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¿Cómo puede el sector agrario contribuir a la mejor gestión del agua?

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  • ¿Cómo puede sector agrario contribuir mejor gestión agua?

Sobre el blog

Alberto Garrido
Director del Observatorio del Agua de la Fundación Botín. Vicerrector de la UPM. Investigador del CEIGRAM. Profesor de la ETS Ingeniría Agronómica, Alimentaria y de Biosistemas

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De acuerdo con el INE, el regadío emplea entre 14.500 y 17.000 millones de m3/año cada año. Las principales Comunidades Autónomas por usos del agua son: Andalucía (27%); Aragón (13,6%), Castilla y León (13,4%), Castilla-La Mancha (11%), Extremadura (10,5%), Comunidad Valenciana (8,3%) y Cataluña (6,75%).   El consumo de agua ha descendido un 10% entre 2001 y 2016. Esta disminución está correlacionada con el aumento de superficie regada con riego localizado (R2= 0.75). En 2001, se regaba con esta técnica el 8,5% del volumen total, y en 2016 ya era el sistema de riego mayoritario con el 39%, lo que equivale a aproximadamente a 1,4 millones de hectáreas regadas con este sistema.

En la reducción de los volúmenes utilizados han intervenido también otros factores, como la modernización de los regadíos, aunque existe desacuerdo entre diversos autores sobre cuánta agua se ha podido ahorrar con la reforma de los sistemas de riego colectivos (Comunidades de Regantes). Los profesores Berbel y Gutiérrez estiman que las extracciones brutas han podido disminuir en un 25-33% como consecuencia de la modernización, pero al aumentar la eficiencia técnica del riego el ahorro neto real podría situarse en el 12%. Esto es así, porque en un sistema de riego localizado la fracción que es aprovechada por las plantas (evapotranspiración) es mayor, disminuyendo la fracción que vuelve al sistema por escorrentía o filtración profunda. De ahí que la administración retenga el 25% del caudal concedido.

La modernización de los regadíos tiene asociados los siguientes efectos y resultados: (1) reducción del abonado (en un 25%), y la presión ambiental, (2) disminución del uso de productos de protección vegetal, (3) intensificación productiva, mediante plantaciones más intensivas o introducción de dobles cosechas, (4) en consecuencia mayor productividad de la tierra y de los demás factores, como capital y trabajo, y del valor añadido del sector, (5) aumento del uso de energía y de los costes de aplicación del agua (muy variables y dependiendo de las circunstancias, pero pudiendo alcanzar el 180%), (6) aumento del uso de las aguas subterráneas,  y (7) establecimiento de tarifas volumétricas, y no planas por superficie.

Una prueba del aumento de eficiencia es el aumento de las exportaciones de vino, aceite de oliva y de frutas y hortalizas, todos ellos subsectores en los que el riego localizado y de precisión explican su pujanza. Con un consumo inferior, descendiendo a 5.300 millones de m3 en 2016 desde 5.500 en 2012, el valor de las exportaciones de frutas y hortalizas ha aumentado de 10.829 millones de euros en 2012 a 15.081 millones de euros en 2018. Lo mismo se puede decir del sector del vino y del aceite de oliva: aumentos de valor de exportaciones superiores a los aumentos en producción física, y menores consumos de agua. Todo esto ha sido posible por el mejor y más eficiente uso del agua.

Está muy documentado que el regadío es también causa de contaminación de las aguas, pero posiblemente los usos urbanos, industriales y ganaderos intensivos tienen un mayor impacto. Este efecto diferenciador es mayor si cabe por las tendencias detectadas en el menor volumen de fertilizantes empleados y de agroquímicos, no tanto en valor económico sino en peso de sustancias activas, y por el deficiente nivel de depuración de aguas residuales urbanas.

