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El agua de los almendros

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Sobre el blog

Eduardo Garcia Dominguez
Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, esp. Hidráulica y Energética. Máster en Tecnología y Gestión del Agua. Tomar agua nos da vida, pero tomar conciencia nos dará agua.
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  • agua almendros

Qurṭuba; Yawm as-sabt, 17 Dhu l-Hijja, 324

[Córdoba; sábado 10 de noviembre de 936 d.C]

¡Alabado sea el nombre de nuestro Profeta! Hoy, al concluir el rezo de la mañana, he sido honrado por nuestro señor Abd al-Rahman III, califa omeya de Córdoba, al-Nāṣir li-dīn Allah , aquel que hace triunfar la religión de Alá.

La razón de convocarme a mí a Palacio, a su humilde siervo, es que quiere hacerle un regalo a su esposa más querida, a su favorita, Al-Zahra. En el profundo amor que le profesa, el califa quiere satisfacer a su mujer al tiempo que demuestra al mundo el poder de nuestro señor Abd al-Rahman III.

La Flor, Al-Zahra, es la más bella de las mujeres de Córdoba. Una mujer de elegante presencia, cutis de seda como las túnicas que viste, ojos negros misteriosos, grandes como las joyas de sus babuchas, labios gruesos y lascivos, y una sonrisa embriagadora como el perfume de azahar. Pero, Alá me guarde, también está inundada de tristeza. Al-Zahra quiere un palacio para retirarse, alejado de la bulliciosa Córdoba, donde llorar la nostalgia que la inunda al sentirse alejada de su amada Granada y su Sierra Nevada.

Así que nuestro califa, con cuya luz amanecemos, faro de nuestra civilización, no le ha prometido un palacio. Le ha prometido más. Mucho más. Le ha prometido que creará para ella, y sólo para ella, una ciudad de la nada, la más bella y cautivadora.

Le ha prometido construirle Madinat Al-Zahra.

Y me ha ordenado a mí, Maslama ben Abdallah, su maestro mayor de obras, que la diseñe y construya. Ojalá nuestro Profeta tenga a bien en darme su ayuda.

*

Madīnat al-Zahrā; Yawm Ath-thalatha’, 13 Rajab, 329

[Medina Azahara; martes, 18 de abril de 941 d.C]

¡Alabado sea Alá, el Eterno!

Lo que iba a ser un regalo ornamental para la favorita de nuestro señor, Abd al-Rahman III, humilde hijo de nuestro Profeta, se está convirtiendo en la futura sede del gobierno del Califato, y también en la futura residencia del Califa. Al-Zahra, sin embargo, tendrá su regalo, y en nuestro proyecto planeamos el mayor lujo y esplendor artístico que se merece. El Califa quiere demostrar, en su divinidad, que tiene a la mujer más bella y el califato más grandioso.

Pero, ¡ay de mí!, el bien más preciado de la naturaleza me es esquivo. ¿Cómo va a bendecir Alá la ciudad de Medina Azahara, si no le llega el agua? Nuestro libro sagrado así lo dice: “Él es quien ha creado los cielos y la tierra en seis días, teniendo su Trono en el agua”. ¿Cómo vamos a conseguir evocar el Paraíso, para deleite de Al-Zahra? ¿Cómo purificaremos nuestro alma en los baños como nos indica el Corán?

Cuando comenzamos a levantar Medina Azahara, pensamos en aprovecharnos del Aqua Augusta, el acueducto romano cercano que captaba agua del Arroyo Bejarano. Siempre he sentido un profundo respeto por los conocimientos hidráulicos de los romanos, pero ni el hormigón de Roma (opus caementicium) ni su impermeabilización interior (opus signinum) han aguantado el paso del tiempo, y el acueducto está prácticamente inutilizable.

He fallado a nuestro califa, el que acabó con las tinieblas, y temo que su magnanimidad no sea suficiente para tener piedad de su ridículo siervo. ¡Perdona la ignorancia de este pobre hombre, Mahoma!

*

Madīnat al-Zahrā; Yawm Al-‘arb`a’, 21 Rajab, 329

[Medina Azahara; miércoles, 26 de abril de 941 d.C]

Abd al-Rahman III, siervo de Dios misericordioso, caballero noble, me ha perdonado. Nuestro señor, campeón de Alá, no quiere reparar en gastos en la construcción de Medina Azahara, la ciudad resplandeciente, su futura residencia, y me ha ordenado sacar el agua de donde sea necesario para que florezcan los jardines de palacio.

¡Y por Alá, que yo, Maslama ben Abdallah, maestro mayor de obras, no le decepcionaré, y le revestiré los salones de oro y plata!

