El agua y la mirada

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    Foto: Tormenta de nieve, J.M.W. Turner (1842). Autor: Public Domain

Sobre el blog

Albert Martínez
Grado de filosofía en la Universitat de València y la licenciatura de arte dramático en la Escuela Superior de Arte Dramático de Valencia. Posee un máster en pensamiento contemporáneo y desarrolla su tesis en el Departamento de Filosofía de la UV.
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El ser humano es un animal terrestre, pocas dudas caben sobre esto: caminamos sobre tierra firme y es allí donde construimos nuestros asentamientos, donde constituimos el necesario hogar.

Con las siguientes líneas anunciaba el filósofo alemán Carl Schmitt, autor de Tierra y mar: consideraciones sobre la historia universal, nuestra condición terrestre:

El hombre es un ser terrestre, un ente terrícola. Se sostiene, camina y mueve sobre la tierra firme. Ella es el punto de partida y de apoyo. Ella determina sus perspectivas, sus impresiones y su manera de ver el mundo.

Sin embargo, la presencia del elemento acuoso en nuestras costas, en los ríos que atraviesan nuestras ciudades, en los estanques que nos regalan nuestro reflejo, es un elemento indispensable para entender nuestra historia, nuestra pintura, nuestra poesía y filosofía. Detenerse frente al océano, inmóvil, y perder la vista en la inmensidad acuosa que se extiende desde nuestros litorales parece una acción espontánea, un elemento común al conjunto de los mortales que han topado con el gran azul. La mirada que le ofrecemos a esta inmensidad, sin embargo, ha ido mutando. El océano, la gran inmensidad acuosa, el espacio donde el agua desarrolla toda su majestuosidad, no siempre fue percibido de una forma parecida.

Existe una mirada inicial temerosa y respetuosa, que entiende que en el océano termina el reino de los hombres. Ese “Más allá hay dragones” con el que Meryl Streep, interpretando a la danesa Karen Blixen en Memorias de África, describía el miedo de los antiguos descubridores a lo desconocido cuaja a la perfección con la mirada que presentamos. Hic sunt dracones, esta advertencia la encontramos escrita sobre la costa oriental asiática en el mapamundi de Hunt-Lenox (1510). El dragón simboliza el final del dominio de los hombres, se asienta con prepotencia en aquellos espacios cartográficos donde lo humano pierde significación. Ese océano monstruoso donde el hombre pierde su poder y su significado se mantuvo vigente hasta bien entrada la modernidad, aún late en la pintura de William Turner (1775-1851), uno de los más relevantes paisajistas británicos. Turner fue un pintor obsesionado por el poder de las fuerzas naturales. Cuenta la leyenda que, obsesionado con el poder destructor del mar, pediría ser atado al mástil de un barco durante una tormenta en alta mar para captar la verdadera naturaleza del fenómeno. En su obra, a destacar Tormenta de nieve (1842) y Amanecer con monstruos marinos (1845), el hombre se desdibuja en el océano, los veleros se perfilan con dificultad en un mar embravecido y los monstruos, lo desconocido, amenazan al espectador surgiendo entre las olas con mirada soberbia.

Foto: Amanecer con monstruos marinos, J.M.W. Turner (1845). Autor: Public Domain

Si bien esta mirada primitiva y asustadiza habría de mantenerse en la pintura hasta bien entrado el siglo XIX, como muestra la obra de Turner, con la llegada de la Modernidad, el complejo concepto histórico que nacería de la mano del Renacimiento, el hombre alteraría su mirada: abanderando la razón y exaltado ante sus propias virtudes, el ser humano adquirirá frente a la naturaleza una posición de domador: nada escapará a su dominio intelectual y fáctico. El océano será ahora un espacio a dominar y, con la modernidad, la mirada del hombre que se detiene en la costa se torna arrogante, ya no ve el paisaje inmenso como un símbolo de su pequeñez, sino como un reto. Esta actitud queda patente en el Fausto de Goethe (1749-1832): cuando parece que sus andaduras con Mefisto han alcanzado a su fin, cuando parece que todo el desarrollo de sus propias potencias humanas han culminado, ambos siniestros personajes se sientan frente al océano. Tras unos minutos, Fausto se encoleriza ante la visión del mar, recibe como un insulto el zarandeo arrogante y ocioso de las olas y anuncia su necesidad de dominarlo. Mefisto se ve sobrepasado por la actitud de Fausto: este ha protagonizado aquí un salto cualitativo, ya no agota sus pretensiones en el desarrollo personal, ahora quiere que sea el mundo, en su conjunto, el que cambie. Frente al océano nace, en la obra de Goethe, el hombre moderno.

 

Foto: The Lenox Globe (1510). Autor: B.F. De Costa

Con el descubrimiento de América y la circunnavegación de la Tierra el hombre no solo adquirirá nuevos territorios de los que extraer bienes, habrá domado a la bestia sobre la que antiguamente se limitaba a escribir un Hic sunt dracones. La mirada que proyectamos sobre el agua y sus dominios, el paso del terror a la confianza, el proceso que nos llevó de empequeñecernos frente al abismo azul a tomar el látigo y domarlo, constituye un factor indiscutible para comprender la configuración de la modernidad.

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