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Los Crímenes del Agua: Las Pescadoras de Perlas (Parte 2)

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  • Crímenes Agua: Pescadoras Perlas (Parte 2)
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Sobre el blog

Enrique Castellanos Rodrigo
Escritor, Freelance Blogger y Ponente (Hablar en Público)

-Hay decisiones que definen para siempre nuestras vidas. Las consecuencias de este tipo de actos no terminamos de pagarlas en toda nuestra existencia. Quizás por ello he decidido no utilizar nunca un arma de fuego para agredir a un semejante –Karen recordaba aquellas palabras del profesor prácticamente todos los días, cuando un día le preguntó porque no usaba nada para defenderse durante sus misiones.

-No olvide nunca Karen –prosiguió aquel día el profesor Ulises Flynn mientras saboreaba un zumo de naranja-, que el peor demonio interior que una persona puede tener es siempre su propia conciencia. La culpabilidad por haber acabado con la vida del prójimo nunca puede superarse.

Karen aprendería con el tiempo que la defensa era el mayor baluarte del profesor, incluso para las situaciones más comprometidas. Entendería que aquel axioma del profesor era totalmente cierto.

Mientras pensaba en todo esto, Karen tenía la completa seguridad de que el ayudar a aquellas mujeres buceadoras era una de esas situaciones complejas. También tenía claro que Ulises no iba a echar por tierra sus principios aunque le pudiese costar la vida. La joven fotógrafa se preguntaba cómo iba a poder el profesor defender a las pescadoras de perlas siguiendo ese principio.

En todas estas cosas pensaba Karen Grant, mientras observaba el Monte Fuji con la expresión de asombro de quien se encuentra enfrente de un monte sagrado. Acostumbrada a ver las maravillas de la naturaleza con las lentes ópticas de sus cámaras profesionales, aun sentía el golpe de la realidad impactante de las imágenes que solo los ojos humanos eran capaces de captar en toda su magnitud. Para Karen, la fotografía había cambiado la dimensión con la que contemplaba el mundo. La visión de un animal retratado como si fuese el último que existiese. Un mundo lleno de instantáneas en la que cada imagen parecía ser la definitiva. La futilidad de un retrato ignorado. El movimiento fugaz de un oleaje que nunca se volvería a repetir pero que su cámara, al captarlo, lo convertía en eterno para ser contemplado para siempre. Y de todas las panorámicas apoteósicas que había podido retratar, había un mundo que la llenaba de éxtasis y colmaba su espíritu inconexo:  el océano. Sus aguas, sus animales, su universo único e incólume que se escondía tras una superficie que parecía inexpugnable. Allí Karen había conseguido las fotografías que verdaderamente habían llenado su espíritu y su alma hasta alcanzar su cenit.

Aunque absorta con el paisaje, devorando con su cámara y sus perspicaces ojos cada rincón del Monte Fuji, Karen Grant no podía dejar de pensar en su nueva vida con el profesor. Ahora su destino estaba directamente unido con el de Ulises Flynn. Había supuesto una auténtica sorpresa que el profesor la aceptase como una especie de socia. El hecho de que le pudiese acompañar en sus viajes era ya de por si un logro inimaginable. Todo el mundo sabía que el profesor trabajaba siempre solo. Muy pocos entendían que Ulises arriesgase la vida para poder informar de los problemas medioambientales que ocurrían por todo el planeta y que, por ello, él mismo hubiese siempre descartado recibir la ayuda de nadie. Aunque en términos prácticos, eso era lo más conveniente para alguien que se enfrentaba a las situaciones más arriesgadas. Era acertado no poner en peligro la de alguien menos experimentado.

Karen aun no tenía claro porque el profesor había aceptado su ayuda. En el manglar la dijo que una fotógrafa sería de ayuda. Se lo comentó con simpleza aplastante. ¿Quizás no le gustase la fotografía? Podría ser una explicación, pero algo le decía que no era razón suficiente. Llegar a esa simplona conclusión no podría ser la respuesta a la mente compleja del profesor. Un hombre parco en palabras y que parecía desnudar su alma cuando escribía en su blog. Algo no cuadraba en todo esto.

Sea como fuere, Karen se sentía inmensamente agradecida. Cuando se lo comunicó al National (el periódico para el que trabajaba como fotógrafa), el director casi aplaudió con las orejas. No era lo mismo presentar un reportaje de cualquier lugar del mundo, como ya hacían muchos otros medios, que publicarlo bajo el auspicio de haberlo realizado mientras su fotógrafa acompañaba al mundialmente aventurero conocido como el profesor Ulises Flynn. Y no le faltó razón al director. Desde que Karen colaboraba con el profesor, los reportajes y artículos de Karen habían triplicado las ventas del periódico.

