Gonzalo Delacámara: "El agua es un factor limitante para algunos países de Latinoamérica"

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Sobre la Entidad

Instituto IMDEA Agua
IMDEA Agua es una organización sin ánimo de lucro, constituida como Fundación del sector público, que tiene como fin la realización de investigaciones relevantes en todos los aspectos relacionados con el agua.

Personalidades

América Latina ha trabajado duramente para cumplir los Objetivos de Desarrollo del Milenio en lo relativo a agua y saneamiento. En el caso del abastecimiento se han logrado cumplir plenamente las metas y en el caso del saneamiento casi se han alcanzado. Los Objetivos de Desarrollo Sostenible marcan nuevos objetivos para incrementar la seguridad hídrica en el mundo y, en concreto, en la región latinoamericana.

El próximo 6 de septiembre, Casa América acogerá en Madrid la segunda edición de los Diálogos del Agua América Latina España, donde se debatirán, entre otros temas, las coberturas de abastecimiento y saneamiento y la seguridad hídrica en la región.

Hoy hablamos con Gonzalo Delacámara, Coordinador del Grupo de Economía del Agua de la Fundación IMDEA Agua y Director Académico del Foro de la Economía del Agua.

Pregunta: Desde su perspectiva, ¿cuáles son los mayores retos en la gestión del agua en América Latina?

Respuesta: Lo primero que quisiera señalar es que esos desafíos, lejos de lo que se cree con frecuencia (y no sólo en América Latina), no se explican tanto por condiciones climáticas o meteorológicas sino por fallos en el gobierno o la gestión de los recursos hídricos. Es decir, la gestión del agua es un asunto humano, no divino.

Sabemos que hay importantes áreas en la región que son áridas o semiáridas, desde el norte y el centro de México, a La Guajira (Colombia) o zonas del norte de Venezuela, el nordeste de Brasil, una parte importante del territorio de Argentina, la costa del Pacífico desde el suroeste de Ecuador al centro de Chile… Por otro lado, amplios territorios como la zona central de México, el norte de Venezuela, la zona de Brasilia (Brasil) o los valles del centro de Chile están situadas en zonas transicionales donde la aridez evoluciona hacia climas más húmedos.

Por otro lado, son frecuentes las pérdidas humanas y materiales como resultado de inundaciones en lugares como la ciudad de Buenos Aires (Argentina), Río de Janeiro (Brasil), la provincia de Córdoba o La Plata (Argentina), Minas Gerais (Brasil), por no hablar de recurrentes episodios en laderas de ciudades centroamericanas o en Paraguay, Uruguay y Bolivia, en muchos casos como resultado del fenómeno climático de El Niño.

Los desafíos no se explican tanto por condiciones climáticas o meteorológicas sino por fallos en el gobierno o la gestión de los recursos hídricos

Es decir, llueve poco o llueve demasiado, como en cualquier país del mundo, pero los desafíos no están ahí (o no sólo) sino en cómo se gestionan los recursos. A fin de cuentas, los problemas no están asociados en sí a las precipitaciones sino a situaciones de sequía o escasez y a los daños asociados a las inundaciones. En muchos lugares, para añadir complejidad, se dan eventos de sequía e inundaciones, no una o la otra. Es el caso, por ejemplo, de algunas zonas de Chile o Perú.

Los retos en la gestión del agua, como en casi cualquier región del planeta, tienen que ver con manejar la escasez y el riesgo de sequía, con gestionar el riesgo de inundaciones, con mejorar la calidad del agua para diferentes usos, con garantizar la provisión de servicios de los ecosistemas acuáticos y sus niveles de diversidad biológica y, como una envolvente, hacer todo lo anterior en un contexto de adaptación al cambio climático.

