La laguna de Gallocanta (I). Sus intentos de desecación en el pasado

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  • Rogelio Galván Plaza. Oficina de Planificación Hidrológica de la Confederación Hidrográfica del Ebro.

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Compilación de los artículos técnicos de los expertos de la Confederación Hidrográfica del Ebro publicados en su Boletín mensual.
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Ese extraordinario espacio natural que es la laguna endorreica de Gallocanta en la cuenca del Ebro pudo haber dejado de existir, desecada en el pasado como lo fueron las lagunas de Añavieja o el Cañizar.

Desde el siglo XVIII se conocen peticiones para la desecación de la laguna de Gallocanta con el doble propósito de sanear los terrenos para su uso agrícola y acabar con las fiebres palúdicas que se pensaban causadas por las emanaciones de sus aguas estancadas. Por ejemplo, en 1852 el Ayuntamiento de Gallocanta redacta una Mermoria al respecto que dirigen a la reina Isabel II a quien suplican que tenga “la bondad de acoger benignamente la idea o proyecto de la Canalización y desagüe de la Laguna de Gallocanta en vuestro campo de Bello”, pues con ello “desaparecerá este foco de corrupción” y se “fomentará la agricultura y la industria”.

Más adelante, en 1926, se creó Confederación Sindical Hidrográfica del Ebro, de lo que se han cumplido recientemente 90 años, al objeto de aprovechar el potencial de recursos hídricos de la cuenca del Ebro para posibilitar el despegue económico y social que promovía el regeneracionismo.

Pues bien, entre las muchas actuaciones de tal índole planificadas o ejecutadas por la Confederación figuró también la desecación de la laguna de Gallocanta e incorporación de su cuenca a la del río Jiloca. De tal modo, que ese mismo año de 1926 comenzaron los estudios que culminaron en 1928 con la elaboración del proyecto más riguroso y detallado que se realizara con tal objeto. ¿Por qué no se llevó a cabo? Parece que por dos motivos que se aducen en el proyecto: por un lado, porque en aquella época se estaba produciendo un descenso de niveles en la laguna que les invitaba a pensar que la desecación tendría lugar de forma natural, y por otro, fundamentalmente, porque el desagüe de la laguna al Jiloca hacía necesario construir un túnel de 7.312 metros, que sería “la perforación más larga que se intenta hasta la fecha, incluyendo túneles de ferrocarril”. Es decir, la propia envergadura de las obras necesarias salvó a la laguna.

Esta dificultad era algo que de algún modo ya se había apreciado anteriormente. De hecho, las únicas obras reales que en algún momento se pusieron en marcha para desecar la laguna fueron las inauguradas por el cabecilla carlista Marco de Bello, seguramente en un acto de propaganda política en su propia tierra, a finales de la Tercera Guerra Carlista (1872-1876), sin demasiado conocimiento previo, y enseguida se vieron obligados a desistir en cuanto se percataron de la magnitud de los trabajos.

En definitiva, por fortuna, gracias a las dificultades físicas, la laguna de Gallocanta no corrió la misma suerte que otras en la cuenca del Ebro y ahora constituye un enclave de extraordinario valor ecológico, y la Confederación Hidrográfica del Ebro es hoy garante del cuidado y protección de un dominio público hidráulico tan inestimable.

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