Los imaginarios culturales como determinantes del uso del agua

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Sobre el blog

Juan José Escobar Morales
Ingeniero civil por la Pontificia Javeriana Cali, Colombia, con un master oficial en hidráulica y medio ambiente en la UPV. Actualmente, es especialista en hidráulica urbana para Miya con proyectos en Latinoamérica.
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Uno de los grandes retos actuales de nuestras ciudades y regiones en el siglo veintiuno, es encontrar dinámicas hacia la sustentabilidad en sus procesos de desarrollo y crecimiento, lo cual involucra la equidad, el bienestar social, la calidad de vida de los habitantes urbanos y rurales, el derecho de todos a la ciudad y al campo, y la sostenibilidad ecológica. Esta búsqueda no es solo un reto del Estado y de los gobiernos de turno, sino también un ejercicio, un deber y un derecho permanente de los diferentes sectores de la sociedad.

Hemos de recordar que las bases de los modelos de desarrollo mas “difundidos” proponen que somos el centro de la creación y que nuestro papel es dominar el entorno, esto nos conduce a un punto de no retorno. Somos el único ser vivo que ha desarrollado la capacidad de destruir su propio hábitat. La problemática del agua no está aislada de esta discusión, ni de los ríos y mares, ni de los seres humanos que la habitamos. Tampoco del ciudadano que la observa salir desde su grifo. Somos parte de un organismo vivo, llamado por algunos Planeta Tierra, Pachamama o Gaia por otros. Bajo esta mirada debemos separarnos de la arrogancia propia del pensamiento tecnocrático, para proponer un nuevo modelo de ciudad, frente al modelo que responde actualmente a la lógica del desarrollo centrado en el mercado, la acumulación y la propiedad, sobre el patrimonio natural.

El uso del agua no solo está determinado por la mecánica del fluido y la tecnología asociada a él; sino por los imaginarios culturales de la sociedad actual

Cuando hablamos del agua, lo hacemos desde la perspectiva de la mecánica del fluido, su comportamiento o simplemente como una fuente generadora de energía. Ahora alejándonos de esta visión tecnica, el agua es mucho más que un fluido en un cauce o tubería, es un patrimonio de las comunidades, los pueblos y la humanidad, principio constitutivo de la vida en nuestro planeta. ¡El agua no es una mercancía!

Retomando la idea de un modelo “más justo” para la ciudad, debemos entender que el uso del agua no solo está determinado por la mecánica del fluido y la tecnología asociada a él; sino por los imaginarios culturales de la sociedad actual. Hemos de entender, que la cultura de lo urbano está compuesta por la fusión de factores como la segregación espacial de la población, la transformación del espacio público, la pérdida de significación de los lugares tradicionales como las plazas o parques centrales y el creciente aumento de las desigualdades (Quesada, 2006).

Los nuevos imaginarios sobre el agua permiten entender como el ciudadano percibe y usa este preciado recurso, y como elaboran de manera colectiva ciertas formas de entender el agua subjetiva, el agua imaginada, que termina guiando con más fuerza los usos finales de ésta. El pensamiento humano moldea su hábitat creando nuevas estrategias y formas de vivir, transformando el agua como objeto eterio modelable en cada instante de la evolución de la urbe; dando las respuestas a las empresas de servicios públicos, para crear su estrategia de abordaje a la gestión sostenible del agua, la cual no alcanzará a ser tan determinista como para afirmar que cada usuario le corresponde una estrategia, pero si socializa sin llegar a ser un estándar.

No encuentro mejor manera de cerrar esta nota que con este párrafo de Tafuri de 1983 –“la tarea de la crítica es colocar al creador (el técnico) en un cuarto en el que no parece haber ni puertas ni ventanas, para llenarlo de agua hasta ahogarlo. No por espíritu "negativo", sino para que el creador descubra que el cuarto en realidad no tiene paredes ni techo, es decir, que no existe ningún cuarto, y de tal manera se vea obligado a inventar un nuevo espacio”. – He ahí donde los estudios técnicos se han vuelto piscinas de aguas mansas, en plena transformación turbulenta de la ciudad y la imaginación sobre el agua nada impotentes.

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