Sin embargo, me gustaría ser más específico respecto a los retos de la región, aun a riesgo de ser simplista. Por un lado, los desafíos en términos de gobierno del recurso tienen que ver con rediseñar incentivos mal definidos, coordinar políticas sectoriales (superando enfoques sesgados que dificultan una visión holística del recurso), profundizar en enfoques interdisciplinares, garantizar el balance entre los objetivos privados y sociales… En la región, es crucial entender que el agua es un factor limitante para el desarrollo de algunos países pero también una oportunidad ineludible. Esto implica entender el papel del agua para promover mayores niveles de desarrollo económico y bienestar para amplias mayorías.

P.- El panorama no es muy alentador: crecimiento poblacional, éxodo rural y cambio climático ¿Qué herramientas se pueden emplear para hacer frente?

R.- Se pueden observar esos fenómenos como negativos, como una amenaza, pero también se pueden ver desde un punto de vista algo diferente, sobre todo el cambio poblacional y las migraciones entre el campo y la ciudad. Inequívocamente plantean desafíos, sobre todo para las zonas urbanas, pero en ambos casos son fenómenos seculares; no comenzaron ayer. La población crece porque también lo hace la esperanza de vida al nacer y nadie se atrevería a señalar que algo así es negativo. Los fenómenos migratorios son más complejos pero no pueden verse desde una perspectiva estrictamente negativa, desde mi punto de vista. Una vez más, lo que no resulta alentador es cómo nos enfrentamos a todos esos factores que aumentan las presiones sobre los recursos hídricos, en cantidad y calidad.

Los retos a los que me refería en la pregunta previa tienen que ver con el recurso en sí, como origen de numerosos servicios (riego de cultivos, abastecimiento de poblaciones, refrigeración de equipos industriales o plantas de generación eléctrica, múltiples servicios ambientales, lavado de minerales, etc.).

Sin embargo, en los asentamientos humanos de la región buena parte de los desafíos se centran en los servicios de agua y saneamiento. Esto no sólo es relevante para las ciudades de América Latina sino también para las zonas rurales, más o menos concentradas o dispersas. Así los desafíos también son enormes, como se pone de manifiesto al observar las tasas de cobertura de esos servicios en la mayor parte de los países de América Latina, con algunas excepciones notables como Chile.

En la región, es crucial entender que el agua es un factor limitante para el desarrollo de algunos países pero también una oportunidad ineludible

Hay muchos campos en los que se podría progresar: garantizando la consistencia de las políticas de agua con otras políticas de erradicación de la pobreza, de desarrollo urbano, de cohesión territorial, de desarrollo económico en su conjunto, etc.; fortaleciendo la gestión a nivel de cuenca (o en algunos casos simplemente iniciando ese camino); aclarando los mapas de competencias; estableciendo sistemas de evaluación y monitoreo de los servicios de agua y saneamiento; profundizando en sistemas de participación ciudadana efectiva; resolviendo brechas de financiación (mediante alianzas amplias entre la sociedad civil, el sector público y el sector privado); definiendo con mayor claridad los marcos regulatorios y reforzando el papel de los entes reguladores; favoreciendo la innovación a diferentes niveles; abogando por la integridad y la transparencia; mejorando los sistemas de información; reforzando las capacidades de los empleados (o los empleables) en el sector.

P.- La resiliencia es un concepto que ha venido para quedarse. ¿Cuál es su importancia?

R.- Creo que con frecuencia le concedemos más importancia los investigadores que los ciudadanos pues sigue siendo un término algo opaco. Creo sinceramente que tenemos la responsabilidad de hacerlo más accesible. En términos muy intuitivos remite a la resistencia ante cambios. Sin embargo, creo que merece la pena profundizar sobre su trascendencia práctica y para ello hay que entender que la resiliencia demanda mantener la diversidad (en los ecosistemas acuáticos y en los que no lo son, en el tejido social, en la gama de respuestas…); preservar o restaurar la conectividad de las masas de agua; disociar el crecimiento económico de la degradación ambiental; comprender las interacciones complejas entre agentes sociales y el recurso; favorecer el aprendizaje; reforzar la confianza en el sector público y el privado; impulsar múltiples polos de desarrollo socioeconómico (por ejemplo a través de las ciudades medias de la región); etc.

