¿Qué es la selvicultura hidrológica? (II). Propuesta de bases

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  • ¿Qué es selvicultura hidrológica? (II). Propuesta bases

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Jacobo Maldonado
Socio fundador de Entorno Producciones y Estudios Ambientales S.L., Ingeniero de Montes y miembro de ASEMFO (Asociación Nacional de Empresas Forestales Contacto: Arancha López de Sancho Collado)
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En una entrada anterior introdujimos el concepto de Selvicultura Hidrológica. En este caso pasamos a enumerar una propuesta de directrices para ir avanzando en su desarrollo. El objetivo de esta disciplina es influir en los caudales de agua azul que genera una masa forestal. Es decir su escorrentía más su infiltración.

En selvicultura hidrológica mediterránea partimos del hecho de que la mayor parte del agua con este destino se produce en los meses más fríos del año, cuando los suelos están saturados de agua, o bien ligados a eventos excepcionales respecto a la cuantía de sus precipitaciones en los que la escorrentía hace su aparición.

Los territorios mediterráneos con vocación principal para la producción de agua azul, son aquellos donde las precipitaciones de los meses de noviembre, enero, febrero y marzo, son claramente superiores a la evapotranspiración. Este hecho se produce en las zonas mediterráneas de nuestra península donde la precipitación anual supera la cantidad de 500 mm. A partir de este valor de precipitación media anual sabemos que aumentará % de agua azul generada así como sus valores absolutos. A escala local, un monte o la típica propiedad forestal, el mayor volumen de agua azul se producirá en noviembre, enero, febrero y marzo. Los meses durante los cuales los pequeños arroyos temporales corren en nuestras masas mediterráneas.

EL TERRITORIO Y LA PLANIFICACIÓN:

El primer paso en la planificación y la ordenación forestal requiere dividir el territorio en unidades de características lo más homogéneas posibles. En el caso de que el producto o servicio principal a gestionar sea el agua sugerimos las siguientes recomendaciones:

Parece evidente que la unidad de planificación surja de la división del territorio en cuencas y subcuencas hidrográficas. De este modo y aplicando diversas metodologías podremos conocer de forma sencilla y eficiente el resultado de las actuaciones, pues podremos medir la escorrentía superficial de salida de cada una de las cuencas. Podemos definir como cuenca hidrológica de un río, arroyo, vaguada o barranco, la porción del territorio que vierte sus aguas en el mismo. Las líneas que separan unas cuencas de otras se llaman divisorias de aguas. En terrenos calizos y kársticos, las divisorias de aguas deben ser revisadas y ajustadas a las divisorias de aguas subterráneas, pues la escorrentía es muy inferior. Tomaremos como referencia los afloramientos de aguas en las bases de los macizos calizos y reflexionaremos sobre de donde procede el agua de fuentes y manantiales.

En cuencas de formas alargadas ligadas a vaguadas y valles en V parece interesante, subdividir la cuenca por vertientes.

La orientación de las pendientes será el siguiente factor a tener en cuenta. En solanas las actuaciones sobre la vegetación estarán bajo el principio de máxima prudencia para evitar suelos desnudos y erosionados, mientras que en umbrías las actuaciones, en caso de error, presentan un mayor grado de reversibilidad. Es de esperar que las solanas ofrezcan mayores porcentajes de escorrentía en relación con la infiltración y en las umbrías el porcentaje de la primera será previsiblemente menor.

Hasta aquí, nuestro objetivo será haber dividido el territorio, en cuencas y subcuencas, estas a su vez en vertientes cuando son claramente identificables y por último habremos señalado entre éstas las de carácter más claro de umbría o solana.

La siguiente variable a aplicar, si la superficie de planificación lo recomienda será la pendiente del terreno. Una norma práctica será clasificar el territorio en al menos dos categorías: pendientes mayores del 20% y menores de este valor. A mayor pendiente, mayores precauciones deberemos tomar frente a la erosión del suelo. Un matiz interesante a contemplar de forma intuitiva es distinguir entre pendientes cóncavas (semejantes a un cuenco que tenderán a recoger aguas) y convexas, lo contrario, que tenderán a “expulsarlas”. Las pendientes inferiores al 20% tienen dos opciones muy claras. La primera y más interesante, en cuanto a producción de agua, es considerarlas como zonas de máxima producción. En ellas la densidad de vegetación será mínima, garantizándose siempre la existencia de una escorrentía limpia. Serían zonas de pastos fundamentalmente. La otra opción sería considerarlas zonas de recarga de acuífero, pues en presencia de vegetación densa, la escorrentía podría ser prácticamente nula. Dependerá fundamentalmente de la textura de los suelos.

LA COBERTURA FORESTAL.

