07/03/12 a las 8:42

La Gestión del Agua: Deconstruir para Avanzar

1. Deconstruir para construir, aprender para enseñar. Loor a Derrida

El origen de “deconstrucción” viene de una palabra que Martín Heidegger utiliza en su libro Sein und Zeit ( Ser y Tiempo), publicado en 1927. Heidegger fue una de las primeras influencias en Derrida, que lo leía desde sus 19 años, al igual que a Saussure, Nietzsche y Freud.

Recojo el guante de un amable comentarista de mi blog al que le encanta la introducción en mi anterior artículo del concepto “deconstructivo”, agradeciendo que se haya fijado en él, de entre tantas palabras que junté, porque ésa era mi intención, que nos fijáramos en las distinciones para iniciar (si hay ánimo de ello ajeno al mío), un nuevo debate sobre la gestión del agua, lo más lejano y por ello tan cercano a las manidas intervenciones de los “expertos”.

“Deconstrucción- destrucción” sería la distinción que anima este artículo y “Seducción- Convencimiento”, “Víctima- Responsable”, las que podrían alimentar otros posteriores. Todas ellas destinadas a animar a quien se anime a cambiar radicalmente el discurso de la gestión del agua, con una novedad, la de deconstruir (aprendiendo a ello), en lugar de destruir, desaprendiendo algo que dominamos desde nuestra más tierna infancia en este ámbito.

Abandero el debate de los inexpertos, de los que quieren aprender para poder enseñar, porque me aburre el debate de los expertos, que nos quieren enseñar lo que saben o creen que saben, “convenciendo”, dándole al lector u oyente un criterio hecho sin ningún coste para las neuronas, según apunta otro comentarista.

Me planto y digo:

Que deconstruir es deshacer analíticamente o sea, descomponiéndolos, los elementos que constituyen una estructura conceptual. Porque la deconstrucción es una postura, ¿se podría crear una “Fundación para la deconstrucción del discurso del agua”? El filósofo franco-argelino Jacques Derrida, padre de la criatura, propuso hacer una lectura minuciosa de cualquier discurso existente para llevarlo al extremo de darle una significación diferente de lo que parecía estar diciéndonos. O sea, provocando un cambio de observador.

En el debate de la gestión del agua, ya conocemos la estructura tradicional, basada en palabras ampulosas, en juicios infundados, tan manidos que para mí ya no significan nada, porque significan algo diferente para cada lector u oyente: cara, escasa, recurso indispensable, intereses del cemento, políticos ineptos, regantes despilfarradores, afecciones ambientales por trasvases, sostenibilidad, ecosistemas, ahorro, pozos ilegales, laxitud administrativa, anclajes en el pasado de una ineficiente administración, bla, bla bla.

Resultado hasta hoy: dos bandos enfrentados para destruir los argumentos del “enemigo” convenciendo de la bondad de los suyos al público que asiste estupefacto a unas descargas de datos inconexos en una jerga ininteligible para la mayoría que pretende, repito, convencer de la maldad intrínseca de unos y de la bondad absoluta de otros, emitiendo juicios poco o nada fundados.

O sea que lo que a mí me llega de todo esto, después de llevar treinta años metido profesionalmente en el agua, es que su objetivo es:

Destruir que significa deshacer, inutilizar algo no material, como puede ser un argumento o un proyecto. Me da cosa aludir a la acepción de reducir a cenizas o trozos algo ya construido a la que aludía uno de los comentaristas de mi anterior artículo.

Deconstruir pues, es mi propuesta: Propongo que los “expertos” realicen esta prueba deconstructora, se esfuercen en adoptar la postura de deconstruir la estructura rígida y anquilosada del cansino discurso, que algunos pretendieron hacer “nuevo”. Seguro que algunos sobrevivirán, solo hace falta responsabilizarse y dejar de aparecer como víctimas del mal absoluto, claro que hay que asumir el riesgo… y empezar las frases por un “yo creo que”, porque con ese “yo”, me responsabilizo, sin él, solo me quejo.

2. ¿Remover es emocionar?

