¿Es más seguro un mundo verde?

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David Rothkopf analiza en un interesantísimo artículo en Foreign Policy las crisis geopolíticas ‘verdes’ que vendrán como consecuencia de la revolución energética.

Entre las consecuencias de la necesaria e inaplazable transción que veremos en las próximas décadas encontramos este análisis de sus efectos sobre el agua.

Las guerras del agua y algo peor

Casi 1.100 millones de personas no tienen acceso al agua potable, y en 20 años dos tercios de los habitantes del planeta vivirán en regiones con escasez de ella. Va a ser “el nuevo petróleo”, según el consejero delegado de Dow Chemical, Andrew Liveris, por su nuevo valor y por los conflictos que provocará.

Lo irónico es que la búsqueda de alternativas energéticas que sustituyan al crudo puede empeorar el problema del agua. Algunos biocombustibles utilizan grandes cantidades, como la caña de azúcar, que por lo demás es muy eficiente (salvo en el gigante del etanol, Brasil, bañado por la lluvia, la mayoría de los productores de caña tienen que regarla). También ocurre con las diversas tecnologías que se consideran esenciales para el uso limpio del carbón. Los coches híbridos recargables son otros que aumentan el gasto de este recurso natural, porque chupan electricidad, y casi todos los tipos de centrales eléctricas emplean agua como refrigerante. Incluso los chips de silicio (fundamentales para todo, desde las tecnologías de redes inteligentes hasta el uso más eficiente de la energía), necesitan una gran cantidad de agua en su fabricación.

Muchos países podrían empezar a hacer algo al respecto si elaborasen planes para cobrar el agua, la mejor forma de abordar el problema. O podrían construir plantas nucleares de desalinización que potabilicen el agua marina. Ninguna estrategia es perfecta. En la práctica, se ha producido en todo el mundo una privatización del agua, porque las poblaciones con rentas bajas se ven obligadas a comprarla embotellada para evitar la contaminación. Pese a ello, el ideal del derecho a tenerla de modo gratuito conserva su fuerza, y los gobiernos consideran políticamente insostenible cobrar incluso meras sumas nominales. ¿Y esas plantas nucleares de desalinización? Los países que han aplicado esta tecnología, como India, Japón y Kazajistán, han descubierto que son muy caras, cuestan cientos de millones de euros por unidad.

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