Médico del agua

Nominado en los Premios iAgua 2016

Sobre el blog

Juan José Salas
Doctor en Química por la Universidad de Sevilla Director de I+D+i de la Fundación CENTA 34 años dedicado al tratamiento de las aguas residuales, especialmente de los vertidos generados en las pequeñas aglomeraciones urbanas MEDICO DEL AGUA
  • Médico agua

Aprovechando que el lema del Día Mundial del Agua 2016 versa sobre “Agua y trabajo”, quisiera estrenarme como blogger disertando sobre una profesión relacionada con el mundo hídrico, la de médico del agua.

El apelativo de médico del agua no es nuevo, pues ya en el siglo XVIII el Doctor D. Juan Vázquez Cortés, revalidado en Sevilla, se hacía llamar en sus escritos de esta manera y así era conocido en toda Andalucía. Este sobrenombre venía justificado por su defensa a ultranza de las propiedades curativas del agua, que era la base de sus tratamientos. En su obra de 1735, “Medicina de las fuentes: corriente de la medicina del agua. Purgas sin corrientes”, D. Juan demostraba su fe ciega en las propiedades curativas del líquido elemento, indicando que “las aguas frías, las calientes y sobre todo la natural, habían curado tan crecido número de enfermos, que faltaría papel para la firma de todos los interesados”.

Pero en esta ocasión me quiero referir a otra rama de la medicina del agua, la que se esfuerza en intentar devolver a las aguas, cada vez mas enfermas, su salud perdida.

El origen de esta profesión viene de antiguo y en su desarrollo y evolución se observan similitudes con la medicina clásica.

Hasta no hace relativamente mucho tiempo (siglo XIX), el único tratamiento que se prescribía para las aguas enfermas se limitaba a su aislamiento, para evitar su contacto con los seres humanos y con las aguas que estos empleaban para beber. Se actuaba de forma similar a como se hacía en los casos en que se declaraba una de las muchas epidemias que asolaron a la humanidad en tiempos pasados, aislando al foco infeccioso.

En 1842 Sir Edwin Chadwick (1800-1890), tras elaborar un informe sobre las condiciones sanitarias en Gran Bretaña, estableció la necesidad de recurrir al empleo de sistemas separativos para la conducción de las aguas residuales y de las pluviales. La conducción separada de las aguas residuales mejoró notablemente las condiciones higiénicas a nivel particular, pero como contrapartida se produjo una mayor concentración de la contaminación, lo que condujo a un empeoramiento de la calidad de los cauces receptores, creando condiciones higiénicas y medioambientales lamentables. Para paliar esta situación, se propuso el empleo de las aguas residuales para fertilizar los suelos, siguiendo la recomendación de Chadwick: “El agua pluvial al río y la residual al campo”. Convirtiéndose, de este modo, la aplicación al terreno, en uno de los primeros tratamientos prescritos para la cura de las aguas enfermas.

A partir de aquí, se fueron desarrollando nuevos tratamientos. En un principio, estos se basaban en una simple “cura de reposo” del agua enferma (fosa séptica, 1860). Lo que hoy llamaríamos tratamiento en régimen ambulatorio, sin hospitalización.

Pero ya a partir de mediados del siglo XX, lo habitual es que al paciente se le hospitalice, pasando directamente a la unidad de cuidados intensivos, donde se le mantiene con ventilación asistida y con control permanente de sus constantes vitales (oxígeno disuelto, pH, temperatura).

Salvo contratiempos, el paciente experimenta en poco tiempo una notable mejoría, y puede abandonar el hospital tan solo unas horas después de su ingreso. Aunque a la salida su médico del agua de cabecera le suele insistir en que trate de seguir una dieta baja en grasas, proteínas y toallitas húmedas, lo normal es que estas recomendaciones no se respeten y que el paciente vuelva a recaer, mas tarde o temprano, precisando de nuevo asistencia médica.

Cada vez va siendo más habitual que se aproveche la estancia hospitalaria del paciente para someterlo a tratamientos complementarios, al objeto de reducir sus niveles de nutrientes y su potencial patógeno.

Como ocurre con la medicina humana, hoy en día rara es la ocasión en que un médico del agua se atreve a diagnosticar a un paciente sin las pertinentes pruebas analíticas previas. En este campo, las técnicas analíticas han experimentado un notable desarrollo, pasando en corto espacio de tiempo del empleo de determinaciones meramente organolépticas (color, olor, sabor creo que no), al uso de nuevas técnicas, que llegan a detectar concentraciones ínfimas de tóxicos.

Estas técnicas analíticas más refinadas están poniendo en evidencia que los pacientes ingresan hoy en día con elevados niveles de intoxicación, por el consumo creciente de nuevos contaminantes. Para esta nueva enfermedad, achacada al “progreso”, se están desarrollando nuevos tratamientos de desintoxicación, que en corto plazo de tiempo se prevé que serán rutinarios en los hospitales del agua.

Al igual que en la medicina clásica, en la medicina del agua también se asiste en los últimos tiempos a un auge de los remedios naturales. Tratamientos menos agresivos, que vienen a imitar los remedios curativos que la propia naturaleza viene llevando a cabo, con demostrada sabiduría, desde que hay vida en el planeta. A modo de ejemplo, el tratamiento mediante humedales artificiales se basa en la función de riñones que ejercen las zonas húmedas naturales. Por lo que en cierto modo, se puede decir que en este tratamiento se “dializan” las aguas residuales con el auxilio de un riñón artificial/natural. Como ocurre con la medicina humana, esta rama naturista no es siempre bien vista por el sector oficial de la medicina del agua.

Pese a los enormes esfuerzos del colectivo de médicos del agua por recuperar la salud perdida de este recurso, los resultados no son muy alentadores. Los pacientes recaen cada vez con más frecuencia y con síntomas más graves. En cierto modo la profesión de médico del agua recuerda al castigo con el que los dioses castigaron a Sísifo. Pero en este caso, el médico del agua no sube colina arriba con una piedra sobre sus hombros, para volver a caer antes de llegar a la cima, sino que devuelve la salud pérdida al agua, con la certeza de que en breve la ha de volver a perder. Pero merece la pena seguir intentándolo.

Cuando de pequeño me preguntaban que quería ser de mayor, siempre respondía sin dudar: médico. Ante esta respuesta mi madre solía comentar con ironía: “sí, médico del agua” (sin haber oído hablar jamás del Doctor D. Juan Vázquez Cortés, pero quizás por paisanaje). Quién iba a imaginar en aquellos tiempos lo acertada que sería su predicción, pues llevo más de treinta años dedicándome a intentar sanar aguas enfermas.

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