Aguas residuales y Roma

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Beatriz Pradillo
Beatriz Pradillo es licenciada en Química y Máster en Gestión Integrada de la Calidad, MA y PRL.
  • Aguas residuales y Roma

Los seres humanos han almacenado y distribuido agua durante siglos. En la antigüedad, cuando se realizaban asentamientos de manera continuada, estos siempre se producían cerca de lagos y ríos. Y cuando no existían lagos y ríos, se aprovechaban los recursos de agua subterráneos que se extraían mediante la construcción de pozos. Hasta que la población humana comienza a crecer de manera extensiva, y no existiendo suficientes recursos disponibles de agua, es necesario buscar otras fuentes diferentes de agua.

Es por ello que la humanidad ha almacenado y distribuido agua prácticamente desde sus orígenes. Desde las primeras técnicas de almacenaje, limpieza y distribución hasta las infraestructuras y tecnologías actuales para el tratamiento, reciclado y depuración de aguas, ha transcurrido una larga historia, pero en este post me quiero centrar en una de las culturas más interesantes que ha existido a lo largo de la historia, el imperio romano: cuando se estudia o se lee sobre el abastecimiento de agua en el periodo romano, se tiende a obviar el concepto que tenían del abastecimiento de agua y suponemos que era similar al que actualmente tenemos: en realidad, su intención era llevar el río a la ciudad, preservándolo en canales, para que no dejara de tener las mismas características que en su captación, siempre en funcionamiento continuo; el agua entraba continuamente en la conducción central y salía continuamente de los múltiples ramales: cuando se cerraba un grifo, el agua no se paraba sino continuaba por otro ramal hasta desaguar. Los romanos construyeron numerosos acueductos para tener agua en las ciudades y en los lugares industriales, estando éstos entre los mayores logros de ingeniería del mundo antiguo. Todavía hay ciudades que mantienen y usan los antiguos acueductos hoy en día, aunque los canales abiertos han sido normalmente reemplazados por tuberías.

Mucho se ha hablado del sistema de abastecimiento que desarrolló la sociedad romana para tener agua corriente en las casas y calles con una calidad de suministro no alcanzaría hasta bien avanzado el siglo XIX y, en algunos casos, se tuvo que esperar hasta la primera mitad del siglo XX, pero si importante era traer el agua a las ciudades y redistribuirla, más lo era la evacuación del agua contaminada: la costumbre de evacuar el agua de las ciudades la tomaron los romanos de los etruscos. Además, las canalizaciones de evacuación en su origen fueron una forma de desecar zonas pantanosas para incrementar los suelos fértiles y habitables en los pantanos que rodeaban las colinas de Roma, al tiempo que se reducían enfermedades como el paludismo y las fiebres.

Unos de los métodos más sencillos era el de evacuar el agua por las calles. De ahí que existieran las aceras para garantizar que los laterales de las vías estuvieran secas (así como losas elevadas en la calzada para cruzarla). El agua residual caía, incluida las letrinas, mediante pendiente, hacia las  afueras de la ciudad. Eso sí, un pestilente olor existía en las ciudades que usaban este sistema.

En un principio utilizaron canales al aire libre y pozos, pero después utilizaron cuniculi, es decir, galerías como las de los conejos. Imitándolas solían excavar galerías a distintos niveles de las que extraían los escombros y que servían como registros de limpieza y ventilación, creando auténticos laberintos, normalmente partían de una colina y con ligera inclinación llegaban hasta un valle o hasta un río. El primitivo sistema de canalización no era muy eficaz, ya que en seguida se llenaba de residuos, incluso en épocas posteriores tenía problemas para evacuar toda el agua utilizada en la ciudad; además, pocas alcantarillas comunicaban con el sistema central de evacuación, por lo que desaguaban en pozos negros de los que emanaban gases como el metano o el sulfuro de hidrógeno que producían mal olor y explosiones; por último, cuando el río Tíber sufría una crecida, las alcantarillas no eran capaces de desaguar las aguas residuales, sino todo lo contrario, el agua del río podía llegar a rebosar por el alcantarillado.

