Nuevas variables en una vieja ecuación

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Sobre el blog

Lluís Sala
Biólogo especializado en regeneración de aguas y sostenibilidad. Música, fotografía, cultura, viajes, idiomas. Intentando aprender y procurando compartir. Nuevo reto: ser padre.
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Traducción al castellano del artículo original en catalán aparecido en el número 15 del boletín Aigua Amiga, publicado por la Associació Catalana d'Amics de l'Aigua

Dicen que el hombre siempre ha buscado el agua y por eso las ciudades han nacido y se han desarrollado junto a ríos. Es una de esas frases típicas y tópicas sobre el agua, como aquella otra que dice que es un recurso escaso. Sobre esta última podríamos decir que no, que es un recurso constante en el planeta Tierra, pero que al haber cada vez más personas y al aumentar tanto la demanda global de agua como la contaminación que la ensucia, los recursos disponibles per cápita disminuyen y de ahí la sensación de escasez creciente. Y de la primera podríamos decir que quizás antes era así, aunque con importantes excepciones. A modo de ejemplo, la ciudad de Constantinopla no tenía -ni tiene aún ahora la moderna Estambul- ningún curso de agua importante en sus cercanías inmediatas y ya desde los siglos IV y V se ha venido abasteciendo de una red dendrítica de canales y acueductos de unos 400 km, lo que representa una de las más grandes obras de ingeniería hidráulica de la Antigüedad.

Al igual que la antigua Constantinopla, las modernas ciudades ya no se han desarrollado necesariamente al borde de grandes ríos, sino que han ido a buscar el agua allí donde había disponibilidad, al igual que se ha hecho con cualquier otro recurso, desde los alimentos hasta los combustibles, la energía eléctrica o los teléfonos móviles. La región metropolitana de Barcelona sería un ejemplo cercano, con los trasvases de las aguas de los ríos Ter y Llobregat y la más reciente planta desalinizadora del Prat de Llobregat, pero encontraríamos otros ejemplos más extremos en regiones más modernas y pobladas, como por ejemplo en el continuo urbano que va de Los Ángeles a San Diego, ubicado en clima casi desértico y que se abastece de tres fuentes principales: i) las aguas recogidas en las montañas más cercanas; ii) las transportadas desde el norte de California; y iii) las importadas desde el río Colorado a su paso por los estados de Nevada y Arizona. O Riad, en el centro del desierto de Arabia Saudí, que con 5,2 millones de habitantes hoy en día tiene más agua que nunca gracias sobre todo a plantas desalinizadoras ubicadas en la línea de costa, a unos 400 km de distancia, y el transporte que se hace para abastecer a esta capital. Así pues, es cierto que el hombre a lo largo de su historia se ha establecido preferentemente en zonas cercanas al agua, pero cuando estas fuentes cercanas se han agotado -o no ha habido disponibilidad- se han hecho los esfuerzos que han sido necesarios para traer más, ya sea desde distancias lejanas o bien produciéndose mediante todo tipo de tecnologías, de creciente intensidad y complejidad.

El recurso que en muchos lugares parecía inagotable, ya ha llegado o está a punto de llegar a su límite

Este esquema sencillo y lógico tiene límites físicos y conceptuales. Físicos, cuando ya no se puede traer agua de ningún otro sitio, no hay fuentes alternativas cercanas o cuando falta la energía con la que hacer funcionar las instalaciones que la producirían. Y conceptuales, por la aparición de dos nuevas variables que en este siglo XXI condicionan la gestión de los recursos hídricos, como son el respeto por el medio ambiente, en Europa expresado en forma de Directiva Marco del Agua, y la relación entre los servicios del ciclo del agua y su consumo de energía, expresada por el cociente entre los kilovatios consumidos y los metros cúbicos suministrados.

