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Fábula de agua y navidad, o de escaseces y abundancias

Sobre el blog

Daniel Núñez Díaz
Estudiante de Doctorado en la Universidad de Oviedo. Biotecnólogo con Máster en Biotecnología Alimentaria.
  • Fábula agua y navidad, o escaseces y abundancias

Esta fábula está compuesta por tres historias independientes, pero cuyo mensaje subyacente no podría entenderse si no es en conjunto. Tres historias de agua y de Navidad; de escaseces y de abundancias; de resignación y de ingratitud; con mucho de ficción y mucho de realidad. Que quede como tarea del lector extraer la moraleja que de ellas destila.

· · ·

Aquel día se le había hecho tarde; sin embargo, hacía mucho tiempo que se le había olvidado lo que era la prisa. Saboreó el último trago de su lata de cerveza con la vista perdida en el anaranjado mar del atardecer, mientras que la brisa salada le acariciaba la piel curtida por incontables años bajo el sol. Pocas zonas de su piel se habían salvado de sufrir ese castigo: apenas sus partes nobles (si acaso quedaba algo de noble en él) y sus mejillas y sienes ocultas por sus barba y cabellos acá blancos, acá morenos. En verano pasaba días enteros sin camiseta, recibiendo con un placer casi sádico las inclementes punzadas fotónicas. Los días fríos de invierno como aquel le arrebataban este lujo.

Con los últimos estertores de la tarde que agonizaba, el hombre se dirigió hacia su bote. En su camino hacia el puerto se cruzó con varios vecinos, que aceptaban su presencia con natural indiferencia. Lejos quedaban ya las habladurías y los escándalos que había despertado al abandonar a su mujer e hijos y abrazarse a la vida del sin techo, empujado por su afición a la bebida y al juego. Lo único que había conservado de su antigua vida era la mar: echando la vista atrás, no recordaba ni un solo día en que no hubiese embarcado. Siempre había sido una persona huraña y solitaria, de trato brusco y pensamientos insondables. Solo el suave vaivén de la mar podía domar a la fiera que habitaba en su interior.

Ya había anochecido cuando al fin embarcó en el bote. Normalmente no le hubiese importado demasiado, pues la negrura y la calma de la mar nocturna aumentaban el poder relajante de sus paseos. Sin embargo, ya hacía días que las luces de navidad opacaban la suave luz argéntea de la luna, y el ruido del motor no conseguía sobreponerse al de los villancicos que sonaban por los altavoces del paseo marítimo. Una mezcla de rabia y melancolía fueron inundando su corazón mientras se apresuraba a alejarse de la costa.

Algo no iba bien. El agua no conseguía lavar la suciedad que impregnaba su interior. ¿Qué día era aquel? Hacía mucho tiempo que aquel hombre no miraba un calendario, pero algo en su interior se removió aquella noche, como un presentimiento de la fecha en que se encontraba. Las olas no conseguían anestesiar su alma dolorida. La mar era su madre, su amante, su hija, su vida. “Pero entonces”, pensó, “¿por qué hoy me siento tan solo?”

· · ·

Cuando sonó la alarma, ya llevaba varias horas despierta. Los espasmos que torturaban su espalda se habían recrudecido aquella noche, impidiéndole dormir. Bridgetti se levantó con esfuerzo y fue a despertar a su hija pequeña para realizar su ritual matutino. Todos los días, su hija le daba un masaje con un paño caliente para intentar aliviar sus dolores. El médico le había prescrito darse duchas de agua caliente para relajar los músculos, pero con la sequía que asolaba Ciudad del Cabo, aquello se había vuelto simplemente imposible. Hacía ya poco más de ocho meses desde el “día cero”, el fatídico día en el que el Gobierno cortó el suministro no esencial de agua. Desde aquel día, el consumo de agua de los cuatro millones de habitantes de la ciudad se había visto limitado a 25 litros por persona. Una ducha de dos minutos, lujo que antes se permitía una vez cada cuatro días, equivale a 20 litros de agua. Aquella mañana, sin embargo, Bridgetti y su hija desempolvaron el agua que habían acumulado para la ocasión y se acicalaron a conciencia. Al fin y al cabo, era Navidad. ¡Ya no recordaba cómo se sentía tener el pelo limpio!

Su hermano Nomaindia las esperaba apoyado fuera del coche, del cual apenas se distinguía ya el color debajo de tantas capas de polvo. Nomaindia amaba su coche, e incluso en los momentos críticos antes del “día cero” desoía las recomendaciones y lo lavaba al menos una vez a la semana. Tuvo que llegar el cierre de los grifos para que aprendiera la lección.

