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Los Crímenes del Agua: El Oro Negro de Ramsés (Parte 2)

  • Crímenes Agua: Oro Negro Ramsés (Parte 2)

Sobre el blog

Enrique Castellanos
Escritor y profesional del sector del Agua

En sus sueños se entremezclaron mitos y realidades. Su conocimiento sobre la Faunia y la Flora después de tantos años de trabajo le trajeron a su inquieta mente hechos como que el árbol de la Palma tuviese su origen en el África occidental. Los faraones habían codiciado su fruto. En aquella época el zumo de las frutas exóticas era muy valorado y algunos gobernantes lo equiparaban al propio oro. Eran capaces de pagar exorbitantes cantidades de oro para adquirir esos productos naturales. Uno de los faraones (a quien le gustaba este tipo de lujos) era Ramsés. No era extraño que los jardines en el antiguo Egipto fueron muy apreciados por esa razón. En ellos se esforzaban por cultivar plantas exóticas y no escatimaban en recursos para hacerlo. Además, en aquel tiempo el agua abundaba gracias al delta del río Nilo.

Existían jardines con diversas finalidades. Los había que buscaban solamente la estética como único propósito. Pero también construían jardines medicinales para el cultivo de plantas curativas. Por supuesto, la alimentación también era una de las razones principales. Pero sea como fuera el culto a los jardines se convirtió en una razón de ser. Se valoraban aspectos intangibles de estos oasis naturales como el hecho de que ofreciesen sombra y frescor. Por último, también se buscaba el placer de la contemplación. La hermosura de un jardín, con sus árboles, sus arbustos, sus flores y el descanso que ello podía proporcionar, eran muy valorados en el antiguo Egipto. Los ojos de Flynn, tan acostumbrados a vivir en armonía con la naturaleza, se movieron dentro de sus orbitas mientras soñaba, acurrucado, en el asiento del avión que le llevaba a casa. Quiso ser, por un instante, el faraón Ramsés, que seguramente dormiría muchos mediodías y tras su almuerzo bajo la sombra frondosa del árbol de la Palma. Ulises tenía claro que todo lo que nos ofrecía la naturaleza, usado con consciencia y equilibrio, siempre era bueno para todos.

Pero luego su sueño se volvió turbio, negro y oscuro. En él emergieron las figuras fantasmagóricas de los niños de Indonesia, pedaleando sus bicicletas de metal, recorriendo aquellos caminos y carreteras con el asfalto agujereado, con sus bocas cubiertas por pañuelos para no inhalar directamente el humo negro de los incendios que arrasaban la selva. La agitación emocional del profesor se vio interrumpida cuando el avión pegó un pequeño bote que le hizo moverse bruscamente en su asiento y le despertó de golpe. Había sido una pesadilla interrumpida por una turbulencia.

Ulises agradeció aquella interrupción en sus sueños. Suspiró cansado y se desabrochó el cinturón. Su asiento daba al pasillo central, así que se encaminó hacia la parte de atrás de la aeronave para ir al pequeño aseo ubicado en uno de los laterales. Aquel vuelo recorrería veinte horas de camino y haría escala en Doha (Qatar). Miró su reloj de pulsera. Había estado durmiendo más de una hora. Le pareció lógico, porque los últimos quince días había estado trabajando en la reforestación, día y noche, como voluntario con aquella organización sin ánimo de lucro. Verse rodeado de voluntarios de esa clase justificaba (y con mucho), todos los peligros a los que él se tenía que enfrentar en sus misiones en defensa por la naturaleza. En ese instante añoró a su fiel compañera de aventuras, Karen Grant. La echaba de menos. Era un poco irónico que tuviese ese sentimiento en el momento en el que regresaba a casa y que no lo hubiese tenido durante las semanas de trabajo en Sumatra. Probablemente eso le ocurría a Ulises Flynn porque ahora habían cesado sus actividades y estaba descansando de ellas. Y es que para Flynn, el descanso suponía (lejos de ser un alivio), una carga. El trabajo le relajaba y el descanso lo agotaba.

Se acercó a la puerta del lavabo y vio la señal de ocupado junto al picaporte. Flynn suspiró con cara de fastidio. A su lado, una azafata estaba disponiendo un carrito con comida y bebidas. Vio como metía su mano por debajo del carrito. Seguramente iría a colocar algo. Flynn se giró hacia ella cuando notó que algo se le caía de la mano. El profesor camino hasta el cuartito del fondo donde se encontraba la mujer con la intención de ayudarla. Entonces ella se incorporó y Ulises pudo ver claramente que su mano derecha sostenía una pistola. La azafata le apuntó con el rictus serio de la cara de quien está muy acostumbrado a llevar esa clase de armas.

-Acérquese a mí profesor. No llame la atención de nadie y ni se le ocurra gritar –le ordenó la mujer. Su voz dulce contrastaba con la dureza de la situación. Tenía su pelo recogido, como mandaba las ordenanzas de la compañía aérea, y un par de horas antes había estado sirviendo un refrigerio a los pasajeros con ese mismo carrito. Ahora le estaba apuntando al profesor con mano firme y segura. Su aparente dulzura se había convertido en algo muy amargo.

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El profesor obedeció y caminó hasta el cuartito.

-Corra la cortina –le ordenó de nuevo con voz firme.