El paradigma definido por estas dos nuevas variables puede tener consecuencias importantes en Cataluña. La Directiva Marco del Agua nos dice que los caudales ambientales son una restricción a cualquier uso, incluso el abastecimiento, lo que en el caso de las cuencas internas de Cataluña significaría que para los ríos Ter y Llobregat las situaciones vividas en las repetidas sequías del periodo 1998-2008, en las que los caudales se vieron muy mermados en hacer falta aquellos recursos para garantizar el abastecimiento de la región metropolitana de Barcelona, ya no deberían volver a repetirse. En cuanto al vínculo entre el agua y la energía, este es un aspecto de creciente relevancia para cuestiones ligadas a los costes globales de los servicios, a las emisiones de CO2 ya la sostenibilidad general, especialmente si las fuentes energéticas son primordialmente no renovables, porque dado que no llueve ni petróleo, ni carbón, ni uranio, utilizar recursos no renovables para producir un recurso renovable como el agua es contrario a la sostenibilidad. Esto significa que habrá que utilizar en cada momento los recursos disponibles y con el menor consumo energético asociado y que habrá que dejar los más costosos energéticamente para situaciones excepcionales.

Por tanto, si en un futuro a medio plazo por un lado se limitan las extracciones y por el otro se limitan las emisiones, ¿cuáles son las opciones disponibles para garantizar la disponibilidad de recursos en épocas de sequía o ante fenómenos de crecimiento de la demanda, como por ejemplo por incremento de la población? Pues relativamente pocas, pero todas ellas pasan por hacer un aprovechamiento racional de los recursos disponibles, maximizando el ahorro y el uso eficiente, pero incluyendo también la reutilización de las aguas residuales depuradas, el recurso local por excelencia que permite que el mundo del agua también pueda convertir en circular lo que es lineal. Casi todos los expertos coinciden en este punto, pero a estas alturas el quid de la cuestión no es tecnológico, sino de integración de este agua dentro de la gestión rutinaria de los recursos hídricos: no sabemos aún cuándo la tenemos que utilizar (¿siempre o sólo en determinados períodos?), ni cómo la debemos de usar (¿como agua regenerada, para sustituir recursos potables, o como agua repurificada, para aumentarlos?), ni cómo debemos cubrir sus costes (a través de las tasas con que se grava el saneamiento o bien a través de las tarifas de abastecimiento?). Desgraciadamente, los focos de la investigación están concentrados casi exclusivamente en cuestiones tecnológicas, de manera que las de orden práctico permanecen a la sombra y sin resolver. Lástima de tiempo perdido.

La Cataluña de las cuencas internas no tiene garantizada el agua para cubrir sus necesidades en condiciones de pluviometrías inferiores a la media climática. El Plan de Gestión de Cuenca Fluvial 2016-2021 que la Agencia Catalana del Agua ha sacado a exposición pública detecta para el sistema Ter-Llobregat un déficit hídrico a corto plazo de 2 m3/s, equivalentes a 60 hm3/año, y de 6 m3/s, equivalentes a 180 hm3/año, a largo plazo. Si se confirma este nuevo paradigma, el déficit ya no podrá cubrirse a la manera clásica, secando ríos y quemando kilovatios, sino que habrá que encontrar maneras más ecológicas y más económicas, energéticamente hablando, para producir el agua que nos falta. Es aquí donde aparece el agua depurada, especialmente la que es vertida al mar por las dos EDAR de Barcelona, que actualmente suma del orden de 8 m3/s, casi dos tercios de los 13 m3/s que necesita la región metropolitana. Este agua, convenientemente regenerada y/o repurificada, puede aportar unos volúmenes imprescindibles para la adecuada garantía del sistema, porque la disponibilidad es similar incluso en épocas de sequía. Las ventajas de este recurso son, por un lado, que no implica nuevas extracciones del medio y por la otra, que mediante su tratamiento de repurificación, que incluye la ósmosis inversa, permite obtener un agua de calidad normativamente potable similar a la obtenida mediante desalación con unos costes energéticos relativos claramente inferiores. Es cierto que el RD 1620/2007 que regula la reutilización del agua en España no lo permite, pero la racionalidad económica y ambiental empujará en esta dirección y hará que la actual legislación, absurdamente restrictiva, se adecue para proteger la salud pública sin impedir el lógico progreso de las cosas.

Los tiempos están cambiando, también en el mundo del agua, y aquel recurso que en muchos lugares parecía inagotable, ya ha llegado o está a punto de llegar a su límite. La ecuación es la de siempre, captar recursos para atender demandas, pero las nuevas variables que representan la protección ambiental y el vínculo entre agua y energía nos harán cambiar la manera de resolverla. Cuando antes seamos capaces de identificar y de entender este nuevo marco, más rápidamente nos adaptaremos a este nuevo paradigma y evitaremos los traumas que vividos en la última sequía.

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