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Agua bendita

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Sobre el blog

Eduardo Echeverria
Consultor especializado en ingeniería hidraúlica. Secretario Técnico del Comité Español de Grandes Presas (SPANCOLD) y Vicesecretario de la Asociación de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos.

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Llueve. Por fin vuelve a llover, después de meses sin hacerlo. Cuatro años llevamos, cuatro, con precipitaciones inferiores a la media de la serie histórica. Cuatro años en los que, sin la red de sistemas de embalses existente ciertamente lo hubiéramos pasado muy mal.

Estas lluvias llegan en forma de ciclogénesis, es decir, a lo bruto. Al igual que la sequía forman parte de la naturaleza climática de España. En este país o no llueve nada o llueve todo de golpe. No hay término medio salvo en algunas zonas afortunadas que reciben la lluvia de forma regular todo el año. Muy pocas y cada vez menos, ya que los escenarios de cambio climático predicen una mayor frecuencia de los fenómenos extremos.

Además en este país no solo llueve a destiempo, también llueve a “deslugar”. Con una precipitación media estimada de unos 648 mm anuales, existen lugares que sobrepasan ampliamente los 1000 mm y lugares que apenas llegan a 200. Es decir, llueve mal y se reparte peor.

Este hecho es conocido desde tiempos inmemoriales. Ya los romanos construyeron grandes presas en España, algunas de ellas aún en funcionamiento. Los árabes desarrollaron la ingeniería hidráulica de canales y con Joaquín Costa, el ilustre altoaragonés que algunos indocumentados se empeñan en enterrar, se inició la política hidráulica a gran escala a finales del siglo XIX. No en vano decía Juan Benet “Bien se puede afirmar, sin exageración, que la Política Hidráulica, con tal nombre y tal apellido, es la más antigua e histórica de las actividades técnicas desarrolladas por el Estado y las diversas Administraciones”. Fruto de la necesidad de energía para una España que luchaba por salir del hambre y la autarquía, en la segunda mitad del siglo pasado se construyeron más de 1000 grandes presas. Y así acabamos el segundo milenio, con un país puesto al día en ingeniería hidráulica y lista para acometer el gran proyecto que el levante español reclamaba: el trasvase del Ebro.

Y así, de repente, al igual que las lluvias y las sequías, llegó la política en torbellino. Un cambio de gobierno decidió que los embalses eran malos, malísimos, porque lo decía Europa. En este punto hay que comentar que los embalses en España no son un capricho de los romanos que hemos continuado porque nos hacía gracia. Son necesarios porque, como ya cité anteriormente, En España llueve cuando no toca y mal repartido. Pero claro, los embalses tienen impactos, y desde el Norte de Europa, donde todos los días llueve un poquito y las presas no son necesarias, se veían mal esas obras que “cortaban la continuidad natural de los cauces”. Esto se usó con malas artes para meter cizaña en la opinión pública y, teniendo el dinero de Europa y los proyectos hechos, se derogó el trasvase del Ebro. Y nos convertimos, verbigracia, en los reyes de las desaladoras. Se planificaron desaladoras de todo tipo y en todo lugar, sin tener en cuenta dos hechos fundamentales: 1) Que las desaladoras necesitaban usuarios. 2) Que el gasto de energía es mucho mayor que en otras alternativas. Se aplicaron más por motivos ideológicos que técnicos. Se ponía de ejemplo a Israel, país que no ha tenido más remedio que recurrir a la desalación por causas geopolíticas, en vez de hablar de California, Estado de EEUU muy parecido en clima y población a España, que rechazó la desalación por costosa y por su impacto ambiental y apostó por la reutilización y las grandes presas. 

Y de estos polvos, estos lodos. Lo más llamativo de todo esto ha sido que, en los últimos meses que ha arreciado el problema de la sequía, los “populistas del agua” han arremetido con más fuerza contra las grandes presas, indicando que no son la solución. No debe serlo para ellos, pero el hecho es que ahora mismo en España el 80% del agua que bebemos viene de los embalses.

¿Significa eso que las desaladoras no sirven? Obviamente no. Claro que sirven, claro que son necesarias y, en casos puntuales, imprescindibles. Pero apoyar la solución de la escasez de agua en España de forma mayoritaria en las desaladoras es un error. Curiosamente es un error doble porque las desaladoras necesitan energía eléctrica que precisamente es más cara en épocas de sequía al haber menos disponibilidad de energía hidroeléctrica, que es la más barata de todas.

Necesitamos una apuesta a largo plazo por el agua en España. Necesitamos olvidar regionalismos insolidarios y facilitar que las autopistas del agua sean una realizada. Necesitamos olvidar posiciones ideológicas y volver a escuchar a los técnicos. Necesitamos que nuestras grandes presas, que ahora mismo sufren los rigores de la crisis económica reciente, dispongan de un mantenimiento adecuado. Necesitamos una política del agua con mayúsculas que integre todas las medidas estructurales y no estructurales, que actúe sobre la demanda fomentando el ahorro, pero que también actúe sobre la oferta para hacernos más resilientes frente a los vaivenes que nos deparen los escenarios climáticos futuros. En definitiva, necesitamos una política de Estado que piense en las próximas generaciones y no una política partidista que piense en las próximas elecciones.

(Artículo publicado en Mediterráneo Press el 11/12/2017)

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