P.- Los gobiernos de América Latina ¿cuentan con inversiones e instrumentos financieros para solventar esta problemática?

R.- La economía mundial sigue “con el miedo en el cuerpo” y sólo Estados Unidos parece experimentar una recuperación convincente. En Japón y la zona euro la recuperación es frágil, tímida. En las economías emergentes, como la de América Latina, el crecimiento se desacelera como resultado de un crecimiento más lento (pero quizás también más sostenible) de China. América Latina vivió recientemente su mejor ciclo de crecimiento en casi medio siglo, apoyándose entre otras cosas en un ciclo favorable en los precios de las materias primas. Ahora estos precios son más débiles y se mantendrán más bajos durante un tiempo, de modo que la situación en la economía de América Latina no es tan boyante, en términos generales. De hecho, se prevé que en 2016 se contraiga por segundo año consecutivo, pese a que la mayor parte de los países sigue creciendo.

La mayor parte de los países está inmerso en programas de disciplina fiscal, lo que en muchos sentidos limita la inversión pública. Ahora bien, tras las crisis recurrentes de los ochenta y los noventa, hay que decir que el sector financiero en América Latina se ha reforzado. A lo largo de la última década, tanto la banca como los mercados de capitales de la región duplicaron su tamaño con relación al tamaño de las economías. Es cierto que no siempre el desarrollo del sector financiero ha venido acompañado de una vinculación del crédito con las prioridades del desarrollo económico y social de los países. Sin embargo, incluso los organismos multilaterales, como la CAF, están con niveles muy saludables de capitalización.

El problema, en muchas ocasiones, no es (sólo) de disponibilidad de recursos financieros sino de canalización de los mismos hacia las prioridades estratégicas de la política de agua. No hay más que recordar, por ejemplo, las dificultades de Perú en la distribución de los ingresos por el canon minero; había dinero pero éste coexistía con debilidad institucional, en la formulación de proyectos, en la identificación de necesidades, etc.

Lo que no resulta alentador es cómo nos enfrentamos a todos esos factores que aumentan las presiones sobre los recursos hídricos, en cantidad y calidad

P.- ¿Qué papel juega la investigación a la hora de hacer frente a los retos de la gestión del agua?

R.- Yo diría que la investigación contribuye fundamentalmente a algo que podría sonar muy lirico pero que, en realidad, creo que es muy trascendente: a hacer uso de la razón, es decir, a observar, abstraer, deducir, argumentar y concluir de modo lógico. No es una contribución menor pues en el agua buena parte de las discusiones son tribales o sectoriales, en cualquier caso sesgadas. La incorporación de criterios racionales a la toma de decisiones parece esencial. Además, a través de la investigación se mejora la información, de modo que los hechos se puedan caracterizar de modo discutible, en el mejor sentido del término – es decir, como algo susceptible de ser discutido. También, sin duda, el conocimiento pues investigar no sólo consiste en describir o informar sino en analizar, en explicar.

Por cierto, creo que es importante destacar que la investigación básica y aplicada no sólo se da en aspectos tecnológicos, donde se han producido avances notables en la gestión del agua, sino que también se da en ciencias sociales, ayudándonos a entender mejor los desafíos institucionales, las variables económicas, etc.

P.- ¿Hay tecnología y conocimiento para hacer frente a todos los retos que se presentan?

R.- Es posible que puntualmente el progreso tecnológico no haya conseguido todavía resolver algunos desafíos. Ahora bien, para la mayor parte de los existentes hay tecnología y conocimiento disponibles. ¿Por qué entonces los problemas persisten, cuando no se agravan? Porque la tecnología no es una panacea. Decía Fernando Savater que “la naturaleza sólo impone necesidades y la tecnología es el arte de utilizarlas a nuestro favor”. El reto está, por lo tanto, en emplear esa tecnología a nuestro favor. Tenemos la capacidad de hacerlo pero no siempre la empleamos.

