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Estrés del agua

Sobre el blog

Beatriz Pradillo
Beatriz Pradillo es licenciada en Química y Máster en Gestión Integrada de la Calidad, MA y PRL.

Todos sabemos lo que es el estrés, lo hemos sufrido o lo sufrimos ya sea a nivel laboral o en nuestra vida en general. ¿Se puede en el caso de agua hablar del término estrés? Por supuesto, estrés hídrico sucede cuando la demanda de agua es más grande que la cantidad disponible durante un período determinado de tiempo o cuando su uso se ve restringido por su baja calidad, definición dada por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). El resultado es un deterioro de los recursos de agua dulce en términos de cantidad (acuíferos sobreexplotados, ríos secos, lagos contaminados) y de calidad (eutrofización, contaminación de la materia orgánica, intrusión salina). Interpretar correctamente este término es importante ya que el estrés se refiere a sequía y a desertificación, a la falta de agua, y al mismo tiempo, se refiere al exceso de agua, como inundaciones y crecidas de ríos.

La gestión de la demanda de agua, así como el ahorro y la eficiencia y las buenas prácticas, debe primar sobre incrementos de la oferta, como medida para abordar el problema del estrés hídrico

Por lo tanto, se pueden definir como zonas de estrés hídrico aquellas regiones donde la disponibilidad de agua no satisface la exigencia de todos los usuarios a nivel industrial, agrícola y doméstico. Este estrés hídrico es causado por agentes físicos y/o económicos provocando escasez de agua. La escasez de agua por agentes físicos ocurre cuando la demanda del agua en una región excede del suministro debido a la disponibilidad física limitada, y la escasez por agentes económicos sucede cuando el suministro es bajo debido a unas inadecuadas prácticas en la gestión del agua, que puede ser a causa de la falta de financiación de recursos.

Hay que hacer especial hincapié en los términos déficit hídrico y estrés hídrico, ya que se usan, por lo general, indistintamente pero definen diferentes situaciones. Vamos a ver la diferencia con un ejemplo referido a las plantas, donde se ve muy claramente: a medida que la cantidad de agua disponible en un suelo para las plantas se reduce (déficit hídrico), afecta el contenido hídrico de las plantas. Estas reducciones en el contenido de agua en los tejidos vegetales provocan alteraciones en los procesos metabólicos, originando efectos negativos en el crecimiento y desarrollo de las plantas (estrés hídrico).

Lo cierto es que es una situación de estrés hídrico puede afectar a cualquier parte del mundo, las ciudades con estrés hídrico son las que utilizan, al menos, un 40 % del agua disponible. De hecho, en España existe un gran riesgo de sufrir estrés hídrico debido a la alta demanda de agua que hay en nuestro país. Los expertos calculan que dentro de 15 años más del 50 % de los españoles sufrirá las consecuencias de este problema ambiental.

Comparada con el resto de los países de Europa, España es uno de los que más agua consume en los hogares, con una media de 250 litros por persona y día. No somos conscientes de los problemas que pueden traer una escasez de agua y, por ello, hacemos un uso desproporcionado de ella añadido a un despilfarro enorme en el ámbito doméstico. Una de las claves para conseguir una gestión sostenible del agua es reutilizarla y ,en la medida de lo posible, depurarla con el mínimo gasto posible de energía o productos químicos, además de la inclusión del componente social, es decir, que la sociedad participemos en la reducción del consumo desmedido del agua.

Curiosamente, los países que cuentan con un mayor estrés hídrico, en términos generales, son aquellos más industrializados mientras que los que se consideran países en vías de desarrollo no parece que este problema sea tan acusado. El motivo, como ya se ha resaltado, no es otro que el ingente consumo de agua que se realiza, ya sea, por parte de particulares o de empresas. Uno de los problemas más graves que afectan el recurso hídrico global es la sobreexplotación, esto, junto a la rápida expansión de la población y el acelerado proceso de industrialización, urbanización y al consumo de las economías emergentes, hace que el estrés hídrico global sea cada vez más la regla.

Las previsiones sobre el cambio climático apuntan a un empeoramiento del problema. La Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA) asegura que el calentamiento global producirá menos lluvias, más intermitentes, y un aumento de las temperaturas. Así, la demanda crecerá cada vez más, especialmente en el sur donde la necesidad de agua para la agricultura es mayor. Con ella, se desarrollará una competición por este bien entre los distintos sectores (como pueden ser el turismo o la agricultura) y usos.

Pero no todo son malas noticias, se pueden mitigar sus efectos negativos ambientales y socioeconómicos con una adecuada planificación y gestión. La gestión de la demanda de agua, así como el ahorro y la eficiencia y las buenas prácticas, debe primar sobre incrementos de la oferta, como medida para abordar el problema del estrés hídrico.

Antes de aplicar soluciones ante la escasez de agua, se han de agotar todas las oportunidades de gestión y reducción de la demanda. Desde todos los sectores económicos y particulares podemos contribuir haciendo un uso más eficiente del agua. Para evitar el riesgo de que un uso más eficiente derive en una mayor demanda del  recurso, es imprescindible que las medidas de aumento de la eficiencia vayan  acompañadas de medidas que aseguren la sostenibilidad del uso del agua, asegurando que el agua ahorrada queda en los sistemas naturales.

En conclusión, un gasto prudente y la utilización de sistemas eficientes evitarían un empeoramiento del problema. En ese sentido, hay que seguir fomentando una “cultura de agua” que permita entre todos la gestión sostenible de un recurso tan valioso, como es el agua.

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