Recuerdos de Mezquital

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  • El Valle de Mezquital ha drenado durante cuatro siglos las aguas residuales de Tenochtitlan y México DF

Sobre el blog

Lluís Sala
Biólogo especializado en regeneración de aguas y sostenibilidad. Música, fotografía, cultura, viajes, idiomas. Intentando aprender y procurando compartir. Nuevo reto: ser padre.
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A mediados de noviembre de 2003 tuvo lugar en la ciudad de México el 4º Congreso del Water Reuse Group de la International Water Association (IWA), al cual asistí representando al Consorci Costa Brava. Allí tuve la oportunidad de presentar un trabajo titulado "Towards sustainability in water recycling", que un año más tarde apareció publicado en la revista Water Science and Technology, un pequeño hito en mi carrera profesional.

Once años después, el paso del tiempo ha ido erosionando lentamente muchos de los recuerdos de lo que allí aconteció. Sin embargo, recuerdo con especial vivacidad los relacionados con la visita técnica que escogí, la del Valle de Mezquital (altitud entre 1.700 y 2.100 m sobre el nivel del mar), el lugar situado unos 60 km al norte de la ciudad de México (altitud 2.250 m) y al cual durante casi cuatro siglos fueron drenadas las aguas de la laguna endorreica de Texcoco, que rodeaba la primigenia capital azteca, Tenochtitlan, así como la posterior ciudad de México, construida sobre sus ruinas. Cual Mar de Aral desecado a cámara lenta, en cuatro siglos y medio la superficie del lago Texcoco se ha reducido en un 80%, pasando de los 700 km2 de 1521 a los 140 km2 de 1996 descritos en el artículo de J.  Alcocer & W.D. Williams (http://bit.ly/1ECupeH, página 51).

Con el crecimiento demográfico de la ciudad de México, y con la laguna ya totalmente seca en lo que actualmente es el área urbana, en los últimos cien años se ha aprovechado la red de drenaje existente para evacuar hacia el valle de Mezquital las aguas residuales generadas en la gigantesca capital. Obviamente en período seco no hay dilución posible y por tanto lo que llega al valle son las aguas residuales crudas, que son conducidas mediante canales de hormigón y  cursos fluviales, y almacenadas en embalses como paso previo a su utilización para riego agrícola. Así, sin más.

Llegados al valle, la transformación debida al agua era más que evidente: allí donde el paisaje no había sido hidratado, chumberas, agaves y mezquites salpicaban unos terrenos grisáceos y de apariencia pobre, como si estuvieran recubiertos de ceniza; pero allí donde llegaba el agua, la vegetación imponía su dominio y el tono apagado del entorno se convertía en verde fértil. Casi 83.000 hectáreas de producción agrícola se benefician desde hace décadas de dichas aguas, permitiendo unos asentamientos humanos y una actividad económica que de otra forma el valle difícilmente tendría.

Con un caudal de prácticamente constante de 45 m3/s, el impacto social, económico, paisajístico, ambiental y sanitario después de un siglo es enorme. La elevada incidencia de las enfermedades infecciosas de transmisión fecal-oral es la cara amarga de la actividad agrícola, detrayendo en forma de salud una parte de la prosperidad generada. Y ya no es sólo por la carga de microorganismos patógenos del agua residual, sino que también hay que añadirle el efecto incierto y a largo plazo de los centenares de sustancias químicas contaminantes presentes en ella. Pero en un entorno desértico y pobre, agua, aunque sucia, ha significado vida, aunque mermada, para muchas personas. Una trágica paradoja.

En mi recuerdo hubo dos momentos culminantes en la visita. El primero, cuando en el margen de un camino que discurría entre zonas regadas nos enseñaron el más de medio metro del nuevo suelo generado por el riego con las aguas residuales, un suelo negro, contaminado y maloliente, pero terriblemente productivo. Y el segundo, ya terminando la visita, cuando nos llevaron a una zona baja del terreno y adecentada para el baño, donde varias familias disfrutaban nadando en unas aguas increíblemente cristalinas, producto de la percolación a través del suelo y de la autodepuración de las aguas empleadas para el riego agrícola. Después de lo visto durante el día, aquellas imágenes de familias enteras chapoteando y disfrutando de un agua aparentemente limpia supuso terminar la visita con una impresión menos dramática.

En los últimos tiempos iAgua ha ido publicando noticias sobre la construcción de la EDAR de Atotonilco, ubicada en Atotonilco de Tula, en pleno valle de Mezquital y destinada a tratar hasta 50 m3/s de las aguas residuales y pluviales generadas en la ciudad de México. Su entrada en servicio dentro de algunos meses supondrá una radical mejora en la calidad de las aguas de la zona, algo largamente esperado por las gentes del valle y corregirá, por sus dimensiones y su naturaleza, una de las situaciones sanitariamente y ambientalmente más preocupantes a escala planetaria. El agua que regará los cultivos ya no será residual, sino regenerada, lo cual mejorará la situación sanitaria de trabajadores agrícolas y de consumidores finales, y además se promoverá la reutilización potable indirecta vía recarga del acuífero local. Un cambio radical y necesario, fruto de un enorme esfuerzo técnico y económico y que de buen seguro supondrá un hito en la historia de la ingeniería sanitaria en México.

En 2003 hice la visita equipado con mi cámara réflex y mis carretes de fotos (papel y diapositivas) y he escaneado las más representativas para ilustrar este artículo. Aquí os dejo unas pocas, aunque podéis ver un reportaje más completo en el enlace http://bit.ly/mezquitalpics. Sería interesante poder visitar el valle de nuevo dentro de algunos años y poder ver cómo han cambiado sociedad y paisaje gracias a los avances de la ingeniería.

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