El aludido Derrida, fallecido en 2004, ya nos ilustró con la “artefactualidad” y la “actuvirtualidad”. Ahí queda eso, para corregir posibles “olvidos” del cuarto poder: “la actualidad, precisamente, está hecha: para saber de qué está hecha, no es menos preciso saber que lo está. No está dada, sino activamente producida, cribada, utilizada y performativamente interpretada por numerosos dispositivos ficticios o artificiales, jerarquizadores y selectivos, siempre al servicio de fuerzas e intereses que los “sujetos” y los agentes (productores y consumidores de actualidad -a veces también son “filósofos” y siempre intérpretes-) nunca perciben lo suficiente. Por más singular, irreductible, testaruda, dolorosa o trágica que sea la “realidad” a la cual se refiere la “actualidad”, ésta nos llega a través de una hechura ficcional. No es posible analizarla más que al precio de un trabajo de resistencia, de contrainterpretación vigilante, etcétera. Hegel tenía razón al exhortar al filósofo de su tiempo a la lectura cotidiana de los periódicos. Hoy, la misma responsabilidad exige también que sepa cómo se hacen y quién hace los periódicos, los diarios, los semanarios, los noticieros de televisión”.

La deconstrucción a la que me refiero aquí, la relativa al discurso de la gestión del agua en España, exige, en mi opinión a los responsables de la toma de decisiones remover lo que se les ha dado hecho para buscar ante todo sus propias interpretaciones usando la reflexión crítica y luego contestando a la pregunta de qué tipo de “enseñante” quieren ser, analizando cómo lo transmiten a sus “clientes” (o votantes) en el Parlamento y fuera del parlamento. A partir de ahí podrán construir un nuevo discurso fundado en la escucha, en la empatía, en la comunicación instructiva que es la que se produce cuando el receptor es capaz de reproducir la información que se le está transmitiendo dándole sentido, cosa que no puede hacer una terminal de ordenador, ni un periódico de papel, ni un aparato de televisión, ni de de radio, aparatos que por sí mismos son capaces de transmitir y reproducir información pero no de darle sentido. Personalmente, me niego a ser un televisor de pantalla plana.

Es decir, remover, emocionar: el sentimiento es algo privado y personal. Si no lo declaro nadie se entera. Pero la emoción es observable (significa “movimiento hacia fuera”), se detecta en la corporalidad y tono de quien la tiene. Emoción es “sentimiento hacia fuera”. En la deconstrucción hay emoción.

Acabo: la pregunta clave es siempre.. ¿para qué?, porque es la que da sentido al mensaje, porque su respuesta nos desvela la intención que hay tras ese mensaje, la verdadera intención. Porque una acción que es coherente con su intención verdadera, con su razón, es una acción racional.

Construyamos desde ahí. Por eso hace tiempo me lancé esta pregunta: ¿para qué queremos el agua?... porque no somos aparatos de televisión ni receptores de radio.

El agua no tiene memoria, por eso es tan limpia. Ramón Gómez de la Serna. 

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Anonimo Miércoles 11/07 a las 03:09

Completamente de acuerdo con deconstruir en vez de destruir. Es como aprovechar los ladrillos para construir una nueva casa a gusto de todos.

Pero tiempo al tiempo y paso a paso. Es lo que les digo a los compañeros europeos cuando se desesperan porque las cosas no avanzan lo suficiente. Personalmente creo que es mejor avanzar lentamente, pero en la buena dirección, aplicando la llamada "sabiduría de la tortuga".

Primero, no olvidemos que nuestra democracia es aún joven e immadura, y algunos aún creen que simplemente es la dictadura de las mayorías, de los medios, de la información, de los mercados, de internet o de qué sé yo.

Lo cierto es que la deconstrucción se podría extender a unos cuantos campos que ahora me vienen a la mente, no solo el del agua.

Sobre la pregunta de para qué queremos el agua, yo, como usuario del agua del Llobregat y una parte pequeña del Ter, la quiero básicamente para ducharme, tirar de la cadena, lavar, cocinar, beber, etc.

Ahora bien, voy más allá, y como conozco los problemas que pueden ocasionar la mezcla de trihalometanos con el cloro, además de otros contaminantes, me gustaría tener cierta seguridad de que el agua del grifo no me provocará cáncer de piel, o de estómago, o algún otro problema de salud en un futuro.

Si además me preguntan cuánto estoy dispuesto a pagar por ello, pienso que no tengo otra opción que aceptar lo que me pidan y pueda pagar, ya que acarrerar agua embotellada para ducharme o cocinar, me puede salir bastante caro y pesado.

