Los Crímenes del Agua: Los Manglares de Ébano (Parte 2)

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Sobre el blog

Enrique Castellanos Rodrigo
16 años trabajando en el Sector del Agua. Actualmente como Coordinador de Proyectos Internacionales de Xylem Water Solutions Iberia (Spain-Portugal). Escritor de Novela y Relato Corto. Blogguer FreeLance. Six Sigma Green Belt (LSS).
  • Crímenes Agua: Manglares Ébano (Parte 2)

Los sonidos de la ciénaga envolvieron los sentidos del profesor Ulises Flynn. Tímidos rayos de sol entraron por los resquicios de la pared de madera húmeda. Se formaron arabescos uniformes en la sábana fina que envolvía su atlético cuerpo. Cuando pudo abrir los ojos, un leve dolor de cabeza embotó su percepción y, por un instante, se imaginó todavía en su pequeño apartamento de la ciudad.

Mientras todavía se estaba despertando, escuchó un golpeteo en la puerta de la cabaña que le trajo de inmediato a la realidad palpable donde se hallaba. En un acto reflejo, su mano agarró con fuerza el mango del machete. Dejó que llamasen de nuevo con más insistencia antes de acercarse y abrir la desvencijada puerta.

-Soy Andrés Collado, su guía en el manglar –el hombre que se presentó era de estatura baja y tez morena. Su pelo negro le caía por la frente hasta unirse con unas espesas cejas. La nariz carnosa asomaba por encima de una dentadura deteriorada. Llevaba una camisa hawaiana y una gorra de beisbol. Miró al profesor de arriba a abajo, como si fuese un espécimen.

Después de una rápida presentación, el profesor comenzó rápidamente los preparativos con su guía. Sabía que la Agencia Medioambiental en defensa de los Manglares lo tenía todo bien planeado para que pudiese cumplir con su misión: la realización de un detallado informe técnico sobre el estado biológico del Manglar y las causas de su degradación actual.


Lo que antes estaba anegado por el agua ahora estaba seco, estéril y pútrido

En el muelle, donde barcazas, chalupas y botes descoloridos se agrupaban, tomó un rápido desayuno a base de chocolate y arepa rellena de queso. Acto seguido regresó a la cabaña y se cambió de atuendo. Puso la ropa sucia en un saco, bajo el camastro. Por último se calzó unas botas de cuero y cubrió su cabeza con un sombrero Fedora con los bordes del ala frontal y trasero bajados para proteger el rostro y el cuello del sol. Junto a su machete colocó un cinturón con una cámara digital sumergible.

Los residuos de plástico se arremolinaban como intrusos indeseables. Los daños al suelo eran casi irreversibles por la lenta degradación de este material y por su impacto medioambiental

Finalmente siguió a su guía hasta una pequeña lancha a motor. Los pasos de ambos hombres resonaron bajo las tablas medio podridas del muelle. Los ojos del profesor enseguida se dirigieron al equipo de buceo. Estaba guardado en una caja de plástico bajo el tablón que hacía las veces de asiento.

-No hace falta que revise nada profesor –le indicó Andrés Collado con cierta sorna-. Ya lo he hecho yo.

El profesor le medio sonrió e hizo caso omiso a su observación. Si algo le había enseñado la experiencia era que, sobre el terreno, no se podía fiar ni de su propia sombra. Había demasiados intereses creados que manejar y de los que protegerse. Por ello, comenzó a examinar minuciosamente todo el equipo: la máscara, las aletas, los reguladores y el tanque de oxígeno. Todo parecía estar en perfecto estado aunque el equipo era de segunda mano y el traje de neopreno estaba un poco rasgado. Por último, inspeccionó una caja con un kit de muestreo de agua y análisis de campo compuesto por vasos con válvula esférica y tubos de sondeo. Este equipo le permitiría obtener un análisis químico, biológico y bacteriológico en el laboratorio partiendo de las muestras que recogiese.