Pero primero reformaremos el acueducto de los impertinentes romanos y añadiremos nuevas fuentes de agua, para que crezcan todas las flores de Oriente y el valle entero huela a jazmín, tal y como ha pedido Al-Zahra. Hemos proyectado también una nueva canalización, esta vez islámica, para traer el agua de los Veneros de Vallehermoso, y salvaremos con un acueducto el arroyo de Valdepuentes.

Medina Azahara contará con agua corriente las 24 horas del día para que los estanques, los jardines y los baños tengan agua en abundancia. Los más bellos surtidores la harán correr por los canales. Bien sabe nuestro Profeta que los 1.700 metros de canales lo harán posible. Y bien sabe Alá que no ensuciaremos la ciudad resplandeciente con agua de letrina, cuya recogida será independiente. Aprovecharemos el agua de lluvia de los aljibes para deshacernos de este agua impura, mientras que el agua prístina de la sierra llenará las albercas e iluminará los patios.

Científicos, músicos, astrónomos, matemáticos y filósofos de todos los rincones del mundo vendrán a adular a nuestro califa, se deleitarán de las maravillas de Córdoba y pretenderán disfrutar de los lujos de Medina!

*

Madīnat al-Zahrā; Yawm Al-‘ithnayn, 14 Rabi `al-Awwal, 341

[Medina Azahara; lunes, 14 de agosto de 952 d.C]

¡Alá es el más grande y poderoso!

Las obras, por fin, avanzan a buen ritmo, aunque no sin dificultades. Bien hicimos en mejorar la captación de agua y sobredimensionar el acueducto y la red de canales, pues ya se han trasladado a Medina Azahara 15.000 personas, y se esperan en los próximos años otras 10.000 almas más, todos súbditos de nuestro califa.

Para mí y mis trabajadores, no es, sin embargo, más que un continuo dolor de cabeza. Dotar a los baños del agua necesaria, así como a las letrinas, deja poco margen para la irrigación de los jardines. Se secan bajo el calor tórrido de Al-Ándalus, y los estanques enverdecen si no circulamos suficiente agua. Bendiga el Profeta a quien consiga mantener transparente el agua y salvaguardar el preciado líquido.

Los mayores problemas los tenemos con el Jardín Alto, enfrente del Salón Rico, que nuestro señor Abd al-Rahman III utiliza para las ceremonias. Las cuatro albercas y la profusión de vegetación hacen que palidezcan los Jardines Colgantes de Babilonia, así como mi propio rostro, cuando las nubes espacian demasiado el regalo de su preciado contenido, ya que no todos los aljibes proyectados están aún completos y no acumulamos suficiente agua.

El resto del tiempo, gracias al Profeta, el olor a hierbabuena, salvia, romero, tomillo, lavanda, fruta y mirto inundan la ciudad. Todos los siervos de Alá disfrutan de Medina Azahara y su grandeza. Todos, menos tres.

La princesa Al-Zahra, que sigue sin ser feliz y llora porque echa de menos las nieves que coronan Sierra Nevada.

Mi señor Abd al-Rahman III, que ve cerca el fin de sus días y no ha conseguido hacer feliz al amor de su vida.

Y yo, el humilde Maslama ben Abdallah, maestro mayor de obras, que construir y conducir agua sabe, ¡pero no sabe cómo traer la nieve de Granada!

*

Madīnat al-Zahrā; Yawm Ath-thalatha’, 20 Dhu l-Hijja, 348

[Medina Azahara; martes, 26 de febrero de 960 d.C]

¡Alá bendiga a nuestro califa Abd al-Rahman III, Príncipe de los Creyentes!

Languidece ya la vida de nuestro señor, aunque yo sigo viendo el mismo esplendor en su mirada. Lo veo cuando su hijo, Alhakén, le acompaña a pasear por los jardines de Medina.

En su grandeza, Abd al-Rahman consiguió que nevase en Medina este enero, antes de que nos dejase para siempre la princesa Al-Zahra, que Mahoma la proteja y Alá la guarde en su seno. Y es que cierta mañana, para nuestra extrañeza, harán ya dos años, nuestro señor nos convocó a mí y a Shams Albstany, maestro jardinero. Una vez constatado que había agua suficiente, nos mandó reformar el sistema de irrigación y talar todos los árboles del Jardín Bajo, para plantar en su lugar almendros de Mursiya, en enorme cantidad.

Así, en sus últimos eneros, desde el Salón Occidental, Al-Zahra pudo contemplar la belleza nívea de la floración de los almendros. No hubo ni habrá paisaje más hermoso durante la estación de las flores, ni sonrisa más radiante que la de la princesa, al recordar las nieves de su Granada.

Agradecido por ayudarle a conseguir la felicidad de su amada, mi señor Abd al-Rahman, me permite por fin descansar, y retirarme a cuidar mis higueras en los últimos años que me quedan. Ni mis ojos ven como antes ni mi cabeza es la que era, pero podré acudir a la llamada de Alá satisfecho, por haber visto resplandecer Medina Azahara.

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