Los Crímenes del Agua: Las Pescadoras de Perlas (Parte 3)

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Sobre el blog

Enrique Castellanos Rodrigo
Escritor de Novela y Relato Corto. Freelance Blogger. Hablar en Público (Ponente)
  • Crímenes Agua: Pescadoras Perlas (Parte 3)

La claridad del agua permitía ver el fondo como si estuviese tan solo a unos pocos metros. El profesor Ulises Flynn permanecía encima del saliente rocoso, aspirando la brisa del mar. El sabor a salitre se pegó a sus labios. La piel de su torso estaba iluminada por los rayos de sol que incidían sobre ella. Todo parecía etéreo. Por unos instantes creyó encontrarse solo en el mundo. Como si la única presencia a la que debía de rendir cuentas fuese la del océano. Un mar de emociones inundó sus sentidos. Retornó a aquel mágico año donde aprendió a bucear a pulmón. Cuando después de mucho ejercitarse consiguió descender a más de 100 metros de profundidad. Recordó la sonrisa condescendiente en el rostro de Midori. Todo en ella era una evocación compungida.

Hacía mucho tiempo que no practicaba la apnea. Sus últimas inmersiones habían sido con un equipo de buceo portando oxígeno a la espalda. Quizás lo prudente hubiese sido también sumergirse ahora con el equipo adecuado. Pero los recuerdos de su juventud eran muy poderosos. Necesitaba probarse. Decirse a sí mismo que aún era capaz. Evidentemente no iba a descender 100 metros. Aquello hubiese requerido muchas semanas de entrenamiento. Pero si debía de hacerlo hasta los 25 metros, que es donde se encontraba el lecho marino. Aquello tampoco era una tontería. También requería preparación. Sin embargo, Ulises era plenamente consciente de sus limitaciones y posibilidades por lo que no le parecía una temeridad.

Debía de rastrear el fondo. Ver el estado del lecho marino. Verificar los daños a los que la industria pesquera le había sometido con sus técnicas modernas de barrido y dragado. También quería ubicar las jaulas donde se cultivaban artificialmente las ostras. Aquella zona, rica en arrecifes y corales estaba siendo esquilmada con la lentitud lacónica de la agonía de la muerte.

Como siempre hacía en todas sus inspecciones, portaba un pequeño kit de muestreo. Además se había ataviado con la barra para arrancar las ostras del fondo, para hacerlo con la técnica milenaria que respetaba el medioambiente. Estimaba conveniente comprobar el estado de crecimiento del molusco y como le estaba afectando la contaminación depositada por el alto tráfico marítimo que ocasionaba la pesca. A simple vista era evidente la sobreexplotación que estaba sufriendo el entorno.

Era increíble observar cómo había cambiado todo desde su juventud. Cuando aprendió el buceo libre con Midori, apenas unas casas aisladas llegaban hasta la playa. Ahora, todo se había llenado de muelles y barcos. La playa paradisiaca se había convertido en un espacio de ocio para derrochar el dinero de los turistas que lo devoraban todo a su paso. Cierto grado de enojo nació en el corazón de Ulises. Pero en seguida se calmó. Sabía que mantener la templanza era la clave para terminar sus misiones con éxito.

Decidió concentrase en la apnea. Realizó primero una serie de estiramientos para disminuir el volumen residual y preparar a su organismo para absorber un volumen efectivo. Puso especial cuidado en preparar la caja torácica. Contrajo y estiro el diafragma todo lo máximo que pudo. Después, comenzó a respirar profundamente, manteniendo un ritmo normal. Las aletas de su nariz se inflaban y su rostro parecía hincharse. Así estuvo durante unos 15 minutos, manteniendo la cuenta entre inspiración y expiración, manteniendo su vista en el horizonte, sintiendo el golpe suave de la brisa revolviendo su espeso pelo negro. Luego inspiró profundamente por la nariz con la boca cerrada. Hizo una pequeña pausa al final de la bocanada. Luego, comenzó a espirar poco a poco con los labios semiabiertos como si estuviese soplando. Lo hizo lenta y pausadamente. Ulises siguió preparando y cargando de oxígeno sus pulmones y su cuerpo durante unos minutos más. Evitó en todo momento hiperventilarse por hacer esta secuencia de ejercicios demasiado rápido.

Finalmente, el profesor se colocó las gafas, se ajustó el cinturón de cuero, los lastres y comprobó que la cuerda estuviese unida al cesto de mimbre que flotaba en la superficie al ritmo de las olas, con suavidad. Entonces, cogió aire con una inspiración profunda. Tan intensa que parecía que sus pulmones tenían capacidad ilimitada para almacenar aire. Se dejó caer en el agua y comenzó a bucear hacia el fondo.

Sus movimientos eran relajados y acompasados. Las aletas de sus pies le conducían con rapidez hacia el fondo. Ulises no sentía la velocidad de su cuerpo cortando la masa acuosa. No pensaba en el tiempo. No pensaba en nada, ni siquiera en el espectacular paisaje que se iba abriendo delante de sus ojos mientras seguía descendiendo. Solo pensaba en su ausencia de respiración, como si nunca antes hubiese respirado, como si su cuerpo no hubiese tenido jamás pulmones. Se convirtió en un animal marino más. En medio del silencio de la profundidad acuosa solo escuchaba los latidos de su corazón. Todos los músculos de su cuerpo se habían relajado progresivamente. El vaivén de sus pies era imperceptible para su cerebro.

