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Qué mala el agua de grifo y qué ricos los gin-tonics

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Sobre el blog

Alberto Vizcaíno
Productor de sostenibilidad. En ocasiones doy charlas, escribo en blogs o hago fotos.
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  • Qué mala agua grifo y qué ricos gin-tonics

Uno de los argumentos más repetidos en contra del agua de grifo es el del sabor. Es la excusa perfecta para quienes defienden las bondades del agua embotellada. Si suelto una arenga a favor del agua de grifo como herramienta para reducir el consumo de plástico de usar y tirar, rápido viene alguien a acusarme de no haber probado el agua que sale por el grifo de su ciudad. Casi tan rápido como quienes hacen desinformación y fake news con los residuos de envases de plástico de usar y tirar.

Y sí, es cierto que el agua de distintos lugares produce sensaciones distintas: la concentración de distintas sales minerales se percibe al beber agua. No sé si propiamente hablamos de sabor, pero sí es cierto que la percepción que genera es distinta. El agua del grifo del pueblo donde solía veranear era muy “gorda”, por eso para beber y para cocinar solíamos, en el paseo de cada tarde, a un manantial a buscar el agua “fina”. Mi abuelo llenaba el botijo de la fuente de la plaza, que era la que le gustaba tomar con las comidas. No era tan fina como la que brotaba del caño al pie de la sierra, pero sí que nos parecía mejor que la del grifo.

Pero a todas nos acostumbrábamos. Era un proceso de un par de días en el que nos tenían que echar varias veces la bronca. El cambio de “sabor” del grifo de Madrid al grifo del pueblo era tan llamativo que los niños de la casa nos pasábamos el día bebiendo. “Ya está bien, que os vais a hacer pis en la cama”, “deja de beber tanto, que te va a doler la tripa”. Los adultos ponían fin a la necesidad curiosa de descifrar las nuevas sensaciones generadas por algo tan cotidiano como beber un vaso de agua.

También en el pueblo, algún tiempo después, probé mi primera tónica. Recuerdo la experiencia como algo cercano a lo traumático. Una bebida carbonatada, como esos refrescos cuyas burbujas, al beberlos, me hacían sentir una incómoda sensación en la nariz, pero con un nivel más de disgusto: su sabor amargo. Tardé años en volver a probar una.

Entre tanto sí probé otras bebidas. La cerveza. Me llevó todo un verano acostumbrarme. El ritual del botellín o la caña a medio día, la litrona en el parque a media tarde y los “minis”, “katxis” en la noche… era un auténtico suplicio. Ese sabor, esa sensación de lengua de estropajo… Casi tan desagradable como la combinación de Coca – Cola con vino que llegó después ¿recuerdas a qué te sabía el calimocho?

El culmen de aquello vino con el Gin Tonic: la mezcla de las dos bebidas menos apetecibles que ha ideado la mente humana. Ginebra y tónica en el mismo vaso, a ser posible con los bordes untados con una ácida rodaja de limón. ¿Y eso está bueno? No paras de decir que no te gusta el agua de grifo, pero… bien que te atizas a Gin Tonics.

A diferencia del agua de grifo, todas las bebidas alcohólicas y sus combinados, contienen una sustancia tóxica para nuestro organismo: el alcohol. Sabemos que causa estragos en nuestra salud, pero a pesar de ello seguimos rituales destinados a superar el rechazo, acostumbrarnos al sabor y generar un hábito de consumo. El aperitivo, la sobremesa, los fines de semana, las fiestas de guardar, bodas, bautizos y comuniones… cualquier excusa es buena para tomarse unas cervecitas o unos copazos.

Pero el agua de grifo… potable y con todas las garantías de salubridad… esa… no nos gusta. Se nota que somos unos privilegiados que no tenemos que recorrer kilómetros para ir a recogerla de un río contaminado o de una charca en la que habitan varios tipos de parásitos que pueden generarnos todo tipo de trastornos intestinales y enfermedades.

Seguimos cómodos un patrón de consumo que nos da cierto estatus: compramos botellas de plástico de usar y tirar porque nos pone por encima de la inmensa mayoría. Compramos el discurso de familia feliz, de deportista sano, de excursionista reconciliado con el campo… que nos venden las marcas comercializadas por las empresas de aguas envasadas. Nos pasamos del malvado plástico al peor, y más difícil de reciclar, brik si nos anuncian el “agua en cartón” como la solución a los problemas del mundo… lo que sea menos acostumbrarnos al “sabor” del agua de grifo.

Por cierto, que el agua de mi pueblo ya no es lo que era. Sí, se sigue notando el origen calizo, pero a día de hoy tiene poco que envidiar a la de Madrid. Ya nadie va al manantial a por agua para cocer las legumbres y la fuente de la plaza ha quedado para que turistas, ciclistas de paso y niños echen un trago antes de seguir con sus quehaceres. Pero seguimos echándole la culpa de todos nuestros males al agua del grifo.

Agua que, por cierto, también podemos mezclar para cambiar las sensaciones que nos produce. Sacarla del grifo a una jarra para dejarla reposar después de su largo camino por las redes de abastecimiento. Ponerle unas hojas de hierbabuena, unas gotas de limón o unas rodajas de pepino, con un poco de hielo, a gusto del consumidor. El agua de grifo es muy agradecida, se deja pasar por filtros, incluso someterse a equipos domésticos de ósmosis si el paladar es muy exquisito o las condiciones iniciales muy desfavorables.

Pero, como a un buen Gin Fizz, es cuestión de acostumbrarse. Puedes seguir buscando excusas para comprar botellas de plástico de usar y tirar, pero la solución la tienes al alcance de la mano. Todos sabemos que el que borracho se acuesta con agua levanta… y a buena sed no hay agua dura. Quizá podrías empezar por dejar de combatir la resaca con cerveza y pasarte al agua de grifo: tu cuerpo, tu bolsillo y el planeta te lo agradecerán.

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