En estos años se han ido generando estudios e investigaciones que documentan el hecho de que a una mayor cobertura forestal de la cuenca, le corresponde un menor caudal de salida o de agua azul. Este hecho coincide con el crecimiento de las masas arboladas en nuestro país uno de los motivos por los que se han generado este tipo de estudio. Es decir, una cuenca cubierta de bosque en su totalidad, genera menos caudales que si lo estuviera en menor proporción. Ese dato es matizable para cada clima y situación pero debe ser tenido en cuenta. En general lo que más nos interesa es lo que sucede en invierno, cuando los suelos tienen al máximo sus reservas y generalmente están saturados.

En consecuencia, si lo que queremos es disponer de más agua azul deberemos disminuir la superficie forestal. Por el contrario, si lo que queremos es máxima calidad para el agua azul, tendremos que aumentar la superficie. El gestor deberá buscar el punto de equilibrio entre estos dos objetivos que siempre serán complementarios. Una forma de enunciarlo sería que no se debe buscar Agua Azul sin un mínimo de calidad. Es decir aguas limpias frente a aguas turbias.

De los estudios consultados parece deducirse que para una misma proporción de cubierta forestal, se genera más agua azul si está distribuida en bosquetes que de manera uniforme por todo el territorio. Este hecho es esperable, al menos para porcentajes de cobertura superiores al 50%. Las porciones no cubiertas de vegetación, serían claros para la producción de una mayor escorrentía y mayor infiltración a favor de la disminución de la evapotranspiración (agua verde) en dicho claro.

La cubierta vegetal de un territorio es fiel reflejo de la capacidad de retener agua de sus suelos. Este factor depende de la profundidad y la textura. Desde el punto de vista de la producción de agua, los suelos esqueléticos, e impermeables de poco grosor, son los que generan más escorrentía y por lo tanto más agua azul, local o de rápida recolección. Estos suelos, si no están desnudos suelen estar cubiertos, cuando las precipitaciones son suficientes, de matorrales tales como jarales o brezales, que impiden los procesos erosivos y generan escorrentías altas. En otras palabras y como ya hemos dicho anteriormente, los jarales y brezales son espacios con gran capacidad de producción de agua azul. En la planificación de nuestras cuencas deberemos tener muy en cuenta su presencia y lo que indican.

Las cumbreras de las zonas más altas y las zonas de baja pendiente en las vertientes serán las ubicaciones seleccionadas para mantener pastizales y comunidades de vegetación herbáceas. Los roquedos y los canchales estabilizados sin arbolado, se mantendrán libres de vegetación arbórea, si ya lo estaban previamente.

Los fondos de Valle, vegas y navas y en general las cotas más bajas, son el destino natural de las aguas azules y donde adquirirán su utilidad final. Las zonas de vaguada en cabecera, por motivos legales relacionados con el dominio público, suelen ser ubicaciones utilizadas para la instalación de infraestructuras de almacenamiento y depósito de aguas.

A mayor cantidad de precipitaciones anuales, el porcentaje de agua azul aumenta generalmente siendo especialmente significativos en precipitaciones superiores a los 700/800 mm. En la España mediterránea estos valores tan solo se alcanzan en montaña.

La presencia de fuentes y manantiales nos permitirá hacer otro tipo de valoración, buscando en primer lugar la infiltración frente a la escorrentía. Es el caso extremo de los aprovechamientos de las aguas minerales. En ellos, lo que nos interesa, es saber la procedencia de las aguas explotadas, para favorecer la infiltración en las zonas de origen y recarga. Está técnica es conocida como siembra de agua. Las formaciones vegetales más apropiadas serán las que anulan la escorrentía y en un segundo término las que consumen menos Agua Verde. Este último matiz depende sobre todo de la temperatura, pero también de la cantidad de biomasa producida sobre el terreno. Como no podemos modificar la temperatura media no nos queda otra solución que realizar todas aquellas medidas destinadas a favorecer la permeabilidad de los suelos y la infiltración en profundidad. Esa segunda variable es de muy difícil gestión, por lo que nos centraremos esencialmente en la primera. Tres cosas parecen sencillas de ejecutar:

  • Restauración de todas aquellas superficies con suelos desnudos o procesos erosivos en marcha, a partir de la plantación de vegetación con muy bajo nivel de exigencias en agua.
  • Disminuir la carga ganadera o cinegética sobre dichos puntos puede ser también un paso de interés que además mejora la calidad del agua en los manantiales.
  • Realizar laboreos que aumenten la infiltración como pueden ser subsolados, caballones u otras medidas de este tipo.

Si se trata de fuentes no aprovechadas comercialmente, las actuaciones serán similares, por la riqueza en biodiversidad que aportan así como por los servicios domésticos que proporcionan.

Adaptado de nuestra publicación on-line Fundamento y prontuario de actuaciones para la producción de agua en tierras forestales

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