¿Agua o vino?

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Ángel Ortega
Ingeniero Industrial por la Universidad Politécnica de Madrid. Executive MBA IESE. MIT (Massachusetts Institute of Technology). Director General Radiopoint System. Presidente de la Asociación Ibérica de Tecnología SIN Zanja IBSTT
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Cuando era un preadolescente, y de esto ya han pasado algunas decenas de años, recuerdo un viaje de veraneo familiar en coche desde Madrid a las playas de Comarruga en Tarragona. Al pasar por la zona de Los Monegros, en la provincia de Zaragoza, mi padre, militar de recio abolengo, estricto y austero como mandaban los cánones de la época, comentó que en el denominado entonces “desierto de Los Monegros” el agua era más cara que el vino.

El mensaje quedó grabado en alguna de las escasas neuronas que todavía conservo y volvió a primer plano en las pasadas ferias de Siga y Smagua. Si, reconozco que me gusta más el vino que el agua igual que disfruto con una buena corrida de toros (hace mucho que no coincido con un festejo taurino entretenido) o cuando el Atlético de Madrid consigue el doblete de Liga y Copa (acontecimento que espero volver a disfrutar antes de quedarme definitivamente “gagá”).

El agua, afortunadamente, es más barata que el vino pero siempre nos hacemos la misma pregunta: ¿Cuánto cuesta el agua? Es fácil saber lo que pagamos por el agua potable que consumimos en nuestros hogares e industrias pero no siempre tenemos accesible, de una forma sencilla, conocer el coste real de cada metro cúbico del agua que consumimos. Los profanos nos quejamos de lo cara que está el agua y los operadores están amargados por escaso precio que pagamos los consumidores. Sesudos y mejor preparados que yo, los responsables de suministrarnos agua insisten que para poder mantener una red de agua potable y de saneamiento en perfectas condiciones es necesario multiplicar por tres su precio. Estoy de acuerdo, ya que si muestro por escrito mi desacuerdo dejarán de invitarme a conferencias y copas de vino español que es a lo que cada vez dedico más mi tiempo pero… ¡tienen razón!

Según consenso general, una tubería media de una ciudad media y en unas condiciones de trabajo medias (si todo “a medias”, así somos los ingenieros) tiene una duración de 50 años. Es decir, cada 50 años es preciso cambiar la tubería de marras. Si estamos de acuerdo con esta premisa es menester que cada año los operadores reserven un 2% del coste de la tubería para reponerla cuando llegue al final de su ciclo de vida. Y no hemos contado con el resto de elementos que componen una instalación hidraúlica tales como bombas, sistemas de regulación y demás accesorios. Evidentemente esto no lo hace ningún operador sencillamente porque si lo hiciera no le saldrían los números a final de año.

¿Puede subirse el precio del agua? Yo creo que sí pero para ello es preciso explicarlo con claridad a los políticos en particular (ya que de ellos depende la decisión final) y a la ciudadanía en general. Mi recomendación es que se hiciera al principio de las diferentes legislaturas para que las críticas de la oposición no perturbaran el resultado de las siguientes elecciones.

Estamos acostumbrados a pagar cantidades mensuales exorbitantes por servicios que no son imprescindibles (teléfonos celulares y televisión de pago son buenos ejemplos) pero nos quejamos si nos suben un 2% anual el recibo del agua.

Si, si, ese 2% que considerando inflación cero sería suficiente para poder mantener las excelentes instalaciones de suministro de agua y saneamiento de las que hoy disfrutamos.

Confío que estas breves reflexiones lleguen a personas con suficiente capacidad de influencia como para pensar en la sociedad que queremos tener dentro de 50 años.

Y con esto les dejo por hoy, que es sábado y se esta acercando la hora del aperitivo. ¡Buen fin de semana!

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