Nuevos lagos sustentables

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Sobre el blog

Antonio Lamela
Prof. Dr. Arquitecto, Urbanista y planificador del territorio / Premio Rey Jaime I / Dr. Honoris Causa UCJC / Académico RADE

De entre las masas de agua superficiales —ríos, arroyos, lagos, pantanos, humedales, embalses, etc.— los embalses presentan unas particularidades que los hacen determinantes dentro de la cuenca a la que pertenecen. Su origen y, sobre todo, su futuro, requieren de un mayor estudio y una nueva visión en su gestión, por el enorme potencial que tienen como ecosistema.

Aunque, a la vista de la gestión de algunos de ellos, a veces sean considerados, de hecho, como meros depósitos de agua dulce para disponer del recurso de forma planificada, no hay que olvidar que suponen una intervención en el cauce y curso de un río. Es decir, se trata del mismo río, parcialmente contenido mediante una presa, en un lugar estratégico de gran profundidad, para contar con un gran volumen de almacenamiento. De ahí la importancia del equilibrio entre el carácter más o menos estático de esa agua embalsada —con las variaciones debidas a la entrada de agua de lluvia y las detracciones producto de los desembalses, la evaporación y el estiaje— y el necesario fluir del río. La calidad del agua y la pervivencia de su flora y fauna asociadas dependen de ese balance hídrico.

Esa gran superficie o lámina de agua es mucho más que el nivel de llenado de un depósito. Su propia existencia es generadora, a mayor escala, de los beneficios medioambientales de un río, induciendo una humedad medial que contribuye no sólo a refrescar masas de aire, sino a favorecer un auténtico microclima propicio para el crecimiento de especies vegetales con su fauna asociada.

Los embalses comparten muchas de las características de los lagos. Ambos deben considerarse como parte, junto a otros componentes, de una unidad de gestión que es la cuenca hídrica, por lo que sus alteraciones tienen una gran influencia sobre el estado de dicha cuenca, y toda actuación que les afecte, en ningún caso puede considerarse puntual sino de efectos globales. Aunque los embalses, al ser creados por el Hombre para disponer de agua, contener inundaciones, producir energía eléctrica, etc., son el objeto de su gestión de forma continuada, los lagos también pueden acusar la acción antrópica, de forma más menos directa, incluso con ejemplos extremos de mala gestión e irreparables daños medioambientales, como el del mar de Aral, lago de Asia central, en vías de desaparición.

Ya he expuesto reiteradamente mi punto de vista sobre los trasvases de gran envergadura y sus desfavorables consecuencias —en concreto el trasvase Tajo-Segura— por lo que me parece oportuno mostrar, como contrapunto, las posibilidades que ofrecería una adecuada gestión de los importantes embalses de la cabecera del Tajo afectados por él: Entrepeñas y Buendía.

Desde hace varias décadas se han gestionado los recursos hídricos de estos embalses como un mero bien comercial, del que se han realizado transacciones, anticipando a veces los trasvases admisibles a etapas previsibles de gran escasez de agua almacenada, postergando así el problema. Es decir, se ha realizado un reparto raquítico de agua entre cuencas, en lugar de mejorar la gestión de ambas. La cobertura legal dada a las soluciones temporales puestas en marcha para paliar la escasez de agua —mediante los decretos de sequía que permiten la extracción de agua de pozos o la utilización de agua desalada a un precio menor del real— no hacen sino esquivar la realidad.

Hace mucho que la lamentable imagen que ofrecen los embalses, mostrando en extensas áreas su lecho seco, debería haber alertado de la inconveniencia de seguir prolongando una agonía que no beneficia a nadie.

Es preciso resaltar, una vez más, la importancia de preservar y potenciar nuestras masas de agua como “infraestructuras verdes” que aseguren la disponibilidad de agua, que deberá atender a una demanda creciente, sin perjudicar el medio ambiente, viendo en ellas el potencial de futuro de las Sociedades Humanas.

El verdadero valor de la inversión realizada décadas atrás en infraestructuras hidráulicas no se debe tanto a las magníficas obras de ingeniería o las redes de distribución y depuración —con una manifiesta falta de inversión posterior en mantenimiento, que garantice su necesario buen estado y actualización— como a la creación de nuevas condiciones ambientales, derivadas de la presencia de agua en grandes extensiones territoriales.

