El derecho universal al agua

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Enrique Cabrera
Director del Instituto Tecnológico del Agua de la Universidad Politécnica de Valencia

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En 2010 Naciones Unidas (NU) declaró “El acceso seguro al agua potable y al saneamiento derecho humano fundamental para el completo disfrute de la vida y de todos los demás derechos humanos”. A quienes lo tenemos la resolución nos parece una obviedad. Pero la realidad es distinta en países en desarrollo, donde miles de millones de personas carecen de un derecho que no debieran mendigar. Lo advierte NU recordando que el acceso al agua y al saneamiento es derecho, no mercancía. Los cinco mil niños que a diario mueren por carecer de él, exigen hacer lo imposible. 

Si queremos que el derecho al agua llegue al último confín de la tierra hay que actuar desde ya

No extraña, pues, que en las agendas internacionales el agua gane actualidad. NU, rebasado el 2015, año de cierre de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), ha lanzado los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS) mirando hacia el 2030. En ellos el agua gana visibilidad con relación a los ODM. Agua limpia y saneamiento es el sexto objetivo de un total de diecisiete, mientras en los ODM ocupaba un segundo plano. De un total de ocho objetivos, era una de las cuatro metas integradas en el séptimo (garantizar la sostenibilidad del medio ambiente). Por ello, además de más visibilidad, ha doblado su relevancia en términos aritméticos. De una treintaidosava parte de los ODM a un diecisieteavo de unos utópicos ODS, pues no en vano pretenden resolver los mayores males de la humanidad. Basta con recordar los cinco objetivos (pobreza, hambre, salud, educación e igualdad de género) que preceden al que nos ocupa, el sexto.

Como no podía ser de otro modo, NU ha alineado los objetivos de los ODS con sus resoluciones. Y así, alcanzar el sexto ODS es garantizar el derecho universal al agua lo que, conviene recordarlo, exigirá un esfuerzo hercúleo. Lo evidencia un reciente informe del Foro Económico Mundial. En un contexto más amplio al de los ODS, ha identificado las crisis del agua como uno de los grandes retos que en las próximas décadas el mundo afrontará. En competencia con problemas del calibre de la creciente desigualdad económica o la falta de adecuación al cambio climático, ocupa el segundo lugar por probabilidad de ocurrencia y el cuarto por las dimensiones de su impacto. Dada su urgencia y dimensión, convendrá acertar en la estrategia para abordarlo. Nada al respecto dice NU, que sí advierte de erróneas interpretaciones del derecho universal al agua. Como que no supone gratuidad, aunque matiza que su pago no debe superar el 3% de los ingresos.  

Sólo yendo a la raíz del problema, la situación mejorará

Nutridos de datos aportados por los propios países (que después nadie audita), el problema es más serio de lo que indican los informes de NU. Su comparación con la realidad, analizada con estudios sobre el terreno, lo evidencia. Y si a ello se añade la amenaza del cambio climático, convendremos en que estamos ante un problema de dimensión descomunal, compleja resolución y falto de decisiones certeras pues el enfoque tradicional, subsidiar infraestructuras, sólo aplaza el problema. De poco sirve si no se explotan, se mantienen y, cuando corresponda, se renueven. 

Unas soluciones que deben fundamentarse en la eficiencia y la gobernanza. Eficiencia para prestar al menor coste posible, y con calidad acorde a las circunstancias, el servicio, lo que exige personal cualificado y motivado. Y gobernanza para realizar análisis globales que identifiquen las mejores soluciones. La ayuda internacional, y el dinero asociado, es necesaria para, a corto plazo, mejorar. Pero sólo yendo a la raíz del problema, la situación mejorará. Hay que capacitar a quienes, en el día a día, deben tomar las decisiones y hay que crear estructuras de gestión profesionales, con capacidad de decisión, alejadas del poder político y que, con la mirada puesta en el medio – largo plazo, apuesten por el interés general. Fácil de escribir y difícil de hacer. Se dice, y se dice bien, que el dinero va y viene. Pero la formación y la sensibilidad ambiental no se improvisan. Por ello, si queremos que el derecho al agua llegue al último confín de la tierra, hay que actuar, y actuar bien, desde ya.

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