Después de un rato me doy cuenta de que quizá ese sobrecoste lo debería pagar el responsable de que el agua del Llobregat tenga esos trihalometanos, porque ni yo ni el medio ambiente somos responsables de que esos contaminantes estén ahí. O no? Al fin y al cabo también pago la depuración del agua residual que contamino... ¿No vale eso de quien contamina paga?

¿Es esto a lo que te refieres con tu pregunta, Lorenzo? O está más relacionada con la interpretación que creo que ha hecho Ramón en el 2º punto de su resumen final?

Jordi Raso

Anonimo Lunes 09/07 a las 06:21

Esto se pone interesante. Ahora sí que apuntamos al meollo. Derrida no hay quien lo entienda sin bienaventurados intérpretes. Pero sí que parece bueno el método a él atribuido de, por analogía física, reducir a átomos la molécula, y luego ver qué tenemos, y pensar por qué la molécula era como era. Se parece al psicoanálisis, aunque Lacan y Derrida se miraban de lejos. Sobre todo porque Lacan recomendaba que el psicoanálisis (esa deconstrucción íntima) debía tener fín, fin que a Derrida no le preocupaba (parece), porque era filósofo. Se critica al psicoanálisis porque, dicen, destruye las defensas. El psicoanálisis encuentra patrones neuróticos compulsivo-obsesivos en el ecologismo (por lo menos, en lo conocido como "ecologismo profundo"). ¿Debemos mantenernos obsesivamente compulsivos para evitar quedarnos sin defensas?.
Y, ahora, aplicando la sagaz técnica de destinar uno de los lóbulos cerebrales a filosofar y el otro a actuar (en vez de utilizar los dos para lo mismo), mientras uno de los lóbulos trabaja en la solución de la cuestión recién planteada sobre la contingencia de la neurosis, pongamoa a trabajar el otro en paralelo sobre lo que recomienda Lorenzo: ¨para qué queremos el agua". Se puede añadir luego "quién la quiere", o "por qué la quiere", pero lo seguro es que tiene muchos amantes, porque parece que de quereres no anda falta. Es un buen comienzo, porque fea no es, entonces.
Pero me permito corregir al maestro Lorenzo, cambiando la persona del verbo: "para qué quieren el agua". Yo la quiero para muchas cosas, quizás contrapuestas, pero el Estado no debería cometer estos errores que mi miopez individual comete. El Estado debería saber cabalmente para qué quieren el agua sus electores. Y así entramos ya en materia.

El Estado, que administra el agua, debe saber para qué quiere el agua cada uno de los que la piden, y debe establecer un orden de prelación equitativo y sostenible entre esas aspiraciones. Si los habitantes del país son en su mayoría ablutomaníacos (obsesión compulsiva en la limpieza y el baño personal, con derivaciones fundamentalistas en el campo ecológico) deberá atender esa peculiaridad cultural y ver si es sostenible. Si el Estado cree que podemos quedarnos sin alimentos por no ser autosuficientes alimentariamente, deberá promover con preferencia el uso del agua para la cadena alimentaria, en detrimento de los ablutomaníacos. Si el Estado calla, progresarán las tendencias apropiadoras de parte, en detrimento del bien común.

El Estado lo constituye la Administración Central, la Autonómica, y la Local. Las compertencias son las que son. Cada palo que aguante su vela, y si no que la traspase. Pero algo habrá que decir. Estamos en "apagón hidráulico" hace años, y eso hay que corregirlo.

Resumiendo mi participación en este blog: 1) sigamos con la deconstrucción de un discurso que hasta la fecha es completamente partidario (es imprescindible fragmentarlo en piezas) y 2) comencemos a exigir ya explicaciones sobre para qué se quiere el agua, los expedientes que apoyan esas peticiones, y cómo se valoran en términos concretos las distintas demandas por parte del Estado.

Ramón Vázquez.

Anonimo Miércoles 04/07 a las 11:22

Somos egoistas, queremos el agua para consumirla directamente o integrada en los productos, o integrada en el paisaje, en el medio. Tememos que la use otro porque adquiere un derecho que nosotros perdemos. El derecho a disfrutar de la riqueza que supone el agua.

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