Los Crímenes del Agua: Los Manglares de Ébano (Parte 1)

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Sobre el blog

Enrique Castellanos Rodrigo
Escritor de Novela y Relato Corto. Freelance Blogger. Hablar en Público (Ponente)
  • Crímenes Agua: Manglares Ébano (Parte 1)

Feliz día,

Como si de un libro se tratase, comencemos con el Prólogo:

Cuando imaginamos un manglar, seguramente pensemos en una zona arbórea anegada por el agua, con una lámina de agua que nos llegaría a la altura de la cintura y un sin número de caimanes nadando a nuestro alrededor. Esta percepción no dista mucho de la realidad, aunque esté aderezada por la imaginación.

Los Manglares están presentes en prácticamente todos los continentes (dejamos fuera de la lista a la Antártida y a cualquier zona fría de la tierra) donde se reúnen las condiciones ambientales de temperatura, fauna, flora y, como componente principal, el agua (siempre el elemento más representativo que hace posible este Hábitat).

Por lo tanto y dada su importancia y peculiaridad, ¿qué es un Manglar? Usando la denominación oficial, estamos hablando de un área cercana a la desembocadura al mar de cursos de agua dulce en latitudes tropicales (aquí podemos incluir los estuarios) y donde se concentra una vasta diversidad biológica de fauna y flora. La riqueza estriba en la unión del encuentro de agua dulce con agua salada dado que, como decíamos, los Manglares están muy próximos a los océanos.

¿De dónde procede su nombre? De un tipo de árbol con forma retorcida donde sus ramas y raíces campan a sus anchas cubriendo la superficie y anclándose en el suelo nutritivo que lo sujeta. Todo esto convierte al Manglar en el lugar ideal para servir de refugio y escondite de numerosas especies. Para los lugareños, el Manglar es una barrera natural que protege a la costa de los efectos poderosos de los océanos. También es una protección natural contra la erosión.

Si los océanos producen oxígeno y las grandes selvas almacenan carbono, ¿en cuál de estos dos grupos situamos a los Manglares? En el segundo: también son almacenes de carbono  

Hay que reseñar que el Mangle (el árbol principal que da nombre a estas áreas), es muy especial. Es capaz de subsistir con bajas concentraciones de oxígeno, en zonas estancas de agua donde la corriente es muy baja o casi inexistente y, por tanto, la renovación acuífera no permite una calidad de agua alta y, como colofón a sus propiedades especiales, tiene tolerancia a ciertas concentraciones de salinidad en el agua.

No obstante, hay un factor sobresaliente en los beneficios que suponen los Manglares para nuestro Planeta: son fundamentales para luchar contra el cambio climático.

Si los océanos producen oxígeno y las grandes selvas almacenan carbono, ¿en cuál de estos dos grupos situamos a los Manglares? En el segundo: también son almacenes de carbono y, por su extensión mundial, ganan a algunos bosques tropicales en este cometido tan importante para depurar nuestra atmósfera. Y aquí está el dato terrible acerca de este proceso natural que tanto beneficia a la supervivencia del Planeta. En las últimas décadas, la voracidad implacable del desarrollo humano por cambiar su entorno en pro de una calidad de vida más industrializada y tecnológica, ha reducido a la mitad la superficie que antes ocupaban los Manglares.

Entonces y reiterando la idea anterior, ¿por qué son tan especiales y necesarios Los Manglares? Porque están inundados de agua. Un bosque tropical almacena carbono en su superficie seca. Un Manglar lo almacena bajo la superficie de las aguas y eso hace que sea capaz de almacenar, en comparación, hasta cinco veces más carbono que el bosque tropical. Sin duda, el agua, una vez más, convierte una zona geográfica en algo sumamente especial y estratégico para que la vida siga su curso.


Los Manglares son capaces de almacenar carbono hasta 5 veces más que un bosque tropical

Sin duda ahora se hace obligada la siguiente pregunta: ¿cómo se ha producido este desgaste continuo de estos almacenes de carbono, reduciéndose a la mitad su extensión?

Hay muchos impactos negativos que podríamos listar, pero la joya de la corona se lo llevan los derrames de petróleo o hidrocarburos. Este combustible fósil daña absolutamente todo. Pero queremos resaltar, por este hecho, la degradación que sufren los microorganismos existentes en Los Manglares y que son las depuradoras naturales de estos lugares y que, por ello, los dejan siempre listos para seguir con su trabajo de almacenar el carbono. Sin limpieza natural óptima de los Manglares, el impacto medioambiental continúa aún después del accidente medioambiental y, además, por mucho tiempo. A todo esto añadimos que el petróleo incide sobre el oxígeno contenido y lo reduce significativamente. Por así decirlo, asfixia al Manglar. Lo ahoga literalmente. Elimina su depuradora natural y cierra, para siempre, las puertas del almacén de carbono.

Por otro lado, el desarrollo industrial de las costas, la tala indiscriminada, la acuicultura y la pesca de especies autóctonas que se realiza y, como siempre ocurre, con niveles de elevada explotación, han contribuido a la degradación del Manglar. Seguir enumerando las causas de su deterioro nos llevaría más hacia el pesimismo que al optimismo.

