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Sobre el blog

Enrique Castellanos Rodrigo
Escritor, Freelance Blogger y Ponente (Hablar en Público)
Minsait
· 36
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Cuando una mujer está en un mundo que tradicionalmente parece estar hecho para los hombres, se da cuenta de las carencias que existen cuando las cosas se ven solamente desde un único prisma. Nada más atravesar la puerta que daba acceso al Puente de Mando, Karen Grant se encontró con una conversación un tanto perturbadora.

El Jefe de la Empresa de Perforación estaba discutiendo con el Supervisor de la Compañía Petrolera. Al parecer los trabajos no habían concluido exactamente como se esperaban. Aquel día era uno señalado en el calendario en color rojo. La extracción debía llevarse a cabo sin más dilación. Mucho dinero estaba en juego y todas las pruebas se habían realizado días atrás. Por eso, el que el señor Gary O´Connor, Jefe de Perforación, estuviese poniendo en duda alguno de los ensayos no era nada normal.

Gary O´Connor se frotaba su mentón puntiagudo un tanto nervioso y andaba de un lado para otro. El silencio se mascaba en el ambiente como un velo pesado. Todos observan al viejo irlandés que había dedicado su vida a la perforación. Se le consideraba como el mayor experto del Planeta en este tipo de trabajos.

-Tuya es la decisión Gary –el que hablaba ahora era el Supervisor de la Compañía Petrolera, Peter Andersson. Se le notaba en el rostro que estaba cansado de haber sufrido tantos retrasos inesperados. Estaban ya cinco meses fuera de la fecha inicial en la que se estimaba haber comenzado la perforación. Cada día de retraso había supuesto mucho dinero en pérdidas para La Compañía y de todo eso sus jefes le hacían a él responsable.

Pero O´Connor, un hombre que había sufrido una infancia en una Irlanda pobre y sometida políticamente, poco le importaba el capitalismo y sus objetivos empresariales. Lo único que le preocupaba era la seguridad de la tripulación y de sus hombres. Comenzar a extraer sin todas las garantía en el sistema de tuberías le parecía algo impensable y podía derivar en una catástrofe de dimensiones apocalípticas.

-Le repetiré mi pregunta, Andersson –Gary O´Connor se dirigió de nuevo al Supervisor de la Compañía Petrolera. Los ojos del resto del personal del Puente de Mando se clavaron en ambos hombres. Karent observó la escena sabedora de que no debería de haberla presenciado-. ¿Qué resultado dio la prueba de evaluación del Cemento? ¿El cemento estaba curado con suficiente tiempo y cómo fue su dureza?

Peter Andersson se rascó la cabeza con cara de fastidio. Su pelo se había vuelto blanco hacía tiempo y las arrugas de su frente disimulaban unas cejas muy poco pobladas. Era un hombre de una edad similar a la del irlandés y por eso no le gustaba que nadie pusiera en duda su criterio. Desde el mismo principio del proyecto, ambas personalidades se habían encontrado.

-Ya te lo he dicho, Gary. Las pruebas dieron positivo. El tiempo de curado ha sido más corto del que dicta la norma pero hemos añadido aditivos de endurecimiento que lo han compensado. Todo está bien.

A O´Connor no se le veía muy convencido.

-¿Habéis drenado los 400 barriles de Lodo requerido? Y las mediciones, ¿hay por lo menos 500 pies de cemento? ¿Estuvo aquí el equipo de pruebas?

-Gary, el personal de la Plataforma está perfectamente cualificado para realizar estas pruebas… tu insistencia casi raya la falta de respeto a tus compañeros.

O´Connor le hizo una mueca a Andersson.

-Es decir que no ha habido Equipo de Pruebas –el irlandés suspiró muy contrariado-. Esta no es una pataleta de niño de recreo, Peter. Lo que te estoy diciendo es muy serio. Si la Compañía quiere compensar los retrasos que lo haga en la comida o incluso en los salarios de la gente, pero no en pruebas que son obligatorias y que debemos de hacer antes de comenzar la extracción. Estamos hablando de una prospección de unos 4000 millones de barriles. Cualquier inversión de este tipo se podrá compensar después a largo plazo con los beneficios. Eso deberíais saberlo.

El alegato del irlandés pareció calar hondo y de nuevo todos los presentes se sumieron en el silencio. Tras unos segundos de reflexión, Peter Andersson dijo:

-De acuerdo, déjame que hable con los jefes de los despachos para ver qué podemos hacer. Por otro lado, parecemos todos unos maleducados. Creo que tenemos aquí a… -y por primera vez Karent parecía justificar su presencia delante de ellos-. ¿Es usted, Karent Grant, la fotógrafa? –le preguntó señalándola con el dedo.

