El Gran Hedor: Ninguna ciudad ha olido tan mal como Londres en 1858

489
5
  • Gran Hedor: Ninguna ciudad ha olido tan mal como Londres 1858
    Monster Soup commonly called Thames Water (Sopa de monstruos comunmente llamada aguas del Támesis). Wikipedia/CC.

Sobre el blog

Águeda García de Durango
Responsable de Contenidos y Comunidad de iAgua.

Hace unas semanas saltó la noticia: una enorme bola de grasa, toallitas húmedas y pañales bloqueaba las cloacas en la zona este de Londres. Esta no es la primera vez que el sistema de alcantarillado de la capital británica protagoniza titulares. Si nos remontamos al origen de la infraestructura, podemos encontrar una de las historias más determinantes en el desarrollo de la ciudad tal y como la conocemos hoy en día.

Todo comienza en el siglo XIX, cuando Londres ya era la ciudad más grande del mundo con cerca de 2,5 millones de habitantes. El crecimiento poblacional era exponencial, y en multitud de barrios llegaban a apiñarse hasta 40 personas en los hogares. Es fácil imaginarse (aunque no pediré ese esfuerzo) la enorme cantidad de desechos y excrementos que se generaban, yendo a parar a pozos negros situados en los sótanos de las viviendas. Existen informes que documentan la existencia de 200.000 pozos en aquella época, algunos de los cuales acumulaban hasta un metro de altura de residuos humanos. La introducción del inodoro en sustitución de las bacinillas no solo no ayudó, sino que multiplicó el volumen de aguas residuales vertidas directamente a dichos pozos.

El problema se agravaba con el alto precio de gestionarlos: el chelín que costaba vaciar los pozos era una cifra que el londinense medio no podía permitirse. El resultado fue la total desatención del saneamiento, con las consecuentes filtraciones y reboses hacia los desagües callejeros (destinados únicamente a recoger el agua de lluvia) que ello conllevaba.

No era así para todos los ciudadanos. Las clases más acaudaladas disfrutaban de conexiones domiciliarias de agua proveniente del Támesis a través de varias ruedas hidráulicas que conducían el agua a diversas partes de la urbe. No era su único privilegio: en 1815, se permitió que los desechos domésticos fueran conducidos por las alcantarillas hacia el Támesis. La lógica consecuencia fue que los residuos, al ser vertidos al río, eran de nuevo bombeados a los hogares con el agua de abastecimiento.

A Drop of Thames Water (Una gota del agua del Támesis). Wikipedia/CC.

El cólera hace su aparición

Pocos años después de este hito (alrededor de 1831), el cólera, una enfermedad venida de India de la que apenas se tenía conocimiento, empieza a extenderse por las calles londinenses. Con una tasa de mortalidad cercana al 50%, su desconocimiento era tal que se creía que se contagiaba a través de los vapores del aire, en una explicación ampliamente aceptada entre los científicos de la época llamada “teoría miasmática de la enfermedad”.

En un principio, el cólera se asociaba a las clases bajas, por lo que no se le concedió mucha importancia. Pero la cosa cambió cuando llegó a los barrios acomodados.

Basándose en la hipótesis de las miasmas (conjunto de emanaciones fétidas de suelos y aguas impuras), las autoridades concluyeron que los apestosos efluvios eran la causa de la creciente epidemia, y se tomó la decisión de vaciar todas las fosas y pozos de la ciudad y verterlos al río. Así, desaparecería el olor y el problema de la enfermedad.

The silent highwayman, la muerte ronda sobre el Támesis (Wikipedia/CC).

Cuál fue la sorpresa cuando la situación empeoró, ya que el agua que abastecía la ciudad provenía del mismo río al que se estaban vertiendo los residuos. El Támesis estaba, literalmente, lleno de mierda.

El mismísimo Faraday dijo que el río era un “líquido opaco de color marrón claro”, y realizó un experimento para intentar abrir los ojos de los gobernantes: tiró trozos de papel blanco al río, que desaparecían en el agua apenas comenzaban a hundirse. La suciedad no dejaba verlos. Hasta el escritor Charles Dickens, en su novela Little Dorrit, escribió que el Támesis era "un alcantarillado mortal".

Faraday (Wikipedia/CC).

El primer héroe: John Snow

En 1854, con un Londres ya nauseabundo y asediado por una tercera epidemia de cólera (las anteriores habían sucedido en 1831 y 1848), el médico John Snow (que no Jon Snow) descubrió que la enfermedad era transmitida por el agua contaminada tras un brote en el Soho. Su estudio incluía a 70 trabajadores de una cervecería local que solo bebían cerveza y no habían enfermado.

John Snow (Wikipedia/CC)

Snow realizó un mapa con las víctimas y los emplazamientos de donde bebían el agua, observando así dónde se encontraba la fuente de origen del brote: en Broad Street. Incluso demostró como gente que había muerto que vivía alejada de la fuente había bebido agua traída por familiares desde allí.

