Los límites de la depuración

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Sobre el blog

Lluís Sala
Biólogo especializado en regeneración de aguas y sostenibilidad. Música, fotografía, cultura, viajes, idiomas. Intentando aprender y procurando compartir. Nuevo reto: ser padre.
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En el Antropoceno, la era de la superpoblación y de la constatación irrefutable del cambio climático, no habrá futuro para las sociedades que no depuren sus aguas residuales. Lo que hasta hace menos de un siglo era poco menos que una excepción, incluso en los países considerados desarrollados, el mundo del siglo XXI verá la implantación de sistemas de tratamiento de aguas residuales también en los países en vías de desarrollo, en muchos de los cuales se encuentran las mayores conurbaciones del planeta y donde la presión sobre el recurso agua es máxima.

Una importante cuestión que se planteará es la de los límites a los que deberá llegar dicha depuración. Ello es algo de gran importancia, puesto que las infraestructuras, una vez ejecutadas son de difícil reorientación o sustitución. Allí donde esté todo o casi todo por hacer partirán con la ventaja de que podrán decidir con mayor libertad hasta dónde llegar en cuanto a calidad y en dónde ubicar sus instalaciones de tratamiento para afrontar los retos del siglo XXI. No debería sorprender pues que en unas pocas décadas en las megápolis de los países en vías de desarrollo se llevaran a cabo importantes -y necesarios- proyectos de depuración de aguas asociados a instalaciones de repurificación con la finalidad de producir nuevos recursos que ayuden a abastecer a la ingente población. Es posible que en estas sociedades de desarrollo reciente, explosivo y un tanto caótico, veamos florecer soluciones creativas, nada dogmáticas y muy centradas en resolver problemas concretos: los ejemplos de Windhoek en Namibia con su reutilización potable directa y el proyecto de NEWater de Singapur serían dos ejemplos a los que podrían seguir muchos más.

Desde 1991 en Europa existe una directiva que determina cuáles deben de ser los niveles de calidad de los vertidos de las instalaciones de tratamiento de aguas residuales. Más de 25 años después, se sigue considerando que en zonas no sensibles un agua residual está bien depurada si tiene menos de 25 mg/l de DBO5 y menos de 35 mg/l de materias en suspensión. Hoy sabemos que un efluente secundario que contenga, pongamos por caso, 20 mg/l de DBO5 y 30 mg/l de materias en suspensión y que sea vertido a un cauce seguirá mostrando un impacto notable sobre la ecología del medio receptor aguas abajo del punto de vertido, a no ser que exista un caudal de dilución muy importante. Que unos límites así son insuficientes, incluso en el caso de que se cumplan las exigencias de eliminación de nitrógeno y fósforo recogidas por la propia Directiva 91/271/CEE, nos lo indica la posterior aparición de la Directiva Marco del Agua de la Unión Europea, que con su demanda de consecución del buen estado ecológico de las masas de agua ha venido a reconocer que las normativas promulgadas hasta el momento en cuanto a depuración habían sido efectivas, pero insuficientes. Sin embargo, la inexistencia de límites concretos para los parámetros de calidad en el caso de la Directiva Marco del Agua lleva a que en la práctica sigan tomándose como referencia los de la Directiva 91/271/CEE, lo que nos conduce a una situación de estancamiento conceptual.

Es mi impresión que la Directiva 91/271/CEE, pionera en su momento y que ha permitido una mejora notable aunque incompleta del medio acuático europeo, de no ser revisada con la vista puesta en las necesidades de las próximas décadas corre el peligro de pasar a ser una rígida cotilla que coarte tanto la mejora de la calidad de las aguas como el desarrollo de proyectos innovadores relacionados con los procesos de tratamiento y con la gestión de los recursos hídricos. La situación de las finanzas públicas españolas, junto con la necesidad de renovación de las infraestructuras de saneamiento, muchas de ellas costeadas en su momento con fondos europeos, dificultarán que haya disponibilidad de dinero para cubrir los costes adicionales de depuración que se derivarían de una explotación de las infraestructuras que buscara la excelencia en cuanto a la calidad del efluente, en pos de un menor impacto sobre el medio ambiente y/o de generar un recurso aprovechable vía reutilización.

En 1991 preocupaban la DBO5, la DQO y la MES, y algo también el nitrógeno y el fósforo, pero en el siglo XXI hay nuevos retos que considerar y añadir a los anteriores, como por ejemplo los microcontaminantes orgánicos (biocidas, cosméticos, hormonas) y los microorganismos fecales. Ambos se encuentran en prácticamente todas nuestras aguas superficiales y tienen su origen, en una gran mayoría de casos, en los vertidos de unas depuradoras construidas para dar cumplimiento a la ya vieja Directiva. Esta disociación entre las necesidades reales, que cada vez son más complejas y son conocidas con mayor rapidez y precisión, y la legislación, que es rígida por naturaleza y, por tanto, poco adaptativa, debe ser tomada en consideración para poder ser corregida en la medida de lo posible.

La idea sobre la cual descansa la necesidad de disponer de un servicio de saneamiento es la de devolver al medio ambiente el agua que hemos utilizado en nuestra vida cotidiana con la misma calidad, o muy parecida, a como la hemos captado. Por el momento este planteamiento no ha pasado de ser una utopía bienintencionada, ya que la realidad aún hoy es bien diferente, con unos efluentes que contienen niveles de sustancias contaminantes de todo tipo que lógicamente no estaban presentes en el agua potable consumida. Sin embargo, la realidad (superpoblación, incremento de la demanda de agua, contaminación, cambio climático) nos va empujando hacia la materialización de la utopía y por tanto hacia una gestión circular del agua, como ya sucede en unos cuantos lugares del mundo. Este nuevo enfoque obligará a reconsiderar la calidad de los efluentes de las estaciones depuradoras de aguas residuales y dará un mayor sentido si cabe a su función, pasando de ser unas instalaciones relativamente pasivas que recogen un agua muy contaminada y la devuelven al medio bastante menos contaminada, a unas infraestructuras proactivas en la generación de nuevos recursos que podrán ser utilizables, de ser necesario, incluso para el abastecimiento. Pero para este largo viaje hace falta dar un primer pequeño paso, que podría ser perfectamente el reconocer que los límites actuales de la depuración requieren una revisión y un replanteamiento.

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