El profesor llegó al fondo en aproximadamente un minuto. Con movimientos suaves comenzó a hacer el reconocimiento del entorno. Extrajo tierra del fondo, hizo fotografías de las jaulas, recogió sedimentos depositados encima de los corales y arrancó dos ostras con el método tradicional. Ulises miró su reloj de muñeca. Llevaba más de cinco minutos sumergido. Era consciente de que con la apnea estática podía triplicar el tiempo de inmersión. Pero cuando un buceador se está moviendo bajo el agua, el consumo de oxígeno es más elevado. Aun se sentía con fuerzas para continuar pero decidió ascender lentamente para hacer una descomprensión adecuada y evitar la hipoxia. Toda precaución era poca y sobre todo cuando se llevaba tiempo sin practicarla. Quería ser prudente y evitar el llamado síncope de ascensión, donde era fácil que los pulmones tendiesen a expandirse rápidamente y a aumentar la flotabilidad por lo que la velocidad de ascenso hacia la superficie se elevaba considerablemente.

Ulises contuvo esa velocidad con la frialdad de un forense mientras disecciona un cuerpo.

Transcurrió el tiempo adecuado y el profesor Flynn llegó a la superficie con ligereza y suavidad. Al salir su cabeza de la lámina de agua y notar la brisa del océano sobre su rostro, sus ojos se iluminaron con la luz solar. Sin embargo, Ulises, que había permanecido un total de casi siete minutos bajo el agua, entendía que lo más inmediato era volver a respirar. Había inducido a su organismo a una suspensión respiratoria voluntaria. En aquel instante su cuerpo tendría una saturación arterial cercana al 30%. Muy próxima a la hipoxia. Pero su cerebro estaba preparado desde hacía mucho tiempo para llegar a esos extremos. Mantuvo la tranquilidad.

Ulises fue de nuevo pragmático. Evitó hacer una inspiración profunda y desesperada para volver a llenar de golpe sus pulmones de aire. Hacerlo de esta manera solo le hubiese llevado a tener un síncope al descender la presión del oxígeno. En esos instantes, tenía una mínima cantidad del mismo en sus pulmones. Debía de llenarlos de oxígeno poco a poco. Para él, la apnea todavía continuaba aun estando en contacto con la superficie.

Para estabilizarse y no perder el conocimiento, comenzó a hacer respiraciones de recuperación forzadas. Mantenía la respiración uno o dos segundos entre inspiración y exhalación. Esto comenzó a generar más presión en sus pulmones. La difusión del aire en sus dos fuelles comenzó a ser más proporcional. Ulises requirió de un minuto para restablecer la oxigenación central de su cuerpo y para luego distribuirla al resto de sus órganos y extremidades. Notó finalmente como las puntas de los dedos de sus manos habían recuperado su color y su tacto. Una vez hecho esto se acercó al cesto de mimbre, depositó todos sus cachivaches, incluido el kit de muestreo y los lastres que tenía anclados en el cinturón y nadó acompasadamente hacia la playa.

El profesor se sentía satisfecho. Ya tenía todos los datos para hacer su informe. Estaba deseoso de contárselo a Midori. Entonces se acordó de Karen Grant. Había quedado con ella para cenar en el hotel donde se hospedaban. Seguramente ella también había estado muy ocupada durante todo el día haciendo su reportaje fotográfico del Monte Fuji. Llevó el cesto hasta el maletero del coche de alquiler. Mientras se disponía a cambiarse, un vehículo negro estacionó a su lado. Del mismo salió un hombre de mediana edad, delgado y con traje oscuro. Sus zapatos ya no estaban tan relucientes como a primera hora de la mañana. Una ligera capa de polvo los cubría. Sus gafas de sol negras tapaban el azul de sus ojos. Un color atípico para un oriental. Sus estrechos labios se movían de un lado a otro. Seguía mascando el mismo chicle desde hacía horas. Su larga cicatriz en la mejilla derecha parecía menos profunda de lo que en realidad era por estar al aire libre. Era el mismo hombre que horas antes había secuestrado a Karen Grant.

El profesor, que olía las amenazas como un perro sabueso huele las pistas, se puso en guardia.

-Si me va a llevar con Karen, estaré encantado de acompañarle –le dijo -. Pero antes necesito cambiarme y llevar estas cosas a mi hotel.

El hombre sacó su pistola y apuntó al profesor.

-¿Eso es un no? –concluyó el profesor con arrogancia- Las costumbres de este país han cambiado. ¿Dónde está su fama de hospitalarios?

-Profesor Flynn –dijo al fin su captor-, déjese de juegos. No sé cómo puede gastar chistes en una situación como esta. ¡Vamos! –le ordenó- ¡Métase en el coche inmediatamente!

El profesor obedeció mientras suspiraba al ver cómo el chofer, que había abandonado su puesto, metía la cesta de mimbre, su cámara y demás muestras dentro del maletero del coche negro. Ulises pensó que estaba empezando a ser una mala costumbre eso de robarle su trabajo cada vez que inspeccionaba un terreno. Tendría que hacer las cosas de manera diferente la próxima vez.

El coche se puso en marcha mientras el profesor Ulises Flynn, aun con su bañador empapado, descalzo y con su pelo mojado, seguía siendo apuntado con una pistola enfundada por una mano pálida como la muerte.

Continuará…

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