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Los Crímenes del Agua: Palabras póstumas dedicadas al profesor Ulises Flynn

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Sobre el blog

Enrique Castellanos Rodrigo
Escritor, Freelance Blogger y Ponente (Hablar en Público)
Minsait
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  • Crímenes Agua: Palabras póstumas dedicadas al profesor Ulises Flynn

Tras la muerte del profesor Ulises Flynn en aquel desdichado accidente de helicóptero, mientras atravesaba las cumbres de los Alpes Suizos, fueron muchos los medios de comunicación que se hicieron eco de la noticia. Para aquel entonces, el profesor se había convertido en una eminencia de orden mundial, no solo por sus increíbles aventuras, sino también por ser el hombre que había sido capaz de desarticular tratados y acuerdos internacionales que poco beneficiaban al cuidado del medioambiente. Sus informes, siempre cerrados bajo el sello de la confidencialidad, habían sido la influencia definitiva para que las naciones hubiesen sido capaces de cambiar sus políticas medioambientales. Lo sorprendente de todo esto era que aquellos informes nunca habían salido a la luz pública, lo que no dejaba de ser algo totalmente increíble teniendo en cuenta que la globalización e internet eran capaces de poner al descubierto hasta los secretos más oscuros y escondidos.

Además, el profesor Ulises Flynn era mundialmente conocido por sus conocimientos en todo lo relacionado con el agua. Eran tan sorprendentes que muchas leyendas sobre él circulaban por las redes sociales. La primera leyenda, que aglutinaba un montón de teorías, afirmaba que el profesor no había muerto y que el cuerpo hallado en los restos del helicóptero no eran los suyos. Algunos decían que el profesor no era humano, sino un extraterrestre con forma de hombre. Eso podría explicar el hecho de que con tan solo observar el agua, el profesor supiese sus características, como por ejemplo si estaba contaminada o limpia para beber. Más increíble era el hecho de que le profesor con tan solo probarla supiese de su composición química, o que tuviese un raro olfato para detectar agua subterránea. Fuera como fuese su leyenda (que de por sí ya era grande en vida), se triplicó en muerte. Incluso la industria del entretenimiento ya tenía planes para hacer películas sobre sus aventuras, series de televisión e incluso discos de música con las supuestas canciones favoritas del profesor.

Y en medio de toda esta vorágine de especulación y realidad, muchos periodistas intentaron hablar con la que había sido su fiel compañera en muchas de sus aventuras, la fotógrafa Karen Grant. Pero ella, como si hubiese hecho un juramente de fidelidad con el profesor antes de su muerte, siempre se negaba con rotundidad a conceder cualquier tipo de entrevista. También debo de reconocer que intenté hablar con Karen Grant y, aunque me recibió en su casa después de mucho insistir, nada pude conseguir sobre el profesor que fuese relevante más allá de lo que ya se había publicado sobre sus aventuras o de lo que él mismo hubiese escrito (afortunadamente el profesor mantenía un blog personal donde relataba sus aventuras porque, al parecer, era un gran amante de la literatura).

Quizás este mutismo de su compañera acreciente su leyenda. O quizás la avalancha de información cause el efecto contrario. Lo que siempre me preguntaré será si lo que publicaron los periódicos era totalmente verídico o que, quizás, la pluma del periodista se dejó llevar por su histrionismo hacia el profesor.

De cualquiera de las maneras, deseo pensar que todo lo que escribieron sobre él era la verdad y toda la verdad.

Por todo ello, la conclusión a la que llegué, fue la de verme en la obligación de usar también mi propio blog personal para publicar algunos de los artículos que los medios de comunicación escribieron sobre él después de su fallecimiento. Claro, como si nadie escribiese sobre el profesor. Pero quisiera pensar que mi aportación estará libre de la especulación y el circo de los que solo quieren sacar una tajada con todo esto, con la figura de un hombre que nunca buscó la fama. Un hombre que tan solo persiguió defender los derechos fundamentales de la propia Naturaleza porque, como decía el profesor, “nunca olvidemos que la Naturaleza fue creada primero y después lo fue el hombre. Nadie quema la casa donde vive”.

