la mayor tensión posible para minimizar el impacto contra el suelo. Y las extremidades pegadas al cuerpo, hecho una bola.

Transcurrieron cinco minutos hasta que por fin Ulises Flynn tuvo la ocasión perfecta. El chofer le preguntó algo a su compañero. Entonces, al hablar, relajó el brazo y lo dejó caer sobre el asiento. En ese preciso instante en el que la pistola dejó de apuntar al profesor, Ulises abandonó el vehículo en marcha.

Todo ocurrió muy deprisa. Ulises hizo tres movimientos a la vez. Abrir la puerta, girar por completo su cuerpo y abalanzarse hacia la carretera de espaldas y con el hombro derecho proyectado hacia abajo. Su captor se rearmó y le disparó. Pero la bala pasó por encima de la cabeza del profesor justo en el momento en el que desaparecía por la puerta abierta.

Ulises rodó bastantes veces hasta que la fuerza centrífuga de giro perdió fuerza y chocó contra un matorral. Su cuerpo estaba lleno de arañazos. A excepción de unas heridas por abrasión en sus hombros, se encontraba bien. El coche negro había frenado en seco en la cuneta. Rápidamente salió el hombre del traje negro y corrió hacia el profesor disparando descontroladamente.

Ulises escapó a través del bosque que se abría paso desde el lado en el que se encontraba. A pesar de estar descalzo, se movió con agilidad. Las plantas de sus pies estaban acostumbradas. Ulises había corrido la última maratón de New York sin zapatillas. Aquella práctica le resultaba muy útil ahora. El profesor siempre había sabido que su supervivencia dependía, en la mayoría de los casos, de no subordinarse a los objetos aparentemente imprescindibles para la mayoría de la gente.

Entonces, tras recorrer un par de kilómetros, Ulises llegó a un claro donde el terreno terminaba en un acantilado.

La caída era de unos 20 metros hasta el mar. Pero no tenía más opciones que la de saltar. O se lanzaba o le mataban. Su perseguidor le acechaba y en cualquier momento saldría de la espesura del bosque para llegar hasta el acantilado donde se encontraba. Había conseguido despistarle momentáneamente pero aquella situación no duraría mucho tiempo.

Tomó aire, levantó los brazos, flexionó las rodillas y se lanzó de cabeza al agua. En ese mismo instante, notó como una bala perdida que salía de la espesura del bosque rozó su pierna. Afortunadamente la tensión de sus músculos evitó que se desequilibrase. Sintió un leve dolor. Concluyó que sería sólo un rasguño. Mantuvo la postura mientras formaba una parábola en el aire para después comenzar a descender con rapidez desde el acantilado. Pocos segundos después, su cuerpo entró en el agua rompiendo con sus manos la superficie. Descendió como una flecha hacia la profundidad del océano.

Buceo en dirección al fondo. No debía dejarse ver por su captor. Lo mejor que podía pasar ahora era que pensase que se había matado en la caída. Su inmersión fue larga. Con brazadas acompasadas recorrió parte de la costa hasta alejarse del acantilado, fuera de la vista de quien pudiese estar observando desde arriba. Transcurridos tres minutos, salió a tomar aire y comenzó a nadar hasta el puerto pesquero. Su objetivo era llegar hasta el barco llamado Nippon-Maru.

Ulises nadó sorteando la irregular costa delineada por un largo acantilado, hasta que divisó el puerto pesquero. La actividad era alta. Barcos de diferentes tamaños salían y entraban como si fuera una autopista de doble sentido. Ulises siguió aleteando hasta que su cuerpo se mimetizó con las boyas y las embarcaciones. Buscó con cierta desesperación al Nippon-Maru. Afortunadamente lo halló atracado cerca de una de las lonjas.