Pero he aquí un atisbo del poder de la supervivencia humana ante las vicisitudes. Caminemos ahora de la realidad a la ficción. Terminamos con el prólogo y empezamos con el relato. Quizás esta historia se podría haber escrito así:

El profesor Ulises Flynn estaba sentado en su despacho con el ceño fruncido. Se notaba que estaba muy concentrado. Escribía sobre un pequeño cuaderno una secuencia numérica de cálculo. El profesor necesitaba aclarar el fenómeno de las rotaciones del líquido bombeado en la entrada de la aspiración de una bomba sumergible que estaba dando problemas en una estación de bombeo. Tenía ya casi completada la ecuación de Euler cuando el teléfono analógico sonó, junto a la chimenea. Le molesto la interrupción. Soltó el bolígrafo y dejó a la mitad la fórmula. No pudo despejar la incógnita de la velocidad periférica del rodete y se levantó refunfuñando. Para estar tranquilo, había desconectado el móvil pero se había olvidado de hacer lo propio con la línea fija. Se maldijo por su falta de previsión y torpeza.

El profesor Ulises Flynn estaba sentado en su despacho con el ceño fruncido. Se notaba que estaba muy concentrado. Escribía sobre un pequeño cuaderno una secuencia numérica de cálculo  

Al otro lado de la línea telefónica, escuchó la voz de un joven que le resultó desconocida.

-¿El profesor Flynn? –le preguntó.

Las llamas del fuego de la chimenea iluminaron el rostro ovalado del profesor, donde una rasurada barba tapaba unas mejillas rectas y duras. Las pupilas de sus ojos negros se dilataron al instante.

-Sí, ¿quién es usted? –como era habitual, el profesor dejó los saludos en el olvido y pasó directamente al asunto en cuestión. Pasó la palma de su mano por sus abundantes cabellos largos y se rascó la nuca.

-Soy Carlos Azuaga de la Asociación Medioambiental en pro de los derechos de los Manglares. Me han hablado de usted y de su trabajo. Necesitamos su ayuda –aquella sentencia, lejos de molestar al profesor Flynn, le puso en guardia. Desterró de sus pensamientos su preocupación por las incógnitas de la ecuación que calculaba; las velocidades axiales, los ángulos negativos y los positivos. Se puso a escuchar detenidamente y, durante los siguientes minutos, tomó notas minuciosas en su cuaderno de viaje.

La consecuencia de aquella dilatada conversación derivó en que, veinticuatro horas después, el profesor Ulises Flynn estaba tomando un avión en dirección a Sudamérica. Su destino era muy concreto. Se dirigía hacia uno de los deltas más importantes que desembocaban en el mar. Allí, terminaría su trayecto en un pequeño poblado de lugareños situado en el interior de una ciénaga. Cuando terminase su largo viaje, el profesor se encontraría en uno de los Manglares más emblemáticos del continente americano con una extensión aproximada de unos 800 Km2.

El profesor, que a sus 42 años de edad aún conservaba una vitalidad envidiable para cualquier joven veinteañero gracias a la práctica diaria de deporte, no perdió tiempo. Lo tenía todo calculado en su cabeza con un plan de trabajo perfectamente delineado. Cuando la avioneta, que le llevó hasta el poblado desde el aeropuerto de la capital del país, aterrizó en la pista improvisada que los campesinos habían preparado unas horas antes, solo era cuestión de activarlo.

Cuando terminase su largo viaje, el profesor se encontraría en uno de los Manglares más emblemáticos del continente americano con una extensión aproximada de unos 800 Km2  

Se alojó en una cabaña de madera sustentada por unos pilotes. Debajo, las aguas del río golpeaban ligeramente los pilares. El leve murmullo selvático del horizonte le envolvió con su magia. Estaba anocheciendo y cientos de mosquitos quisieron darle la bienvenida. Las tímidas arrugas de su frente se llenaron de sudor. Deseó cambiarse de camisa y deshacerse de la sensación a humedad pegajosa en su piel. Pero ya sabía que aquella medida solo le reportaría apenas unos cinco minutos de bienestar.

Una vez colocados todos sus enseres en un pequeño arcón que constituía el único mueble de la cabaña junto a un incómodo camastro, comió un poco de arroz hervido. Lo acompañó con un poco de pan de maíz, agua embotellada y, después, procuró dormir.

Sabía que, al día siguiente, se enfrentaría a innumerables peligros. No sintió miedo. Sólo respeto por la situación, como siempre le ocurría cuando le daban un cometido como aquel. Tumbado sobre la esterilla del camastro, contempló por unos segundos las estrellas del cielo gracias a una hendidura del techo roto de la cabaña. Después, sus pesados párpados cayeron sobre sus ojos mientras su mano derecha apretaba el mango de un machete que colgaba sobre su cintura.

Lo peor de aquellas misiones en defensa de los derechos medioambientales no eran los peligros a los que se enfrentaría, sino la terrible e incontestable soledad de cada oscura noche. Para tranquilizarse, soñó con agua. Se imaginó sumergido en líquido cristalino, sintiendo su frescura, con su mirada atravesando la transparencia del agua hasta ver en la superficie como los rayos del sol caían atravesándola y llegaban hasta su rostro. La simbiosis de frescor y calor lo relajó. Su respiración se tornó lenta y regular hasta caer en un sueño profundo.

Continuará…

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El profesor Ulises Flynn observó la caída del sol desde su cabaña del Manglar mientras se abandonaba al estupor de un sueño reparador


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