Variante del mapa original de John Snow. Los puntos son casos de cólera durante la epidemia de 1854, y las cruces la ubicación de las bombas de agua (Wikipedia/CC).

Snow alertó a las autoridades con los datos que había recopilado, pero su idea pasó desapercibida en un primer momento. Con los cuerpos amontonándose, urgía encontrar una solución.

El Támesis estaba, literalmente, lleno de mierda

Todo empeoró el verano de 1858, el verdadero “Gran Hedor” (Great Stink). Fue una estación inusualmente seca y calurosa. El río y sus tributarios se vieron desbordados con desechos, que fueron el caldo de cultivo perfecto para las bacterias. La película de podredumbre que cubría el río dio como resultado una peste insoportable que inundó la ciudad. El olor era tal que afectó a la Cámara de los Comunes, que llegaron a empapar las cortinas en cloruro de calcio para evitarlo, e incluso suspendieron las sesiones. Algo similar ocurrió con los tribunales, que comenzaron a buscar emplazamientos alternativos (incluso fuera de Londres).

La gente no se acercaba al río.

En esa época, se dice que muchos políticos y gente pudiente dejaron la ciudad por sus residencias en el campo. Los legisladores determinaron entonces que se necesitaban medidas inmediatas para deshacerse del mal olor, con un resultado que cambiaría para siempre la historia de la planificación urbana.

Joseph Bazalgette, el segundo héroe

Cuando por fin llegaron las lluvias, la parte más insoportable del Gran Hedor desapareció. No así el temor a que la situación se repitiera: el Consejo Metropolitano de Obras (creado en 1855, y en busca de soluciones desde entonces), tras rechazar proyectos para implementar el alcantarillado para la “reducción misericordiosa de la epidemia que asoló la metrópoli”, aceptó por fin la propuesta de su jefe de ingenieros Joseph Bazalgette, quien había pasado años estudiando una nueva solución para el saneamiento londinense. El Parlamento dio su aprobación a pesar del alto coste de las colosales obras, y las revolucionarias ideas Bazalgette se pusieron en marcha.

Joseph Bazalgette (Wikipedia/CC).

La solución del ingeniero era la siguiente: construir de forma paralela al río 83 millas (134 kilómetros) de alcantarillas principales subterráneas de ladrillo para interceptar la salida de aguas residuales domiciliarias, y otras 1.100 millas (1.800 kilómetros) de alcantarillas en la calle para interceptar las aguas residuales crudas que fluían libremente por las calles y las carreteras de Londres. Para calcular las dimensiones, asignó a la mayor densidad de población una producción de residuos muy elevada, y cuando obtuvo el diámetro de las cloacas dijo: “Bien, sólo vamos a hacer esto una vez y siempre hay imprevistos”, y duplicó el diámetro de los tubos. Si no lo hubiera hecho, las alcantarillas se hubieran desbordado en 1960. Bazalgette había pensado la infraestructura para adaptarse a un crecimiento de la población de un 50%.

También incluyó la construcción de diques que estrecharon el cauce del Támesis y dotaron de mayor velocidad al caudal, dejando espacio para el metro y los conductos de gas. Con el volumen de tierra extraído en la operación, unos 2,5 millones de metros cúbicos, se hicieron otras obras urbanas, como paseos y parques.

Construcción de alcantrillas en 1859 (Wikipedia/CC).

Las salidas de las redes se desviaron a los desagües de Barking (al norte del Támesis y Crossness, de la que ya hablé aquí) y al sur. Combinados, enviaban el efluente río abajo, y de ahí al mar.

Con ello, Bazalgette consiguió su objetivo: eliminar el olor de la ciudad. Y sin ser su propósito, también el agua sucia.

Las obras

En realidad, no se puede hablar de un gran cambio tecnológico. Se emplearon técnicas artesanales que llevaban aplicándose siglos, solo que se había preferido mantener la red de pozos ciegos y estructuras limitadas que no estaban conectadas entre sí.

Durante la obra, el diseño del saneamiento se modificó en varias ocasiones. En 1868, 10 años después del Gran Hedor, ya se habían construido 2.100 kilómetros de canales de agua residual, que incluían 132 túneles de ladrillo. En los 30 años que tardó en finalizar la obra, la población de Londres llegó hasta los 6 millones, demostrando la calidad y previsión del diseño de Bazalgette en una de las obras más importantes del siglo XIX.

En el tiempo que duró la construcción, persistieron resquicios del Gran Hedor. Las ventajas del sistema no fueron inmediatas, tal como esperaba la ansiosa población, y tuvieron que pasar algunos años antes de dar el adiós definitivo al problema. De hecho, en 1878, un choque de barcos en el Támesis demostró que la cuestión seguía vigente: entre las víctimas, se podía distinguir perfectamente quiénes habían muerto ahogados y quienes por envenenamiento. 

Comentarios

La redacción recomienda