El motor de dos tiempos de la lancha emitió un quejido quedo cuando la bujía lanzó su chispa y la hélice comenzó su frenético giro. En un instante, el casco de madera sesgó las tranquilas aguas. El corazón del profesor Ulises Flynn se llenó con un sentimiento de emoción, más fuerte que el que le pudiese producir la adrenalina. Le ocurría siempre que comenzaba de verdad una de sus aventuras. Sus músculos se pusieron en tensión. La temperatura y el grado de humedad perlaron su cuerpo de gotas de sudor.

El paisaje que les envolvió era magnífico. Los colores de la flora, la viveza de la fauna (con animales que se movían a su alrededor con la rapidez de estrellas fugaces) y los olores aderezados por el agua, creaban una atmosfera mágica. A medida que la lancha aumentaba la velocidad, el viento intentaba llevarse el sombrero del profesor. Pero la cinta que lo ataba a su barbilla lo mantenía en una posición apropiada. El guía se protegía con su gorra de beisbol con el logotipo de un equipo norteamericano. Andrés miraba a Ulises de reojo, atento a sus instrucciones, pero con aire de desconfianza.

Las primeras indicaciones llegaron después de casi media hora de travesía. El profesor quería empezar tomando muestras de todos los desechos que flotaban por las orillas. Sacó unas cuantas fotografías y no pudo evitar expresar con su rostro el desagrado que esa escena le producía. Los residuos de plástico se arremolinaban como intrusos indeseables. Los daños al suelo eran casi irreversibles por la lenta degradación de este material y por su impacto medioambiental.

Todo era un yermo desolado. Los arboles anclados en sus raíces desnudas, al aire, como si tuvieran patas. Los troncos parecían estar atados a arañas incólumes

Ulises hizo parar la lancha y, calzándose unas botas de agua, se sumergió hasta los tobillos en el manglar. La zona de la orilla era poco profunda. El barro del fondo se pegó a sus suelas disolviéndose rápidamente después. Uso el kit para tomar unas muestras. Luego quiso seguir el rastro de los desperdicios. Descubrió que estaban cerca del estuario. La conclusión era obvia: gran parte de los plásticos venían del propio océano.

La segunda parada no fue prevista. Estaban atravesando un techo abovedado por ramas de árboles que se entrecruzaban entre sí. Formaban un arco verde que se reflejaba en las cristalinas aguas de la superficie. Al final del recorrido encontraron una zona completamente seca. El espectáculo era digno de ser visto en un desierto pero no en un manglar. Esa zona era una consecuencia directa de la tala ilegal y la sobreexplotación del terreno para cultivo. Todo era un yermo desolado. Los arboles anclados en sus raíces desnudas, al aire, como si tuvieran patas. Los troncos parecían estar atados a arañas incólumes. Y lo que antes estaba anegado por el agua ahora estaba seco, estéril y pútrido. La cámara de Ulises Flynn parecía que lloraba cada vez que sacaba una instantánea.

La mañana transcurrió muy rápidamente. Los dos hombres apenas cruzaron palabras. Como era habitual en el profesor Ulises Flynn, su grado de concentración era tal que parecía que estaba ausente aunque, en realidad, se había mimetizado con el entorno que investigaba. Para él era como si nunca se hubiese explorado antes aquel lugar.

Tomaron un almuerzo en la lancha, con el motor apagado y a merced de la suave corriente del manglar. Esta vez hubo una breve conversación con Andrés Collado.

-Ustedes, los que vienen de fuera, no entienden lo que ocurre aquí ni las necesidades locales –argumentó el guía mientras pelaba una patata cocida con su navaja-. Los primeros conservacionistas de los manglares somos nosotros. Ustedes en su burbuja de su vida de Occidente no saben nada de lo que pasa por aquí.

-No lo dudo señor Collado –el profesor levantó ligeramente el ala de su sombrero para dejar que su frente se refrescase-. Pero la Tierra pertenece al ser humano. No hay fronteras cuando se trata de proteger nuestro hogar. Y con el trabajo de todos se conseguirá mucho más que si lo hace cada uno por su cuenta.