Quisiera comenzar con uno de los artículos de un periódico Europeo donde percibí una sensibilización especial hacia el profesor por parte de su autor. Cuando lo leí, casi estuve seguro de que el periodista estaba llorando amargamente por la pérdida del profesor, mientras tecleaba cada palabra de su artículo. Empero el respeto y cariño con el que habla de él se ha merecido el honor de ser el primero que transcriba en mi blog. Empecemos, pues, con esta tarea.

Reproducción del artículo publicado en el Herald Tribune and Times O.EU. Firma el artículo Charles Cooper Tracy, redactor jefe de la sección de Actualidad, Política y Sociedad:

“En el estado prematuro en el que me encuentro en la recopilación de los archivos sonoros y los escritos del profesor Ulises Flynn, no encuentro aun una conformidad en el orden que me permita saber con toda clarividencia que fue lo que motivó a este intrépido profesor de universidad, para vivir durante los mejores años de su vida, las más apasionantes e increíbles aventuras que todo hombre desearía vivir. La incongruencia de este hecho me ha motivado a transcribir de manera exacta, no solo sus aventuras (por muy irrelevantes que pareciesen), sino también las motivaciones que hubo detrás de ellas para determinar cómo acontecieron los hechos y tomando en cuenta todos los factores envueltos y subyacentes.

No deja de ser una paradoja el hecho de que descubriese al profesor una vez que este hubiese muerto, precisamente leyendo su necrológica un apacible Domingo por la mañana, mientras los vapores de un café bien cargado se mezclaban con los olores a tinta y papel que despedían los periódicos de la mañana, embotando mis sentidos y mi sentido de la responsabilidad (circunstancia que pronto conocerá el lector como el detonante común de cada una de las aventuras que inició el profesor, tras la llamada o el aviso de alguna agencia medioambiental que requiriese su colaboración mientras el profesor, como si de un perro sabueso se tratase, olisqueando cada palabra, buscaba el más mínimo detalle de discordancia que le pudiese llevar hasta un entramado que atentase contra el medioambiente).

La necrológica del profesor que fue publicada en todos los periódicos a nivel nacional del país donde nació, rezaba literalmente de la siguiente manera:

“El profesor Ulises Flynn falleció ayer a los 48 años de edad tras sufrir un accidente de helicóptero, probablemente sin sufrimiento ni dolor por la rapidez con la que según se ha informado transcurrieron los hechos. Cuesta imaginar el enorme hueco que deja para todos y cuesta más aun pensar cómo llenarlo después de su partida que fue inesperada y agotadoramente agónica para todos los que le conocimos como el más perspicaz de todos los hombres a los que tuvimos el privilegio de conocer con muchísima más profundidad que a nuestras propias almas”.

La lectura de aquella necrológica cautivo de inmediato mi alma, como si de un fuego abrasador se tratase, poniendo en mi mente el único e insondable objetivo de vivir los siguientes meses para descubrir quien fue, en realidad, aquel mítico personaje a quién se describía en aquella necrológica con tan fascinantes palabras. Porque, aunque pareciese imposible, nunca había mostrado el más mínimo interés en el profesor Ulises Flynn mientras estuvo vivo. Nunca mostré el más mínimo interés en profundizar en aquella figura que me parecía una especie de aventurero encorsetado y mediatizado en exceso por los medios. De hecho cambiaba de canal de televisión cuando mentaban su nombre.

