Historias de Madrid (IV): Los aguadores

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    Aguadores de barrica en una de las fuentes reservadas al gremio en la villa de Madrid hacia 1850 (Wikipedia).

Sobre el blog

Águeda García de Durango
Responsable de Contenidos y Comunidad de iAgua.

A pesar de contar con un buen suministro de agua gracias los ingenios técnicos de la época árabe de Madrid, el abastecimiento no llegaba a todos los hogares de Madrid como hoy en día. Por ello, durante más de cuatro siglos (del XV a principios del XX), la figura del aguador o aguatero fue fundamental en la capital.

Su origen está, precisamente, en los azacanes moros o mozárabes: portadores de agua que se valían de una caballería o un carro de manos cargado de grandes cántaros o vasijas de hasta 10 litros con los que ir repartiendo el valioso líquido desde las fuentes municipales.

Azacán (aguador) castellano hacia 1530 (Wikipedia).

Hay que tener en cuenta que la ciudad no contó con agua corriente en las casas hasta bien entrado el siglo XX, y muchos hogares sin pozo propio o acceso a fuentes de agua solo podían consumir el recurso por medio de aguadores.

Historia

El oficio ya aparece retratado en la normativa del Concejo de la Villa en 1501, cuando se advierte al gremio que “no vayan corriendo con los asnos, porque acaece topar e derribar muchas personas e hazer muchos daños, so pena destar diez días en la cadena”. Esto da una idea de cómo se comportaban por aquel entonces.

Ya en el Siglo de Oro español aparecen como figuras representadas en el arte, tanto pictórico como literario. De hecho, no son pocas las obras que recogen la presencia de estos personajes, como en escritos de Cervantes, Lope de Vega o Tirso de Molina; o cuadros como algunos de Velázquez o Goya posteriormente. En este sentido, cabe mencionar la zarzuela “Agua, azucarillos y aguardiente”, cuyo título y trama son claras referencias al gremio.

No era una profesión exclusiva de Madrid: El aguador de Sevilla, por Diego Velázquez (Wikipedia).

En esta época se potenció la regulación del gremio. Felipe II contribuyó en buena medida a su burocratización, estableciendo una medida que limitaba los cántaros de transporte a tan solo cinco azumbres (1 azumbre = 2,05 litros) de capacidad. Los alfareros de Alcorcón eran los responsables de ajustarse a dicho volumen, además de grabar en los recipientes un sello especial para evitar las falsificaciones.

En el siglo XVII la normativa se encargó de ordenar aún más a los aguadores madrileños, asignándoles fuentes públicas determinadas según el servicio que fuera necesario prestar. Esta tendencia continuó en el siglo siguiente, quizás en el período de mayor apogeo de la profesión: para poder desempeñar el oficio, era necesaria una licencia que concedían los corregidores de la villa o los alcaldes constitucionales, y por la que había que pagar 50 reales más 20 por la renovación anual.

En la Fuente de Lavapiés (Wikipedia).

Puede llegar a sorprender la extensa reglamentación que aplicaba al gremio en el siglo XIX. Cabe destacar el reglamento de los aguadores de 1874, un documento de 32 páginas y 38 artículos en el que se recogían los requisitos y funciones del aguador en el que se detalla cómo solicitar entrar en la profesión, las fuentes concretas en las que actuar, las obligaciones como aguador e incluso la forma en la que distribuir el agua.

Fuente pública en Madrid o Aguadores en una fuente de Madrid, óleo de Casimiro Sainz y Saiz (Wikipedia).

Con la construcción del Canal de Isabel II, llegó también el ocaso de los aguadores. Si bien aguantaron hasta los años 60-70 del pasado siglo, no fue más que de forma anecdótica en un esfuerzo de mantener la tradición.