La primera gran cloaca romana, atribuida a Tarquinio el Antiguo (Lucio Tarquinio Prisco), parece que sirvió más para avenar las tierras que para sanear la ciudad, pues, siendo primeramente un canal a cielo abierto que, en el siglo II a. C. aún seguía sin ser cubierto, atravesaba varios barrios de la ciudad. En el 520 a. C. Tarquinio el Soberbio renovó este canal, haciéndolo subterráneo y recubriéndolo con bóvedas; la obra fue bastante importante, ya que recogía el agua de las crecidas del río y de los torrentes de lluvia, al tiempo que evacuaba las inmundicias de esa parte de la ciudad. Un hecho a tener en cuenta es que para evacuar el agua es necesaria una corriente de agua continua que empuje a estas aguas residuales, de manera que hasta que no se construyeron acueductos en Roma, la evacuación dependía el agua de lluvia y de las fuentes, por lo que en ocasiones el sistema se veía interrumpido.

De esta obra de Tarquinio el Soberbio surgió la Cloaca Máxima, que fue una reestructuración de un laberinto de desagües y galerías adaptada a una creciente ciudad. La construcción de la Cloaca Máxima fue tan grandiosa que quedó en la tradición como algo inmenso y legendario. Cuando los galos arrasaron la ciudad en el 390 a. C. la cloaca subsistió sin problemas, pero al reconstruir la ciudad cambiaron el trazado de casas y calles, de manera que las cloacas que quedaban debajo de las calles pasaron a estar debajo de las casas. Durante dos siglos posteriores a la construcción de la cloaca parece ser que sólo hubo trabajos de mantenimiento y limpieza; sin embargo, con la construcción de acueductos, que incrementaron el caudal de agua que llegaba a la ciudad, aunque al principio favorecieron la evacuación de las aguas residuales fue necesaria una remodelación total del alcantarillado romano, pues no daba abasto para la evacuación de toda el agua. Así, desde el imperio de Augusto, Roma contó con tres redes de alcantarillas: la Cloaca Máxima para el Foro y sus alrededores, una red al norte de ésta que cubría el Aventino y el Palatino, y una tercera que al sur del puente Rotto saneaba el Campo de Marte. Las tres tenían un colector central del que salían galerías cada vez más pequeñas, cloaculae.

A pesar de ello, en el sistema de alcantarillado en Roma y las demás ciudades del imperio también existían problemas: las alcantarillas se hundían por el peso de las edificaciones, vehículos, calzadas, etc., y sufrían el deslizamiento de los suelos por su naturaleza permeable o por terremotos; en ocasiones a algunos barrios no llegaba el alcantarillado. Por todo ello, muchos romanos se veían obligados a recoger sus inmundicias y almacenarlas; con frecuencia las tiraban por la ventana a la calle, sobre todo de noche, y otras veces, las menos, empresas privadas ofrecían depósitos donde se recogían estas inmundicias para venderlas y utilizarlas como abono.

No obstante, hacia el siglo I a. C. era inconcebible que una ciudad no tuviera una red de cloacas que la saneara. Las cloacas fueron exportadas por los romanos a todas las ciudades de su imperio con un tamaño medio o grande. En el sistema de alcantarillado el diseño de las calles de la ciudad romana comprendía el sistema de alcantarillado y las cloacas. Como ya hemos explicado la función de estas conducciones subterráneas era la de evacuar las aguas residuales y pluviales, así, se conducían las aguas residuales al exterior de la ciudad, ya fuera al campo o a un río o al mar. A este sistema de alcantarillado también se hallaban conectadas las cañerías de cerámica de los edificios públicos y de las casas de los patricios, que contaban con agua corriente y cuarto de baño. Las latrinae, retretes, eran lugares públicos y estaban asentadas sobre una cloaca, lo que permitía una rápida evacuación y buenas condiciones higiénicas que evitaban los malos olores, además, llegaron a convertirse en un lugar social y de encuentro.

Roma dominó el recurso del agua como nunca antes lo había hecho otra cultura: desde sencillos procedimientos para almacenar y extraer agua, hasta magnas construcciones, muchas ciudades eran abastecidas calle por calles por una amplia red de distribución y finalmente, de evacuación. El agua tenía además numerosas connotaciones religiosas y filosóficas. Muchos fueron los que afirmaron que el agua, entre otras, siempre era una sustancia básica.

Normalmente cuando de habla de cualquier cultura en materia relativa al agua, el acento suele ponerse en los sistemas relativo al abastecimiento de la población, la experiencia nos muestra (y este post es un pequeño ejemplo) que si abastecer de agua a una población es importante, también lo es saber qué hacer con las aguas residuales generadas. Antiguas civilizaciones, entre ellas la cultura romana, nos han dejado toda clase de construcciones y maravillas de la ingeniería para que no lo olvidemos.

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