-Tenga cuidado con los caimanes profesor. Por estas aguas abundan –le advirtió el guía.

La conversación terminó con la misma rapidez como empezó. El profesor solicitó que se pusieran en camino. Esta vez el objetivo estaba muy claro. Solo le quedaba explorar la zona más profunda. Quería sacar muestras del fondo del manglar, donde se concentraba la turba. La Agencia le había indicado que en aquella zona se estaban haciendo vertidos de hidrocarburos y necesitaban hacer constancia técnica de ello.

El color de las aguas se tornaba del color del ébano. La corriente no existía. La calma era total. Un espejo negro y profundo

La lancha rompió de nuevo la tranquilidad de las aguas. Andrés Collado condujo con maestría el timón y se adentró por entre los árboles por canales zigzagueantes. Para el profesor, todo parecía un enorme e incoherente laberinto. Agradeció que su guía conociese con tanta precisión cada rincón. Después de una larga travesía el motor de la lancha dejó de funcionar por haber llegado a su destino. La zona elegida era un canal muy ancho donde las dos orillas parecían distanciarse por momentos. Mientras Andrés examinaba el nivel de aceite y gasolina del motor, el profesor Ulises Flynn comenzó a pertrecharse con el equipo de buceo.

Unos minutos más tarde el profesor estaba listo para zambullirse en las aguas negras del manglar.

-Tenga cuidado con los caimanes profesor. Por estas aguas abundan –le advirtió el guía. Esta vez su voz sonó contundente y contrariada, como si de pronto le hubiese nacido la empatía en su corazón huraño.

El profesor agradeció la advertencia con un movimiento de cabeza. Antes de sumergirse, no pudo evitar observar la superficie. Busco con la mirada alguna señal de cocodrilos o caimanes. La lámina del agua parecía descolorida, incapaz de reflejar el azul del cielo que brillaba jalonado por un potente sol. El color de las aguas se tornaba del color del ébano. La corriente no existía. La calma era total. Un espejo negro y profundo. El profesor agudizó los oídos buscando algún sonido, como el leve siseo que a veces estos reptiles emiten. Tampoco descubrió algún orificio nasal sobre la superficie. Ninguna burbuja de aire saliendo del fondo. Todo parecía seguro. A pesar de ello, la intranquilidad no desapareció del profesor y mantuvo la guardia. Se armó de valor y se recordó la importancia de su misión.

Se deslizó con mucho sigilo, sin salpicar y sin producir ningún movimiento violento en el agua. Su traje de neopreno se envolvió con el líquido negro y, cuando su mascarilla llegó al nivel del agua, comprobó con bochorno la turbidez que le impedía ver más allá de un par de metros. Esta situación le exigía que se zambullese con rapidez. Así lo hizo. Nadó hacia el fondo con velocidad hasta que toco fondo. Abrió los tubos de muestras y recogió pedazos de la turba del fondo. Comprobó con las yemas de los dedos la presencia de restos de petróleo que, como costras, habían descendido encima de algunas piedras. Sacó fotografías.

No supo exactamente cuánto tiempo estuvo en el fondo trabajando en el muestreo. Cuando comenzó a subir hacia la superficie, en seguida notó que algo iba mal. La sombra de la lancha había desaparecido. Pensó que quizás se había alejado mucho al bucear en busca de muestras. Pero sus sospechas fueron confirmadas cuando se quitó la mascarilla ya con su cabeza fuera del agua. La lancha sencillamente no estaba.

Andrés Collado lo había abandonado a su suerte en una zona plagada de caimanes. El profesor Ulises Flynn se encontraba en medio del manglar, en el agua, a decenas de kilómetros del poblado. No tenía ni comida ni bebida. Solo su ingenio, quizás, le podría salvar de una muerte segura.

Continuará…

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El profesor Ulises Flynn se encontraba en medio del manglar, en el agua, a decenas de kilómetros del poblado.


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