Qué hacían

Existían tres tipos de aguadores:

  • Los “chirriones”: transportaban el agua en una o varias cubas, sobre carros tirados por mulas o asnos.
  • Los tradicionales, “cantareros de azacán”: contaban con uno o más burros para cargar entre 4 y 6 cántaras de agua.
  • El tercer tipo eran los que llevaban el cántaro al hombro y podían ir con él a los hogares.

A ellos se suman los vendedores ambulantes, en muchos casos niños o mujeres que voceaban su mercancía por las calles y que se hicieron especialmente populares en las procesiones religiosas y actos públicos.

La aguadora, de Goya.

La función de los aguadores madrileños era llevar el agua en cubas o cántaros desde las fuentes a los domicilios de los vecinos que se la pedían, pagándoles por ello una cantidad. Sin embargo, su trabajo no terminaba ahí: estaban obligados a acudir a los incendios con una cuba de agua, so pena de una multa de 10 ducados la primera vez y retirada de la licencia en la segunda.

Cada aguador tenía que llevar en el ojal de su chaqueta o chaleco una placa de latón con su número, su nombre y el de la fuente asignada. Además, en el siglo XIX el Ayuntamiento diseñó su uniforme, consistente en una chaqueta oscura de paño con solapas bordadas con las armas municipales y doble fila de botones dorados, chaleco rojo y pantalón sujeto con una faja también roja. Los botines, del mismo color, tenían botones negros y palaos de piel blanca de becerro. La gorra, de fieltro y con visera, era obligatoria. En verano, el atuendo se simplificaba, limitándose a una blusa de percal de color azul y cuello vuelto de cinta encarnada con el escudo y número de licencia.

Aguador de Madrid en 1802 (Wikipedia).

Durante algunos años, estuvieron obligados a llevar un farol encendido después de anochecer para poder ser identificados, una acción motivada en parte por la invasión francesa. Sin embargo, protestaron por la incomodidad y el gasto que suponía, y se suprimió sin que volviera a retomarse la costumbre.

En cuanto a las fuentes, en cada una había uno o varios aguadores “representantes” y “cabezaleros”, cargos escogidos por votación popular que no recibían salario alguno por ello y duraban 2 años. Eran los encargados de mantener el orden: según el número de caños de la fuente (1, 2, 3 o 4), tenían distintas preferencias con los vecinos.

Grabado 'Aguadores en la fuente de la diosa Cibeles (Wikipedia).

Cómo eran

Dado que el oficio de aguador exigía una gran fuerza física para cargar las cubas, los profesionales solían trabajar en un corto espacio de tiempo, generalmente unos 3 años, para después volver a sus pueblos a descansar otros 2 o 3 años y retomar el oficio después. También hubo mujeres aguadoras, aunque de forma excepcional.

Si algo caracterizó a los aguadores fueron las peleas y enfrentamientos constantes entre ellos, con los vecinos y con el ejército

En cuanto a su procedencia, se da la casualidad de que muchos de ellos eran de localidades asturianas como Tineo, Cabranes, Piloña, Salas y Pravia; o gallegas, como Lanzada o Vimianz. También era frecuente que varios miembros de una familia se trasladaran a la capital para ejercer de aguadores.

Las licencias para ejercer el oficio no se podían vender o traspasar, aunque los trabajadores no solían hacer mucho caso a la prohibición  y las cedían o dejaban en herencia, e incluso hubo plazas compartidas entre 3 aguadores que se relevaban. Por supuesto, había quien hacía negocio con ellas en secreto, y aunque no se dispone de datos fiables, el alto precio al que se vendían hace suponer los amplios beneficios que reportaba la venta de agua.

Por último, si algo caracterizó a los aguadores fueron las peleas y enfrentamientos constantes entre ellos, con los vecinos y con el ejército. La causa siempre era el agua, de un modo u otro, y la reinante picaresca de Madrid tampoco ayudaba a la venta pacífica del recurso. Una picaresca que, a la luz de los últimos acontecimientos en el sector del agua en Madrid, los “aguadores” modernos siguen manteniendo.

Para saber más sobre los aguadores de Madrid:

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