Los cambios que se producen en los embalses de regulación, como consecuencia de las variaciones de volumen de agua —drásticas, en el caso de Entrepeñas y Buendía— no son coyunturales, sino que alteran la dinámica de los propios ríos de los que forman parte. Influyen en la velocidad del agua, la cantidad y naturaleza de los sedimentos, los niveles de oxígeno y la concentración de contaminantes, como se puede imaginar fácilmente. El control del volumen y la estabilidad de la lámina de agua y sus condiciones asociadas puede y debe ser monitorizada en tiempo real, al igual que la calidad del agua, limitándose el margen de variaciones, de forma que se garantice una buena gestión del agua y se preserve la biodiversidad que genera. Sin olvidar el mantenimiento de la propia infraestructura. De este modo, la intervención humana controlada permite asemejar los embalses a lagos, manteniendo todo su potencial de riqueza ambiental y social. Son nuevos lagos sustentables.

Los territorios asociados a estos “nuevos lagos” podrán contar así con las posibilidades de desarrollo territorial vinculadas al agua, que ya tuvieron en el momento de la creación de los iniciales embalses. Hay que recordar que el llenado de éstos sumergió terrenos agrícolas y desplazó núcleos de población, en aras de crear infraestructuras que beneficiaban a la Sociedad en general. A cambio, se les ofreció la expectativa de un desarrollo socioeconómico derivado del ocio y recreo —en torno al llamado “Mar de Castilla”— actualmente diezmado por las fluctuaciones de agua embalsada.

Si se recuperan esas condiciones, será imprescindible disponer de un plan estratégico que equilibre el necesario desarrollo de los territorios ribereños y el territorio próximo en general, con la sustentabilidad de los lagos. La interdependencia entre desarrollo y recursos obliga a planificar y gestionar ambos de forma paralela, para que ese desarrollo no suponga la sobreexplotación o degradación de las masas de agua.

Es obvio que esa recuperación conlleva paralelamente la autogestión hídrica del sureste español, poniendo en marcha una nueva estrategia realista de obtención del recurso agua. La desalación de agua de mar, a la que solo se recurre cuando fallan otras alternativas como la del propio trasvase, será eficiente si se utiliza de forma continuada, actualizando las instalaciones obsoletas y empleando las técnicas más avanzadas que tienden al consumo de energía casi nulo.

Los nuevos modelos de desarrollo territorial deben poner en práctica la eficiencia en todas las actividades y sectores productivos, fomentando una agricultura orientada a reducir consumos de agua, con la obtención de la energía eléctrica necesaria para el riego mediante energías renovables; el aumento de la depuración de aguas residuales; la buena gestión de la demanda en lugar de incrementar la oferta; etc. Otros sectores, no consuntivos, como en este caso, el deportivo, y el de ocio y recreo, crean por sí mismos la necesidad de una lámina de agua estable y, por tanto, contribuyen a la sustentabilidad de los lagos. Sin olvidar el turismo de aguas medicinales —existe una veta en el municipio de Mantiel— y las múltiples posibilidades que ofrece el entorno para el turismo rural o el desarrollo de actividades culturales o educativas, como congresos o cursos de verano.

Existe una justa reclamación de desarrollo en este territorio, por parte de asociaciones de municipios ribereños y grupos de defensa del patrimonio natural dispuestos a contribuir con su esfuerzo, como han hecho durante décadas. La respuesta de las Administraciones y la colaboración público privada con planes de inversión combinados, nacionales y de la Unión Europea, es imprescindible para que la propuesta de lagos sustentables sea una realidad.

La conexión y cercanía a Madrid es un factor clave, generándose interesantes sinergias en cuanto a demandas y suministros de bienes y servicios, atracción de inversiones y flujos de personas, con generación de empleo directo e indirecto en ambos territorios.

Las diferentes actividades se deben establecer dentro del plan de desarrollo, de forma equilibrada, con interacción entre ellas, a ambos lados de los embalses, con conexiones eficientes, a pesar de la baja densidad.

La existencia de estos lagos, junto a otras muchas acciones —como la mejora de la calidad del agua del Manzanares y el Jarama— tendrá, además, repercusiones aguas abajo en el río Tajo, garantizando caudales ecológicos mayores y constantes en su tramo medio, ahora afectado también por el trasvase, en Aranjuez, Toledo y Talavera de la Reina.

Las iniciativas de regeneración de ríos, fundamentalmente en sus tramos más esquilmados son ya una preocupación fundamental de gobiernos y Sociedad. Importantes iniciativas, tanto privadas como de la Administración, se están llevando a cabo, por ejemplo, en ríos de Norteamérica, como el río Colorado o el río Los Ángeles que han soportado una fuerte presión de la demanda de agua y unas condiciones climáticas adversas, llevándolos a situaciones de degradación insostenibles. En España estas iniciativas no suelen tener un gran alcance por la falta de fondos económicos y excesiva politización de los temas hídricos, y es necesario fomentarlas. Una nueva gestión hídrica en el siglo XXI no debe esperar más.

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