– Si no hubierais tardado tanto, no habríamos cogido este atasco – le espetó Nomaindia, molesto. Desde el “día cero” se había visto forzado a hacer de chófer para llevar a su mujer y a Bridgetti y su hija al punto de recogida de agua más cercano, situación que no le agradaba mucho. El esfuerzo diario de trasladar a cuatro personas más los cien litros de agua que les correspondían suponían un esfuerzo mayúsculo a su amado y maltratado coche, pero no había otra opción: Bridgetti sabía conducir, pero los dolores le impedían coger el coche desde hacía ya un tiempo.

Ya de vuelta en casa, y tras una frugal comida, Bridgetti fue a buscar al armario los conjuntos de Navidad. Previendo la situación que ahora vivían, había dejado lavada la ropa de toda la familia para la ocasión. Una lavadora en modo económico consume entre 60 y 70 litros de agua, por lo que tener ropa limpia se había convertido en un verdadero lujo. Al sacar su vestido de la funda de plástico en que lo había guardado, una oleada de aroma a lavanda inundó la habitación, trayendo a su memoria recuerdos de abundancia y felicidad. ¿Cómo habían llegado a esa situación? La falta de planificación gubernamental había jugado un papel crítico, sí, pero si la población hubiese cumplido con los protocolos de racionamiento, seguramente no se hubieran visto forzados a vivir el infierno en el que se encontraban. Cuando las lluvias volviesen y la sequía se diluyese en el recuerdo, ¿seguirían viendo como un lujo aquellos comportamientos tan cotidianos que les habían llevado a la perdición? ¿Habrían aprendido la lección, o sería verdad aquel dicho que reza que la historia está condenada a repetirse? A pesar de lo concienciada que ahora estaba sobre el ahorro de agua, no pudo evitar que se le escapase una lágrima.

Aquel día se encontraba especialmente mal de la espalda, así que había llamado a su madre para informarle de que no podría ayudarla a cocinar, y de que iría directamente a la cena de Navidad. Como sus casas estaban cerca y no iba a necesitar ayuda para llegar, el resto de su familia había ido antes que ella. Tardó poco en arrepentirse de no haberle pedido a su hija o a su marido que la acompañasen, pues el dolor de la espalda había ido empeorando a lo largo del día y apenas se podía sostener en pie.

Con no poco esfuerzo, consiguió llegar a casa de su madre. Se había retrasado, así que la familia al completo estaba esperándola a la mesa. ¿Qué importaba que la comida fuese austera? Allí se encontraban todas las personas a las que quería, dispuestas a celebrar su compañía y a olvidar por el momento todos los sufrimientos a los que se veían obligados a vivir cada día. En aquel momento, rodeada de la alegría de su familia, parecía que los espasmos le dolían un poco menos.

· · ·

Llueve… detrás de los cristales llueve y llueve…

Vuelve a sonar Balada de otoño. ¿Ya se ha terminado la playlist? Vaya, no sé cuánto llevo ya en la ducha. La cortina de agua sigue cayendo suave contra mi espalda, insensibilizando la zona donde me golpea con su agradable calor. Voy a seguir un rato más así, es tan agradable… Hoy necesito esto, he de mentalizarme para la dura noche que me espera. Me espera una cena realmente opípara en casa de mi abuela, y la verdad es que la cena de ayer con los colegas de laboratorio me ha dejado el estómago destrozado. La compañía no es mucho mejor: hoy es el único día del año en que se reúne toda la familia, y realmente llega a ser agotador tener que repetir una y otra vez el resumen de cómo ha sido mi año. Además, con cómo están las cosas, seguro que sale el tema política y tenemos el lío… Menuda pereza.

El suplicio comienza a la hora de vestirme. Mi abuela tiene la ridícula costumbre de comprarnos jerséis navideños cada año, y realmente le sienta mal si no los llevamos puestos en Navidad. Cada año me cuesta más hacer el esfuerzo de ir y no inventarme alguna excusa barata, pero supongo que me puede el ser un buen nieto.

Al salir a la calle, el panorama no mejora. Este año ha habido un cambio de alcalde, y estas navidades ha derrochado como nunca en decoración. Las calles están a rebosar, y villancicos trillados inundan el aire y martillean mi cerebro resacoso. Para intentar aislarme un poco del mundo, me pongo mis cascos y busco algo de música relajante en el móvil. Ah, Silvio Rodríguez, perfecto.

Llueve otra vez, detrás de mis frontales…

Como si el cielo y el Spotify confabulasen contra mí, empiezo a sentir gotas caer sobre mi cabeza. Genial, y yo sin paraguas. Si al menos durante estas fechas hiciese buen tiempo… Dios, ¡qué bien estaría yo en Sudáfrica, por ejemplo! Cómo odio la Navidad.