La Gestión del Agua: Deconstruir para Avanzar

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Sobre el blog

Lorenzo Correa
Webmaster en futurodelagua. com Practitioner PNL. Master en Coaching con PNL. Executive & Life Coach.
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1. Deconstruir para construir, aprender para enseñar. Loor a Derrida

El origen de “deconstrucción” viene de una palabra que Martín Heidegger utiliza en su libro Sein und Zeit ( Ser y Tiempo), publicado en 1927. Heidegger fue una de las primeras influencias en Derrida, que lo leía desde sus 19 años, al igual que a Saussure, Nietzsche y Freud.

Recojo el guante de un amable comentarista de mi blog al que le encanta la introducción en mi anterior artículo del concepto “deconstructivo”, agradeciendo que se haya fijado en él, de entre tantas palabras que junté, porque ésa era mi intención, que nos fijáramos en las distinciones para iniciar (si hay ánimo de ello ajeno al mío), un nuevo debate sobre la gestión del agua, lo más lejano y por ello tan cercano a las manidas intervenciones de los “expertos”.

“Deconstrucción- destrucción” sería la distinción que anima este artículo y “Seducción- Convencimiento”, “Víctima- Responsable”, las que podrían alimentar otros posteriores. Todas ellas destinadas a animar a quien se anime a cambiar radicalmente el discurso de la gestión del agua, con una novedad, la de deconstruir (aprendiendo a ello), en lugar de destruir, desaprendiendo algo que dominamos desde nuestra más tierna infancia en este ámbito.

Abandero el debate de los inexpertos, de los que quieren aprender para poder enseñar, porque me aburre el debate de los expertos, que nos quieren enseñar lo que saben o creen que saben, “convenciendo”, dándole al lector u oyente un criterio hecho sin ningún coste para las neuronas, según apunta otro comentarista.

Me planto y digo:

Que deconstruir es deshacer analíticamente o sea, descomponiéndolos, los elementos que constituyen una estructura conceptual. Porque la deconstrucción es una postura, ¿se podría crear una “Fundación para la deconstrucción del discurso del agua”? El filósofo franco-argelino Jacques Derrida, padre de la criatura, propuso hacer una lectura minuciosa de cualquier discurso existente para llevarlo al extremo de darle una significación diferente de lo que parecía estar diciéndonos. O sea, provocando un cambio de observador.

En el debate de la gestión del agua, ya conocemos la estructura tradicional, basada en palabras ampulosas, en juicios infundados, tan manidos que para mí ya no significan nada, porque significan algo diferente para cada lector u oyente: cara, escasa, recurso indispensable, intereses del cemento, políticos ineptos, regantes despilfarradores, afecciones ambientales por trasvases, sostenibilidad, ecosistemas, ahorro, pozos ilegales, laxitud administrativa, anclajes en el pasado de una ineficiente administración, bla, bla bla.

Resultado hasta hoy: dos bandos enfrentados para destruir los argumentos del “enemigo” convenciendo de la bondad de los suyos al público que asiste estupefacto a unas descargas de datos inconexos en una jerga ininteligible para la mayoría que pretende, repito, convencer de la maldad intrínseca de unos y de la bondad absoluta de otros, emitiendo juicios poco o nada fundados.

O sea que lo que a mí me llega de todo esto, después de llevar treinta años metido profesionalmente en el agua, es que su objetivo es:

Destruir que significa deshacer, inutilizar algo no material, como puede ser un argumento o un proyecto. Me da cosa aludir a la acepción de reducir a cenizas o trozos algo ya construido a la que aludía uno de los comentaristas de mi anterior artículo.

Deconstruir pues, es mi propuesta: Propongo que los “expertos” realicen esta prueba deconstructora, se esfuercen en adoptar la postura de deconstruir la estructura rígida y anquilosada del cansino discurso, que algunos pretendieron hacer “nuevo”. Seguro que algunos sobrevivirán, solo hace falta responsabilizarse y dejar de aparecer como víctimas del mal absoluto, claro que hay que asumir el riesgo… y empezar las frases por un “yo creo que”, porque con ese “yo”, me responsabilizo, sin él, solo me quejo.

2. ¿Remover es emocionar?

El aludido Derrida, fallecido en 2004, ya nos ilustró con la “artefactualidad” y la “actuvirtualidad”. Ahí queda eso, para corregir posibles “olvidos” del cuarto poder: “la actualidad, precisamente, está hecha: para saber de qué está hecha, no es menos preciso saber que lo está. No está dada, sino activamente producida, cribada, utilizada y performativamente interpretada por numerosos dispositivos ficticios o artificiales, jerarquizadores y selectivos, siempre al servicio de fuerzas e intereses que los “sujetos” y los agentes (productores y consumidores de actualidad -a veces también son “filósofos” y siempre intérpretes-) nunca perciben lo suficiente. Por más singular, irreductible, testaruda, dolorosa o trágica que sea la “realidad” a la cual se refiere la “actualidad”, ésta nos llega a través de una hechura ficcional. No es posible analizarla más que al precio de un trabajo de resistencia, de contrainterpretación vigilante, etcétera. Hegel tenía razón al exhortar al filósofo de su tiempo a la lectura cotidiana de los periódicos. Hoy, la misma responsabilidad exige también que sepa cómo se hacen y quién hace los periódicos, los diarios, los semanarios, los noticieros de televisión”.

La deconstrucción a la que me refiero aquí, la relativa al discurso de la gestión del agua en España, exige, en mi opinión a los responsables de la toma de decisiones remover lo que se les ha dado hecho para buscar ante todo sus propias interpretaciones usando la reflexión crítica y luego contestando a la pregunta de qué tipo de “enseñante” quieren ser, analizando cómo lo transmiten a sus “clientes” (o votantes) en el Parlamento y fuera del parlamento. A partir de ahí podrán construir un nuevo discurso fundado en la escucha, en la empatía, en la comunicación instructiva que es la que se produce cuando el receptor es capaz de reproducir la información que se le está transmitiendo dándole sentido, cosa que no puede hacer una terminal de ordenador, ni un periódico de papel, ni un aparato de televisión, ni de de radio, aparatos que por sí mismos son capaces de transmitir y reproducir información pero no de darle sentido. Personalmente, me niego a ser un televisor de pantalla plana.

Es decir, remover, emocionar: el sentimiento es algo privado y personal. Si no lo declaro nadie se entera. Pero la emoción es observable (significa “movimiento hacia fuera”), se detecta en la corporalidad y tono de quien la tiene. Emoción es “sentimiento hacia fuera”. En la deconstrucción hay emoción.

Acabo: la pregunta clave es siempre.. ¿para qué?, porque es la que da sentido al mensaje, porque su respuesta nos desvela la intención que hay tras ese mensaje, la verdadera intención. Porque una acción que es coherente con su intención verdadera, con su razón, es una acción racional.

Construyamos desde ahí. Por eso hace tiempo me lancé esta pregunta: ¿para qué queremos el agua?... porque no somos aparatos de televisión ni receptores de radio.

El agua no tiene memoria, por eso es tan limpia. Ramón Gómez de la Serna. 

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