Karent dio un paso al frente y se identificó. El Supervisor de la Compañía le estrecho la mano. Después se acercó Gary O´Connor e hizo lo mismo.

-¿Cómo está el bueno de Ulises? –le preguntó- Pensé que vendría con usted.

-Ah, bueno, no sabía que se conocían. No me dijo nada al respecto.

-Muy típico del señor Flynn. Siempre parece que no conoce a nadie, ¿verdad? Él y yo colaboramos juntos hace unos años. Es extraño que no haya venido –Karent se reservó de comentar las desavenencias del profesor con el Presidente de la Petrolera, el señor Andy McGea- Ulises Flynn tenía otro compromiso ineludible –mintió-. Cuando hable con él le daré recuerdos suyos.

Aquella presentación dio paso a una decisión que a Karent le pareció prudente. Peter Andersson concluyó la reunión de manera taxativa pero clara:

-Bien, nos reuniremos de nuevo después de comer para evaluar de nuevo la situación y para que, como decía, poder consultar con el señor McGea y los suyos. O´Connor, ¿acompaña a la señorita Grant a su camarote?

O´Connor asintió y la invitó a que la siguiese. Una vez que Karent se instaló en su camarote Gary le pidió un favor.

-Necesito hablar con Ulises. ¿Podríamos localizarle en el teléfono satélite del puesto de mando? ¿Me acompaña?

Esta vez el puesto de mando estaba casi vacío. Solamente un par de operarios manejaban sus ordenadores en uno de los lados. Karent marcó los dígitos del teléfono del profesor. Cuando este contestó O´Connor se apresuró a hablar.

-Amigo Flynn –dijo con efusividad-, encantado de saludarte de nuevo.

-Espero que estés cuidando bien a Karent –sentenció el profesor sin más, eludiendo el artificio de los saludos.

-Sí eso, dejémonos de preámbulos innecesarios –dijo Gary. A Karent le pareció un insulto sobre su persona que la ignorara tan rápidamente-. Necesito consultarte algo.

En los siguientes 2 minutos O´Connor le puso al tanto de la situación de la perforación.

-¿Qué opinas? –concluyó el irlandés.

-No me gusta nada –respondió Ulises-. No deberías de autorizar la extracción hasta hacer esa prueba del cemento.

-Lo sé, pero esta tarde me van a presionar para que comience la extracción. Tienen otros ensayos hechos desde la Plataforma. Conozco a esta gente y su dinero les nubla el juicio.

-Entonces pídeles una prueba que podáis realizar como complemento y que tú puedas supervisar personalmente. Eso sí podrías hacerlo.

A Gary O´Connor le gustó esa sugerencia.

-¿Estás pensando en una prueba de presión?

-Exacto, eso mismo –confirmó el profesor.

-Eso es viable, desde luego. Y si el resultado es negativo puedo paralizar la extracción.

-Eso mismo. Y si las cosas no están bien el resultado te permitirá obligarles a que hagan las cosas como deben de hacerse, aunque tengan que rascarse de nuevo los bolsillos. Perfecto, ahora páseme a Karent.

O´Connor le pasó el auricular, se disculpó y abandonó rápidamente el Puente de Mando.

-Parece que le ha convencido, profesor. Se acaba de ir corriendo.

-Eso es bueno aunque esa prueba sea quizás insuficiente. No es categórica y, a veces, los resultados son aleatorios. Pero si la hace bien y hay suerte puede ser que consiga más tiempo. Eso es lo que necesita ese cemento. Pero si se le ha alterado con aditivos adicionales puede ser también que su dureza se haya visto afectada.

-¿Y eso lo sabe el señor O´Connor? –preguntó Karent.

-Por supuesto. Y ahora haré una recomendación para usted: debe irse de la Plataforma.

Karent se rió.

-Profesor, me sigue tratando como a una niña. Estoy aquí por trabajo, ¿recuerda? Esta gente, pese a sus dudas, sabe lo que se hace. O´Connor es un hombre muy precavido. No se preocupe y continúe con lo que quiera que esté haciendo en su apartamento. Ya le veré a la vuelta con mi bonito reportaje debajo del brazo.

Se despidieron.

Sin embargo, Karent tuvo al instante un presentimiento que le revolvió el estómago. No sabía lo que significaba pero estar en aquel lugar, a tanta distancia de la costa, en medio de inmensidad del océano le restó aquella seguridad de la que todo el mundo allí alardeaba.

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