Pensemos, por ejemplo, en el caso del río Bogotá, cuya calidad es reconocidamente mala. Las inversiones pasadas y recientes en tratamiento de aguas residuales (Canoas, El Salitre, etc.), la disponibilidad de tecnología, son insuficientes. Es necesario regular las actividades aguas arriba para que la tecnología de tratamiento pueda jugar su papel.

P.- ¿Cómo puede contribuir un país como España a aumentar esa seguridad en Latinoamérica?

R.- España, como otros países con grave estrés hídrico, es en algún sentido una marca de prestigio en la gestión del agua. Algunas autoridades de cuenca, incipientes o inexistentes en América Latina tienen ya más de un siglo en algunas cuencas españolas. Las comunidades de regantes tienen principios de gestión o adjudicación de conflictos muy consolidados. Hay experiencia notable en la gestión de sequías, buenos ejemplos de restauración fluvial (dos de los tres premiados en la última edición del European Riverprize eran ríos españoles), varias de las primeras diez empresas líderes en desalación son españolas (incluyendo la que lidera en ósmosis inversa), España reutiliza prácticamente tanta agua como el resto de los países de la Unión Europea en su conjunto, etc. Además, equipos españoles lideran en economía del agua y modelos hidroeconómicos.

España puede contribuir decisivamente en América Latina pero también a partir del reconocimiento de errores

Ahora bien, creo que no se debe caer, ni remotamente, en la arrogancia de pensar que España puede ser un molde para América Latina. Una referencia sí, un molde nunca.

No en vano, esa realidad más luminosa coexiste con otra en la que las plantas de desalación en territorio nacional se emplean a una quinta parte de su capacidad instalada por un problema de incentivos, los conflictos territoriales por el agua no remiten, la depuración en núcleos urbanos pequeños sigue siendo una asignatura pendiente, la restauración fluvial admitiría numerosas mejoras, etc.

Es decir, creo que España puede contribuir decisivamente en América Latina pero también a partir del reconocimiento de errores; no desde una posición indulgente que resulta tan agotadora. 

P.- ¿Cómo describiría la perspectiva del sector del agua en España?

R.- Como decía en mi respuesta previa, entiendo que hay desafíos no menores.

En lo que se refiere al recurso, en numerosas zonas del país (como el Levante, el sureste de España, las cuencas de Andalucía o los archipiélagos) la vulnerabilidad ante la escasez y la sequía aumenta. Por otro lado, experimentamos inundaciones recurrentes (por ejemplo en la cuenca del Ebro), ante las que nos cuesta reconocer lo que se hizo mal o se pudo hacer bien y no se hizo en el pasado. La calidad de una parte importante de las masas de agua no cumple con los objetivos de la Directiva Marco del Agua, en parte (pero no solo) por los incumplimientos de la Directiva de Tratamiento de Aguas Residuales Urbanas. Por otro lado, hay numerosos ríos en los que las alteraciones hidromorfológicas condicionan de modo decisivo la capacidad de esos ecosistemas para proporcionar servicios, al tiempo que se deteriora su diversidad biológica.

En relación al ciclo urbano del agua, hay ciertos riesgos (digamos que invisibles para una mayoría) de seguridad hídrica, aunque el desafío fundamental está en el mantenimiento y la recuperación de la inversión en infraestructuras de alcantarillado y tratamiento de aguas residuales. Por otro lado, creo sinceramente que hay margen para debatir sobre principios reguladores de los servicios pues, como es bien sabido, en España no hay un regulador de los mismos. Además, ayudaría mucho evitar debates maniqueos sobre la prestación pública o privada.

P.- Por último, ¿qué espera de los Diálogos del Agua?

R.- Estoy convencido de que será un foro propicio para el debate sobre la base de criterios racionales. La CAF ha sentado las bases, como siempre, para un intercambio fértil de ideas y América Latina vive (como puede observarse en el caso de Perú, con la llegada al Gobierno de Pedro Pablo Kuczynski), un periodo muy interesante en lo que se refiere a las posibilidades de resolver déficits en la provisión de servicios de agua potable y saneamiento y aprovechar las oportunidades en torno a la gestión de un recurso crucial para el desarrollo económico y social. 

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