Después de meses de investigación y de, con permiso de la familia (de sus padres, porque aun nadie sabe si tuvo o no más hermanos o hermanas), obtener acceso a todos los archivos escritos y sonoros que grabó el profesor y hacer así mi propia recopilación de todas sus aventuras, llego ahora a la conclusión de que, aquella esquela necrológica del profesor Ulises Flynn, debería de haber incluido cada uno de los relatos que el propio profesor escribió en su blog con la complejidad que requería cada situación que atravesó pero, a la vez, con toda sencillez para que el más llano de los lectores pudiese acercarse a su figura y comprender los retos medioambientales a los que se enfrentaba el planeta. El profesor siempre decía que “la mayor incomprensión es aquella que niega la evidencia de los hechos”.

Por otro lado, el enriquecimiento vital que descubrí, la pasión de la voz del profesor Ulises Flynn cuando relataba en su grabadora sus aventuras y el agradecimiento de todo aquel inocente o culpable a quien ayudó, solo me conducían hasta una sola y única conclusión irrefutable sobre la naturaleza humana: algunas personas no deberían de morir nunca y que lo importante no es como se empieza en la vida sino como se acaba. Y en esa lista de personas eternas me atrevería a poner, sin ningún tipo de reservas, al que ya es para mí, el querido profesor Grant.

Añadiré también que la veracidad de las palabras del profesor y su forma detallada en relatar cada uno de los hechos que vivió, hacen difícil resumirlos de tal manera que el lector pueda comprender, sobre todo, la dimensión de los hechos que ocurrieron y de sus consecuencias. Es por ello, que la dificultad en su transcripción haya hecho que estuviese varios meses trabajando en todo el material y filtrando muchos comentarios adicionales (que el profesor incluía en todas sus aventuras pero que, en verdad y bajo mi punto de vista como periodista, no eran lo suficientemente relevantes para la consecución que buscaba: contar sus aventuras con la mayor exactitud posible y sin desviarme del núcleo del caso en cuestión). Sin embargo, ahora estoy convencido de que todos esos datos adicionales formaban parte del método analítico del profesor para poder después elaborar los informes que enviaba bajo el más estricto de los secretos a las agencias medioambientales que le contrataban, por muy complejos que fuesen.

Entonces, ¿qué puedo decir del profesor Ulises Flynn? Quizás sea esta una tarea que no debería de ser realizada por alguien que solo tuvo interés en su persona después de su muerte. Sin embargo, no solo me siento en la obligación de hacerlo, sino que mi propia voluntad me incita a ello para acallar los sentimientos de culpabilidad de mi conciencia por haber ignorado la magnitud de la obra ecológica que realizaba el profesor.

Sobre estos asuntos, que pudieran parecer los más esenciales en la vida de cualquier hombre por el siempre hecho de que ocupan la mayor parte de su vida, créanme, no hay absolutamente nada relevante en el propósito al que nos quieren conducir estos relatos que expondré, gota a gota, hasta llenar el vaso que contenga la exposición eterna de su maravillosa habilidad en saber más allá de lo obvio. Si algo debo de resaltar en su etapa dedicada a la enseñanza, es que el profesor Ulises Flynn fue un buen maestro, y siempre será el mejor de los hombres que yo tuve el honor de conocer aunque fuese de manera póstuma.

Lo cierto es que, con el paso de los años, he aprendido que no importa el tiempo que transcurra, siempre y cuando un don que sea excepcional salga finalmente a la luz. Eso será, sin duda, el sentimiento que el lector experimentará al leer los relatos que escribió: el sentido de la justicia más recto y equitativo solo se ejerce tomando cartas en el asunto. Mirar hacia un lado es labor de los cobardes. Y el profesor no era uno de ellos.

Por lo tanto y como final a tan apasionadas conclusiones, nadie podrá discutir jamás que el profesor Ulises Flynn será recordado como uno de los mejores luchadores contra todo aquello que atentaba el medioambiente con más energía, corazón y voluntad de cuantos existieran en la historia de la humanidad. Y, sin duda, como uno de los mejores amantes de la justicia, no solo de la humana, sino también de la divina”.