Sin embargo, había un aspecto que le preocupaba especialmente a Karen. Había perdido parte de su libertad profesional. Antes ella podía decidir dónde hacer sus fotografías. Ahora estaba supeditada al destino del profesor. No obstante, aquel pequeño inconveniente pronto dejaría de serlo porque Karen llegaría a entender que su profesión iba a dar un giro completo. Si antes trabajaba para presentar al público un artículo lúdico enfocado estrictamente al mundo del ocio, ahora podía darles un enfoque ecológico y de protección del medioambiente sin parangón. Ella sabía que el Cambio Climático era un hecho. También entendía que Internet estaba lleno de activistas que luchaban como podían para poder pararlo. Eso le colocaba a ella a otro nivel. Uno privilegiado. Colaborar con el hombre que preparaba los informes que luego las agencias medioambientales enviaban como base de las negociaciones de los tratados y acuerdos internacionales en defensa del medioambiente.

Por esa misma razón el profesor Ulises Flynn siempre estaba en el filo de la navaja. Al igual que cualquier otro personaje popular, tenía una inmensa masa de seguidores, especialmente por las redes sociales que hacían eco de sus noticias, sus entradas del blog, las fotografías de la propia Karen y de cualquier otro aspecto relacionado con su figura. Pero también tenía todo lo contrario. Ulises Flynn recibía todas las semanas amenazas de muerte. Los intereses económicos eran el motor de la economía mundial y los ajustes en protección del entorno iban muchas veces en contra de ellos. Karen era consciente de que si el profesor era un objetivo, ella podía ser perfectamente la siguiente en la lista e incluso un medio de presión para el propio profesor. Sin embargo, Ulises jamás había mostrado preocupación en ese aspecto y nunca se lo había transmitido.

Ahora se encontraban en Japón. Había conocido a Midori y le había parecido una mujer excepcional. Una de esas mujeres que con su vida inspiraba a muchas otras. Ulises se había quedado a hablar con ella. Más bien a escucharla, porque eso es lo que hacía Ulises siempre que alguien le contaba sus problemas. Se limitaba a escuchar. Eso le impactaba a Karen. Estaba harta de ver como normalmente la gente no sabía escuchar. Todo el mundo suele estar obsesionado con expresar lo que tiene dentro sin prestar mucha atención a los sentimientos de los demás. No obstante, Ulises Flynn sí lo hacía. Quizás era porque no dejaba de ser un hombre solitario. Jamás se había casado. Nadie sabía si tenía hermanos. Vivía en un pequeño apartamento del centro de la ciudad. Era un hombre extraño en realidad.

Nada más aterrizar el avión en Japón y tras saludar a Midori, Ulises había insistido en que ella fuera al Monte Fuji a hacer sus fotografías para la periódico. Karen todavía no sabía cuál era el propósito exacto del viaje a Japón. Eso era típico de Ulises Flynn que, como hombre reservado, daba pocas explicaciones y, si las daba, no eran para anticipar acontecimientos, sino para aclarar situaciones. La relación que se había forjado entre ellos era, por ello, de lo más peculiar. Pero Karen ya empezaba a moverse como pez en el agua desde el momento en que dejó ciertas cosas a la libre elección del profesor mientras conservaba su propia libertad de decisión. Estar delante de aquel majestuoso Monte, aquella maravillosa obra maestra de la naturaleza, formaba parte de ello. Tomó sus fotografías con el ajuste que el objetivo requería dependiendo del plano y ángulo de luz que buscaba. Al National le iban a encantar. Siempre le encantaban. Se sentía orgullosa de sí misma como mujer y como profesional.

Entonces todo sucedió muy deprisa. Un vehículo negro se paró junto a ella mientras regresaba al aparcamiento. Del interior salió un hombre de traje oscuro, zapatos relucientes y gafas de sol negras que le tapaban los ojos y las cejas. Sus estrechos labios se movían de un lado a otro mientras mascaba chicle. Una larga cicatriz en la mejilla derecha se perdía por detrás de su oreja. El pelo ralo extremadamente corto, dejaba libre las sienes de un color blanco eléctrico. No dijo ni una sola palabra. Con un movimiento rápido, sacó una pistola de su bolsillo y, con un gesto de cabeza, le indicó a Karen Grant que entrase en la parte trasera del coche. El chofer puso el coche en marcha una vez que la joven fotógrafa y su socio de la cicatriz se metieron en el interior.

Un solo pensamiento pasó por la mente de Karen Grant: deseó que Ulises Flynn pronto la encontrase antes de que fuese demasiado tarde.

De pronto, todos sus pensamientos y temores se habían hecho realidad de golpe.

Continuará…

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