África, donde el agua se vuelve magia

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Sobre el blog

Enrique Castellanos Rodrigo
Escritor de Novela y Relato Corto. Blogger Freelance.

Fue durante un viaje a África. Allí conocí la magia del agua. Dicen que allí la vida se ve de otra manera. Es cierto, completamente cierto. Mi guía era Ashanti. Su pueblo había desaparecido hacía muchas lunas. Él decía que su origen era la Tierra, que no importaba su nacionalidad. Escuchar esas palabras hizo que le tuviera más respeto.

La primera jornada anduvimos durante todo el día y llegamos a una zona llena de capas de sal quemada por el sol que emanaban de una red de lagos que fluían por toda el África occidental. Aquella zona era todavía más agreste que la anterior, que estaba llena de arena y que tuve oportunidad de conocer en un viaje anterior. En ese primer viaje no paré de hacer fotografías. En esta segunda travesía no llevé cámara. Permití que mis ojos contemplasen la abrupta y salvaje belleza de África de forma directa. La experiencia aún permanece en mis retinas y se me antoja que esos recuerdos serán imperecederos.

Ashanti me explicó que seguíamos una pista que nos conduciría exactamente al lugar que buscábamos. Hicimos noche bajo el amparo de una hoguera que mi guía preparó hábilmente. Compartimos parte de los víveres que llevábamos en la mochila. En África el sentido de la posesión no es individual, es grupal. Lo de cada uno pertenece a todos. No hay otra ley aparte de esta cuando se habla del verdadero espíritu humano. El hombre que nace de la Tierra. Eso somos.

Tras la cena, el africano me contó historias de sus ancestros. Sus ojos, iluminados por las llamas, le dotaban de un halo de misterio espiritual que fundía su cuerpo con la noche. Mientras le escuchaba, no pude evitar meditar en los detalles de la travesía de aquel día.

Al día siguiente el camino se tornó más difícil, por lo menos para mí, porque Ashanti parecía que flotaba sobre la tierra roja cada vez que daba un paso. El aspecto de los lagos salados cambiaba continuamente mientras el sol evaporaba el agua y el sol iba arrasando los cauces. Era una zona completamente tóxica. Los colores del entorno cambiaban según la composición de las algas que, a pesar del corrosivo ambiente, habían sido capaces de adaptarse. Incluso llegamos a ver vida en estado pleno cuando llegamos a uno de los lagos donde cientos de Flamencos se atiborraban de comida entre los géiseres del lago Boboría, bañándose en aguas causticas y esperando el brote de las algas para servirse su menú. Era un espectáculo fabuloso. Tanto lo fue, que nos sentamos a la orilla a observar y a escuchar el graznido de miles de gargantas sedientas y hambrientas.

Después del descanso de la noche ocurrió algo mágico. El amanecer permitió ver cúmulos de nubarrones negros. Ashanti me dijo que mi presencia era la razón por la que la lluvia había regresado tras dos años de sequía. La superstición en África está tan arraigada que no pude contradecir ese halago. Me mostró respeto. Asentí con la cabeza y le sonreí. En el fondo quise creerle. Deseé que cosas como aquella justificasen tantos hechos inexplicables como ocurrían en África. Seguimos andando, siempre buscando nuestro objetivo. No le pregunté a Ashanti donde nos dirigíamos. Solo me limité a seguirle, en silencio, pleno de confianza hacia mi guía y su misticismo que me habían envuelto completamente.

Aquel día llovió todo la mañana y continuó durante la tarde. No hizo falta que buscásemos agua en el terreno para beber. Ashanti sabía que la lluvia era la vida para África. La sequía había acabado con cientos de elefantes pero ahora los sobrevivientes podrían llegar a sus hogares para comenzar de nuevo con la crianza. La vida se abriría paso de forma espléndida. De manera vertiginosa los seres vivos que habían sobrevivido se recuperarían para seguir su existencia.

Durante los dos siguientes días la lluvia no paró de caer. Nos refugiamos en unas cavidades. Esperamos pacientemente. Recogimos agua y llenamos nuestras cantimploras. Descansamos. Dormimos. Comimos y nos calentamos con el fuego de una fogata que alimentábamos con raíces secas. Pude conocer muy bien a mi guía. Ashanti era un hombre que había pasado muchas calamidades. Vivir sin las comodidades de la vida moderna y en una región como aquella, era de verdaderos héroes. África estaba llena de personas así.

Me explicó que el desierto cada vez se hacía más grande, extendiendo su lengua de fuego, alargándola año tras año. Yo sabía que no exageraba. Un tercio del continente africano era ya un desierto sin límites. Los ríos eran engullidos por el desierto en cuanto se alejaban unos cientos de kilómetros de las montañas. Las tribus africanas habían tenido que huir de su devastador efecto. Me contó como tribus enteras habían sido sepultadas por tormentas de arena o como habían desaparecido caravanas en un abrir y cerrar de ojos. Me estremecí con esos informes. Una tormenta de arena podía atravesar más de 1.000 kilómetros y era un milagro que las criaturas pudieran sobrevivir, si no en el interior del desierto sí en sus límites. Podían pasar años sin lluvias. Pero los animales se habían preparado. Había cebras que podían aguantar hasta 3 días sin beber. Eso sí era un milagro.

Cuando el viaje terminó, abracé a Ashanti. Me había mostrado como el agua se vuelve magia. Ese era nuestro destino. No lo llegué a entender hasta que regresamos al poblado de donde partimos.

Entonces miré al cielo y me pregunté, “¿en cuánto lugares más de la Tierra el agua se vuelve también magia?” Y sabía que la respuesta la tendría quién leyese estas palabras.

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