Flynn lo hizo. Quedaron fuera de la vista del resto del pasaje. El profesor recordó que eran dos azafatas las que atendían esa zona. Tuvo esperanzas de que su compañera apareciese de un momento a otro. Pero eso era imposible, como en poco tiempo descubriría Ulises.

-Abra la trampilla del compartimento de carga. Está en aquel rincón, bajo sus pies.

A Flynn no le gustaba nada el cariz que estaba tomando aquella situación.

-¿Me permite una pregunta? –dijo el profesor.

La mujer le miró impertérrita.

-Ya me avisaron de su verborrea –comentó-. Así que no.

-Entiendo, ya veo que el doctor Latimer la ha adiestrado bien.

-Por supuesto, profesor Flynn. Nuestra organización no ha ganado su reputación solamente por su nombre.

Flynn hizo una mueca de desdén.

-Por supuesto que no. La ha ganado sobre todo por sus fechorías.

-No me refería a eso y lo sabe. La competencia de sus empleados es su mejor activo. Y a mí me han entrenado sólo para una cosa, para acabar de una vez por todas con su miserable vida.

-Dudo mucho que Eureka tenga buenos activos –refunfuñó con desagrado el profesor- Y, en cuanto a usted, creo que ha desperdiciado su tiempo y su talento. Se podría haber dedicado al dibujo artístico o a tocar la mandolina.

-¡Basta de cháchara profesor! Haga lo que le ordeno. Abra esa trampilla y baje al compartimento de carga. ¡Pronto se le van a acabar las ganas de hacer bromas!

El profesor obedeció. No tenía más remedio que hacerlo. Aquella mujer estaba bien entrenada y se colocó a una distancia prudencial que le impedía atacarla. Tampoco se situó cerca del carrito de la comida (que Flynn hubiese podido utilizar para golpearla y posteriormente desarmarla). Se situó estratégicamente en el mejor lugar del cuartito para vigilarle sin poner en peligro su posición. Ulises abrió la trampilla y la mujer le inquirió a que bajase.

Flynn bajó por unas escaleras situadas casi en posición vertical. Tras él, y muy atenta, su captora. Al poner su pie en el suelo de la bodega de carga, Flynn entendió porque no había aparecido la otra azafata. Yacía en el suelo inconsciente. El profesor deseó que aun viviese. Se concentró en su pecho y detectó que subía y bajaba. Aun respiraba y dio gracias al cielo por ello. Si alguien tenía que morir en ese día que fuese él y no ningún inocente que formase parte de la tripulación o del pasaje.

-Esta clase de violencia gratuita no es necesaria –le dijo el profesor a la asesina con voz imperativa-. Si lo que quiere es matarme, hágalo cuanto antes y que nadie más de este avión sufra daño alguno.

La mujer sonrió de manera despiadada. Ulises no tuvo ninguna duda de que aquella mujer era una de las muchas asesinas que poseía “Eureka”, la organización criminal más importante del planeta. Sus redes se extendían por los cinco continentes y manejaba el tráfico de los negocios más lucrativos de la sociedad humana. Su creador, el doctor Randolph Latimer, se regodearía cuando supiese que su más enérgico rival había sido muerto y abatido.

-¿Qué cree que va a pasar ahora? –le preguntó la asesina al profesor sin dejar de apuntarle.

-Bueno, no quiero darle ideas, pero lo tiene bastante fácil. Sólo tiene que apretar el gatillo.

La mujer le miró fijamente.

-Me impresiona bastante su osadía, debo de reconocerlo. Pero tengo instrucciones muy precisas del doctor Latimer. Si le disparase ahora mismo y le dejase aquí tirado, encontrarían su cadáver. Y eso, en realidad, le daría a usted la oportunidad de recibir bastantes honores, ¿no cree?

El profesor se quedó alucinado.

-¿Eso le preocupa a Randolph? ¿Qué yo pueda recibir honores tras mi muerte? Sabía que era un miserable, pero su falta de decencia y escrúpulos han llegado hasta unas cotas inimaginables para mí. Entonces, ¿qué ha planeado? ¿Qué me inmole?

La impostora sonrió maliciosamente y le señaló al profesor otra trampilla. Era el acceso de carga, es decir, una trampilla que daba directamente entrada a la parte baja del avión donde se almacenaba el equipaje.

-¿En serio? ¿Eso quiere hacer conmigo? ¿Arrojarme al vacío? No me parece muy original, la verdad. ¿Y vendrá usted conmigo? –rio el profesor.

-Ya me lo habían advertido, que era usted un tanto histriónico cuando su vida estaba entre la espada y la pared. Me parece un tanto absurdo que usted se lo tome de esta manera.

-¿De veras? Creo que si usted va a tener el placer y el privilegio de acabar conmigo, debería también de relajarse. Es más, debería de abandonar las formalidades y llamarme de tú.

La asesina se sintió bastante fastidiada por la flema casi cómica del profesor.

-¡Déjese de tonterías! ¡Ya está bien! Se acabó la conversación. Le aseguro que matarle se ha convertido en un juego en el que solo hay una ganadora. Si por mí fuese le abatiría ahora mismo. Pero Latimer es despiadado con quien no sigue sus instrucciones. Así que no tengo otra alternativa. Pero no se preocupe, pronto acabará todo para usted.

Continuará...

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