Connecting Waterpeople

No dejemos caer las manos

111
2
(2)

Sobre el blog

Enrique Castellanos Rodrigo
Escritor, Freelance Blogger y Ponente (Hablar en Público)
111

Temas

  • No dejemos caer manos

Llegué a aquella tierra con la mochila tras la espalda. Mi rostro estaba desfigurado después de tres jornadas andando entre los espinos de aquel valle que parecía no acabar nunca. Pero el amanecer del cuarto día me trajo nuevas esperanzas. Rompiendo el horizonte recto de la llanura se asomaba el campanario de una iglesia medio en ruinas. Cuando mis pasos acelerados me condujeron hasta la entrada de ese grupo de casas abandonadas, conseguí lo que venía buscando desde hacía semanas: descanso.

Bajo el haz tenue de un fuego preparado por un alma caritativa, degusté un estofado de patatas, carne y berzas. Luego mi anfitrión me llevó a su taller. Su mirada inquisitiva, oculta tras unas espesas cejas, me preguntaron lo que yo no podía responder. Por eso solo le pedí un deseo: que trabajase el barro con sus manos. Y él, aquel hombre de ancha espalda, con el espinazo casi roto por trabajar desde niño, me colmó con su caridad y cumplió mi petición.

Cogió un trozo de barro con sus manos ajadas. Colocó la pella en un vaso de madera que luego prensó con una maza. Por el lado de abajo salió un mazacote con forma de cilindro. Con un trozo de hilo de pesca cortó la figura a la medida deseada. Después colocó la masa en un torno. El plato del torno comenzó a girar a medida que el alfarero presionaba el pedal con su pie. El giro del plato aumentó y la pella parecía que volaba, que se transportaba de su base y que, poco a poco, se transformaba en una forma que se concebía según el antojo de unos dedos expertos ayudados, con sigilo, por un trocito de madera que pulía el barro.

Nada de aquello podía ser una realidad sin el agua. Al lado del alfarero, un cubo de agua donde las manos agrietadas se sumergían, unas veces empapando solamente las yemas de los dedos y, otras, las más volátiles, sumergiendo los dedos hasta las falanges. Yo observaba, fascinado. Luego, al terminar, apareció la vasija. Era esbelta, suave, definida, casi homérica.

Al alba, al partir, guardé dos cosas en mi deshilachada mochila. El primer objeto fue un poco de aquella agua, de ese elemento mágico que había procesado la metamorfosis de aquel barro duro y grotesco. El segundo, fue un trozo de mi memoria: el nombre del alfarero. Se llamaba Pascual y lo conocí cuando tenía once años.

Cada vez que sumerjo mis manos en el agua le recuerdo, a Pascual y a muchos como él. Mientras haya manos que se atrevan a formar, a enderezar, a transformar las cosas, habrá esperanza y el agua seguirá fluyendo como lo ha hecho siempre, unas veces como un torrente y, otras, como hilos de una fuente reseca pero que aguanta el embate del paso del tiempo.

Comentarios