El profesor nado hasta el costado de babor. Buscó un punto de entrada. Una de las redes colgaba a una altura que le permitiría encaramarse. Se zambullo, cogió impulso y subió por encima del agua todo lo que pudo. Necesitó de dos impulsos más hasta que consiguió asirse de la red. Flexionó sus brazos a la vez que giraba su pierna todo lo que pudo hasta que su cuerpo fue engullido por el cordaje de la red. Parecía una sardina enlatada. Unos segundos después, Ulises Flynn estaba junto a la baranda de la aleta de babor. Se cercioró de que no hubiese nadie en cubierta y saltó la barandilla con sigilo.

En uno de los camarotes, Karen Grant permanecía recluida. La habían conducido hasta allí a base de empujones y amenazas. Afortunadamente no había sufrido ningún otro tipo de agresión. Todo ello le indicaba que la estaban utilización para persuadir al profesor de realizar su trabajo. Escondida como estaba en aquel enorme barco pesquero, dudaba mucho de que Ulises la pudiese encontrar. Había pasado allí encerrada casi un día entero y había tenido mucho tiempo para pensar. Primero se preguntó si merecía la pena exponer así su vida. Que si cada aventura con el profesor iba a estar llena de peligros donde se pudiese jugar su integridad, quizás no mereciese la pena el riesgo. Entonces recordó uno de los axiomas del profesor. Sus recuerdos la transportaron muy lejos de allí.

Estaban en Calcuta, cerca de un centro de cuidados paliativos donde estaban ingresados muchos niños afectados de una rara enfermedad producida por beber agua con mercurio. Aquel compuesto era un veneno para el sistema nervioso de los más pequeños que se habían abastecido durante muchas semanas de una fuente contaminada de la que supuestamente manaba agua potable. El profesor hizo un estudio de las aguas subterráneas y escribió un informe explicando el origen de la contaminación, como siempre, incidiendo en los culpables. Pero eso era necesario para después implementar las medidas paliativas que limpiasen la zona y renovasen los acuíferos con agua limpia.

La imagen de los pequeños con las secuelas aún permanecía fresca en su retina. Manifestaban incapacidad sensorial, coordinación torpe de sus extremidades y daños a órganos vitales como los riñones. Para Karen fue una experiencia espantosa.

Cuando salieron del centro, el profesor, con su pragmatismo habitual que parecía hacerle un ser carente de sentimientos manifiestos, se sentó derrotado en la silla de un pequeño café. Karen detectó que estaba claramente afectado. Para ella, era la primera vez que veía a Ulises Flynn en ese estado. Con voz ronca la dijo:

-Estas situaciones justifican el hecho de que tengamos que exponernos a riesgos mientras hacemos nuestro trabajo. Tan solo hace falta recordar que si nadie lucha por limpiar este planeta, el futuro de nuestros hijos será el que hemos visto hoy.

Karen asintió avergonzada. Sus sentimientos eran contrariados.

-Profesor, es increíble que esto esté ocurriendo en una época donde se han alcanzado avances tecnológicos únicos.

-Karen –la dijo con voz amable-, ¿observó la paradoja del momento? Uno de los pequeños enfermos, tenía a su lado una tableta. La tecnología no conoce barreras y ha llegado a todos los rincones. Por ejemplo, África es uno de los continentes donde la tecnología relacionada con internet ha crecido más. Y, mientras eso ocurre, la sequía, la falta de agua y otros elementos identificativos del cambio climático, abundan en ese continente.

-Está pensando en que se deberían utilizar mejor los recursos, ¿verdad? –concluyó la fotógrafa.

El profesor asintió con tristeza.

-Un niño moribundo con una tableta. Sencillamente no lo entiendo –finalizó el profesor ensimismado en sus reflexiones.

Un golpeteo en la escotilla de su camarote despertó a Karen de sus pensamientos de Calcuta. Volvió a la realidad de sopetón. Giró su cabeza y vio a través del cristal al profesor. Ulises Flynn la sonreía a través del cristal mientras le guiñaba un ojo. La esperanza embargó a la joven fotógrafa.

Continuará…

Más información sobre el Autor: Enrique Castellanos Rodrigo

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