Los Crímenes del Agua: Los Manglares de Ébano (Parte 3)

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Sobre el blog

Enrique Castellanos Rodrigo
16 años trabajando en el Sector del Agua. Actualmente como Coordinador de Proyectos Internacionales de Xylem Water Solutions Iberia (Spain-Portugal). Escritor de Novela y Relato Corto. Blogguer FreeLance. Six Sigma Green Belt (LSS).
  • Crímenes Agua: Manglares Ébano (Parte 3)

La naturaleza salvaje es caprichosa cuando debe de escoger entre la vida y la muerte. La segunda posibilidad es la que suele cumplirse con más frecuencia. Unos años más tarde, el profesor Ulises Flynn escribiría en sus memorias la veracidad de este axioma.

No obstante, aquella conclusión se hizo más evidente cuando el profesor tuvo la absoluta certeza de que aquello ocurriría si seguía en medio del manglar. Si permanecía allí, estaría a merced de cualquier peligro. El agua que le rodeaba dejó de convertirse en un aliado. Ahora era su mayor enemigo y la distancia hacia la orilla era un reto vital. Comenzaba a anochecer y la soledad de la noche se uniría a la que ya sentía por haber sido abandonado. Nadó con ritmo acompasado hacia la orilla mientras vigilaba alguna señal de los caimanes que infestaban aquellas aguas. Tuvo suerte. Con sus piernas rozó algún pez u otro animal. Ninguno le produjo ninguna herida o mordedura. Las aletas de sus pies le impulsaban con velocidad mientras la lámina de agua se rompía en forma de cuña.

Entonces se percató de que la orilla no era el lugar más seguro. Un cocodrilo se podría desplazar con rapidez tanto en el agua como en la tierra. Decidió subirse a un árbol. Escogió uno cuyas ramas eran lo suficientemente gruesas como para pasar la noche recostado y cubierto por el follaje. Empezó a sentir hambre y sed. Maldijo su suerte y deseó encontrarse con su “amigo” Andrés Collado. Claro, siempre y cuando consiguiese salir vivo de allí. Tenía claro que estaba muy lejos del poblado. Como poco a unos 20 kilómetros y, lo peor, que no eran en línea recta. Su guía había navegado por serpenteantes canales en el manglar hasta llegar a la zona que se suponía que era la más profunda. Ya no se podía fiar de nada de lo que este hombre le había transmitido.

Quiso ser fuerte mentalmente. Se encaramó al árbol dejando atrás las negras y profundas aguas del manglar. Se quitó el tanque de oxígeno para estar más cómodo. Lo colocó en una rama contigua. Se sentó en la unión del tronco y la rama y apoyó su espalda. Dedicó unos minutos a contemplar la puesta del sol. Aún le quedaría una media hora de luz. Los colores que presentaba el firmamento le relajaron. Los rosas y naranjas con el contraste de los tonos rojizos resaltaban con el color del ébano del agua: seguía transmitiendo un halo de misterio y profundidad. Ya estaba preparado para poner su mente a funcionar.

La naturaleza salvaje es caprichosa cuando debe de escoger entre la vida y la muerte. La segunda posibilidad es la que suele cumplirse con más frecuencia

Bajó del tronco hasta coger un poco de agua en la palma de su mano. La probó sin tragársela. Comprobó el grado de salinidad. Concluyó que aún se encontraba lejos del estuario por lo que el mar aún estaba lejos. Eso le tranquilizó. Calculó de nuevo. Convirtió los 20 kilómetros en 15. Esa mengua en la distancia le ayudaría a la hora de regresar. Después estuvo durante unos largos segundos observando la dirección de la corriente. La corriente era casi imperceptible por lo que puso a flotar algunas hojas para ver su recorrido. Unos minutos después tuvo claro la dirección a la que ir y el primer recodo por el que debía de conducirse. Seguiría un método similar de observación.

El único problema era que, si quería regresar nadando debería de conseguir algún tipo de defensa en caso de ataque de un caimán. Por supuesto lo ideal era avanzar manteniéndose fuera del agua pero a su alrededor no había nada que le pudiese servir para flotar. Y construir una balsa sin cuerdas era del todo imposible. Un poco de desesperación le embargó. Eso le ocurrió por sacar conclusiones antes de tiempo. Por eso regreso al punto anterior. Estaba en la observación de la corriente.

Entonces ocurrió. A lo lejos divisó una silueta negra que los últimos haces de luz iluminaban. A medida que se acercaba pudo ver a dos personas en la lancha. Uno de ellos era un guía similar a Andrés Collado, un hombre del poblado. La otra persona resultó ser una mujer de pelo rubio y una larga coleta que caía por uno de sus hombros. Su rostro estaba tildado de pecas que le recorrían de mejilla a mejilla atravesando su fina nariz.