¿Cómo se puede más ahorrar en el sector? Realmente es difícil ahorrar agua, sin disminuir la producción, porque existe una relación directa entre el agua evaporada y transpirada por un cultivo y su productividad, aunque en el caso de los frutales, el riego deficitario permite ciertos ahorros sin menoscabar la producción y la calidad (entre el 10 y el 20%).  Es evidente que todo lo que implique un mayor control del agua se asociará con aumentos en las fracciones de eficiencia irá asociado con margen de ahorro. Pero el agricultor es reacio a hacer esfuerzos de ahorro sin aumentar la productividad. Como hemos comentado anteriormente, las mejoras de eficiencia en España han ido asociadas a aumentos del valor de la cosecha (por calidad, calendario, tecnologías post-cosecha y éxito comercial), y menos en la producción física y debido a reducciones en el consumo neto del agua.

 ¿Qué más se puede hacer? Un factor clave es el aumento de la superficie regada con aguas regeneradas, sustituyendo captaciones directas de la fuente. Esto supone reutilizar el agua más de una vez, y una oportunidad para aumentar la calidad ecológica. Sin embargo, esto solo es viable cerca de los núcleos urbanos. Se conoce al menos un intercambio de agua realizado en una Zona regable del Guadalquivir, fruto del cual los regantes emplean aguas regeneradas a cambio de tomarlas directamente de las fuentes naturales (ríos o acuíferos subterráneos).  

Otra vía de ahorro de agua se logra aplicando los resultados técnicos de las fincas experimentales en las explotaciones agrarias de los productores. En el caso de la fresa, IFAPA  (Andalucía) ha mostrado en sus fincas de ensayos que se puede producir la misma cantidad y calidad con un 56% del volumen medio usado por los productores.  Pero los resultados más esperanzadores surgen de la aplicación de tecnologías información y sistemas expertos. Están ya en el mercado los procesos y los sistemas que pueden permitir un mayor control del cultivo, la aplicación precisa de sus insumos (incluida el agua) y la optimización de los procesos productivos. En general, estas mejoras logran aumentar el cociente entre agua captada y agua aprovechada por el cultivo (evapo-transpirada). Lo que provoca que para el mismo volumen captado (por ejemplo 5000 de m3/ha), se aproveche una fracción mayor, y se filtre o escurra una fracción menor.

Por último, el sector agrario puede contribuir a la mejor gestión integral del agua en las cuencas y en el medio natural, adaptando el volumen captado a las circunstancias hidrológicas de cada año hidrológico. De ahí que el papel del sector público sea esencial. Pues solo modificando los derechos de uso (captación) es posible reducir el consumo de agua, de forma neta. Es cierto que el regadío aporta un cierto grado rigidez en la gestión del agua, pues se trata de demandas que el sistema trata de satisfacer. Pero al mismo tiempo da mucha flexibilidad porque al tratarse de usos relativamente poco productivos se pueden modular los derechos de uso de acuerdo con las disponibilidades de cada momento.

El Profesor Luis Garrote ha demostrado que existe mucho margen de flexibilidad y adaptación cuando la demanda neta de un agricultor y la garantía de acceso al recurso que se le otorga se fijan conjuntamente en una cuenca. En síntesis, se requiere que los derechos de agua concedidos tengan diferente garantía, y que el binomio demanda-garantía se adapte a los requerimientos del cambio climático.

Sin duda esta flexibilidad, que debe acrecentarse y gestionarse eficazmente, es la mejor contribución que puede hacer el sector del riego a la gestión del agua.  Al mismo tiempo, es esencial que los productores tengan incentivos para que realicen un uso eficaz del recurso, y que lo hagan de forma rentable para sus explotaciones.

Este es el gran dilema en la gestión del agua de riego: si aumentamos la eficiencia, disminuyen los retornos (por escorrentía y filtración), se abarata el uso del agua en términos relativos, y el consumo neto aumenta. Eso sí, mejora la eficiencia económica (por superficie y frente a cualquier otro factor), pero se consume más agua. De ahí que la modernización de regadíos, cuando ha sido con apoyo público haya ido acompañada de reducciones en el volumen concedido.

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