Sobre el blog

Águeda García de Durango
Responsable de Contenidos y Comunidad de iAgua.
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Te levantas, vas al baño y aún medio dormido te frotas la cara con una toalla mojada que empieza a estar mohosa. Te diriges a hacer pis en la recicladora, ese aparato que te costó una millonada pero que te da más líquido del que puede disponer una familia media en un día. Y aun así sigue siendo poco.

Un poco más despierto, te das cuenta de que ya va siendo hora de tirar de la cadena del otro “aparato”, el váter. Huele mal, mezcla de heces y químico. Pero ya eres casi inmune al olor. Todo huele tan mal que se te ha atrofiado el olfato. Quizás lo vacíes la próxima vez; puede aguantar un poco más y tú ahorrar un poco más, también.

Ya en la cocina recuerdas que no hay café, y tampoco podrás hacerlo. Así que te tragas esa pasta marrón ligeramente humedecida que sabe a rayos como sustituto de tu “despertador” mañanero. Un par de tostadas y al baño de nuevo, esta vez para la “ducha”, que consiste en volver a frotarte el cuerpo con la toalla húmeda. También usas algo de gel desinfectante a base de alcohol, pero no mucho porque te irrita la piel. Como a todo el mundo.

La verdadera ducha te la darás el sábado, cuando repartan las raciones. Menos mal que estamos en marzo y no hace demasiado calor aún, y ayer no sudaste en exceso ni te moviste demasiado. El deporte que hacías antaño al salir del trabajo es un recuerdo borroso desde que lo prohibieron. Eso y salir a la calle de 12 a 16. El que lo haga puede ser multado (o deshidratarse, que es lo más habitual).

Te vistes con tu ropa desechable. La ropa “normal” está demasiado sucia, pero sobre todo, polvorienta. Las prendas de usar y tirar tampoco están tan mal, aunque te fastidia enormemente la mafia que se ha generado en torno a ellas: los chinos lo han convertido en un gran monopolio, y son prácticamente las únicas tiendas que se encuentran ya en la ciudad. Además generan una cantidad de basura difícil de gestionar. Por lo que has oído por ahí, en las afueras de la ciudad hay unos grandes vertederos solo de estas prendas. Te preocupa poco, hay cuestiones más importantes en tu mente.

Como la que atañe a las otras “tiendas” que dominan el paisaje. Esas donde una botella de 33 centilitros se cobra a precio de oro y hacen contrabando con ellas. Madre mía, si alguna vez te tocara la lotería, te ibas a bañar en esas botellas. Como hace la gente rica, la que de verdad posee el recurso.

No le das más vueltas porque sería torturarse. Coges el metro para ir al trabajo; hoy no está tan lleno como otras veces. Normal, cada vez más gente trabaja desde casa para no perder ni una gota de sudor en el camino.

¿Olerá mal el vagón?, te preguntas. No lo puedes saber, pero casi mejor. Llegas al trabajo, hoy toca reunión con unos clientes importantes. Quizás les dé por hacer alguna excentricidad para lucirse y te lleven a algún sitio para comer, incluso con bebida.

Efectivamente, los clientes se han estirado y has podido beber hasta dos vasos durante el almuerzo (al que habéis acudido por los túneles subterráneos). Qué maravilla, te sientes hasta un poco culpable por toda la gente que se está muriendo de sed. Que no son pocos, y hacen lo que sea por una gota: cualquier negocio que va medio bien está bajo sospecha.

Tras un tarde de modorra, por fin se acaba el día. De nuevo, metro a casa. Estás contento, sientes el líquido ha hecho que la sangre te fluya más rápido y tu cerebro se active. Ojalá pudieras celebrarlo con una cerveza en el bar de la esquina y tus colegas. Pero ya no hay cerveza, ni bar en la esquina, y los pocos colegas que no se han ido (han huido) al norte no se mueven de sus secas casas.

Te preguntas en qué momento se fue todo a la mierda, cuando empezamos a darnos cuenta de que la sed se extendía como una enfermedad contagiosa. Cuándo se cerraron los grifos y comenzó el reparto de raciones, como si estuviéramos en guerra. Cuándo las enfermedades pulmonares por el polvo y la acumulación de lodos fueron el nuevo constipado. Y dejas de estar contento.

Pasas la tarde en casa. Pones la tele para ver que dicen las noticias, y no son buenas noticias. Las previsiones del tiempo, que ocupan la mayor parte del informativo, no prometen lluvia a corto plazo. Ni a medio, ni a largo. No prometen lluvia, sin más.

Mejor lees un libro, pero te da la tos al pasar cada página: es puro polvo..

Tu cena es casi tan triste como tu desayuno, y tremendamente seca. Al menos hoy has tenido más ración de la que esperabas en un principio gracias a la comida.

Decides irte a dormir. Tiras la ropa del trabajo al cubo de basura; no te pones pijama. ¿Para qué, para sudar más? Ni en broma.

Te enjuagas la boca con otro químico del demonio, lavarse los dientes (o las manos, o la cara…) forma parte del recuerdo. De nuevo, pis a la recicladora, y a dormir por fin. Mañana será otro día… igual.

Por suerte, cuando suena el despertador a la mañana siguiente te das cuenta de que sí hay agua, y tu día anterior ha sido un sueño como aquel que tuvo Antonio Resines.

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26 de Junio, 2017

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