-¿Es usted el profesor Ulises Flynn? –le preguntó la mujer pegando un grito. Cuando él asintió con la cabeza, la mujer sacó de debajo del asiento una cámara digital y le hizo una fotografía. Al profesor no le gustó que le retratasen de manera tan ridícula, con su traje de neopreno y sentado en un árbol como si fuese un mono.

–Soy Karen Grant, fotógrafa del National. Vine a por usted –le dijo la mujer cuando se acercaron, mientras se quitaba unas gafas de sol. Sus ojos azules despedían simpatía.

-¿A por mí? –se extrañó Ulises- ¿Cómo sabía que estaba aquí?

-Su guía nos lo dijo –afirmó Karen.

El profesor comenzó a comprender. Probablemente el abandono había sido solamente una advertencia. Entonces, concluyó el profesor, su guía Andrés Collado debería de trabajar para alguna industria local con intereses en el Manglar. Se habría hecho pasar por guía para engañarle. Quizás trabajase para la industria maderera. Lo confirmaría más tarde.

-¿Y mis muestras? ¿Las que recogí? ¿Se las dio el señor Collado? Estaban en la lancha –preguntó el profesor preocupado.

-Me temo que en su lancha solo estaban sus efectos personales; su ropa, sombrero y botas. Nada de sus muestras.

Cómo proteger el manglar mientras se permite que los lugareños que viven de la acuicultura y otras formas de vida tradicionales puedan proseguir con sus actividades actuales, pero haciéndolas a través de métodos que constituyan un uso sostenible del manglar

Ulises se tocó la barbilla. Evidentemente Andrés Collado, siguiendo instrucciones, las había destruido. Al menos conservaba las últimas que había recogido. Sin embargo, no le preocupó. Igualmente haría el informe. Tampoco quería repetir la experiencia de exponerse de nuevo a los peligros del manglar. Era evidente que si insistía en explorarlo por una segunda vez, entonces, el siguiente aviso no sería tan amistoso. Podría venir en forma de disparo, como le había ocurrido en otras ocasiones.

Dos horas después el profesor Ulises Flynn estaba en su cabaña. Encima de su camastro estaban sus enseres personales. Se aseó con la palangana de agua y jabón que estaba en uno de los lados de la habitación. Sintió un enorme alivió cuando se quitó el apretado traje de neopreno. Se vistió. Unos minutos después, invitó a un refresco en la cantina del poblado a la fotógrafa del National, en señal de agradecimiento.

-Gracias por venir a rescatarme. ¿Fue coincidencia? –preguntó el profesor mientras saboreaba un zumo de papaya.

-No –respondió con rotundidad Karen-. La revista me envió al manglar cuando supo de su visita por esta región. Creo que una socia que retrate sus investigaciones no le vendría nada mal.

-Ah… -y el profesor sonrió – lo consultaré con la almohada –sabía que le estaba engañando y su encuentro había sido una bendita casualidad. Sin embargo hacía tiempo que se había cansado de trabajar solo –Por de pronto la invitaré a cenar –la dijo amablemente-. Es lo mínimo que puedo hacer. Después, duerma bien esta noche. Es probable que mañana tengamos mucho que hacer.

Unas semanas más tarde, el profesor Ulises Flynn presentó el siguiente informe a la Agencia Medioambiental que le había contratado. Se lo envió directamente a Carlos Azuaga, con la esperanza de que no acabase olvidado en el fondo de un cajón cerrado con llave:

“16 Enero 2016, Madrid

Los exámenes preliminares sobre el terreno no dejan ninguna duda acerca del daño medioambiental que de manera constante están sufriendo los manglares de la zona. Las razones son bien de sobra conocidas. En el anexo A de este documento se establecen los puntos de origen de los impactos a la fauna y Flora. En el anexo B se adjunta los análisis químicos de las aguas según las mediciones de los muestreos de diferentes elementos analizados. En el anexo C se identifican a las organizaciones que están produciendo los daños ambientales. En el anexo D se listan las medidas paliativas que se deberían de poner en marcha para evitar que la degradación del manglar continúe. En el anexo E se puntualizan las recomendaciones para la recuperación del Manglar. Por último, en el anexo F se anexiona un informe donde se explica cómo proteger el manglar mientras se permite que los lugareños que viven de la acuicultura y otras formas de vida tradicionales puedan proseguir con sus actividades actuales, pero haciéndolas a través de métodos que constituyan un uso sostenible del manglar.

Firmado

Profesor Ulises Flynn

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