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Global Omnium

Sobre el blog

Francisco Javier Salguero
Ingeniero Industrial y Máster en Ingeniería Hidráulica y Medio Ambiente. En la actualidad, se encuentra especializándose en hidráulica urbana.
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Joder, cómo escuece. El muy hijo de su madre.

Amanece. 3 de enero de 2100. Hace unos cuatro meses que salimos de Santiago rumbo a Yemen. Según dicen, es una de las pocas zonas habitables que quedan en el planeta. Estamos llegando a la antigua ciudad de Argel y, seamos sinceros, lo encontrado hasta ahora no conduce hacia el optimismo. ¿Ironía del destino? En otras circunstancias, tal vez. En esta, no ha tenido nada que ver.

Se nos ha permitido ser dioses, diseñar a nuestro antojo, hacer y deshacer, viajar casi a la velocidad de la luz, explorar galaxias que nuestros antepasados ni soñaban, teletransportar materias inertes, etc. Sin embargo, nos dejamos apartado lo más importante: la base de todo el equilibrio. La ambición nubló nuestra visión y ahora la solución a nuestros problemas ya no está en nuestras manos, ya nada podemos hacer. Tan solo volver a empezar de nuevo.

No nos podemos quejar. Hace más de un siglo que la comunidad científica nos alertó de los primeros indicios de un cambio global de las temperaturas, ocasionado por los altos niveles de dióxido de carbono y otros gases presentes en la atmósfera. De nuestra propia cosecha, como no.

Las primeras teorías vaticinaban subidas de uno o dos grados en las temperaturas medias globales. Pero nadie acertó en lo que realmente pasaría. Lo que inicialmente se pronosticó como unas condiciones meteorológicas extremas, acentuación de las precipitaciones, deshielo y aumento del nivel del mar, realmente fue un desequilibrio en el ciclo del agua, tal cual lo conocíamos.

Desde siempre, el agua se evaporaba en los océanos, se formaban las nubes, estas transportaban el agua en forma de vapor hasta las montañas, llovía y por filtración llegaba el agua al mar, donde se cerraba el ciclo. Pues bien, el efecto principal del llamado cambio climático fue el comportamiento vertical de este ciclo, haciendo que el agua se evapore y precipite en los océanos. Con ello, todo se derrumbó como un castillo de naipes.

El desastre ha sido progresivo e irreversible, tanto que en los últimos cinco años apenas hemos visto llover más de tres veces. Como consecuencia, las reservas de agua en la naturaleza se han agotado, las sequías han pasado a un estado permanente y ecosistemas completos han desaparecido. Con el paso del tiempo, grandes capitales como Madrid o Barcelona han ido convirtiéndose en auténticos desiertos donde la vida humana, o la vida de cualquier tipo, ha sido cada vez más complicada. Las epidemias han ganando terreno y la especie humana, simplemente, lucha con todas las demás por la supervivencia.

Cada vez somos menos, y aunque la comida la tenemos garantizada para los próximos años debido a los sobres y barritas de súper alimento, el agua escasea. No fuimos capaces de dominarla y ahora pagamos las consecuencias.

Si las cuentas no me fallan, hará 51 días que no nos topamos con una fuente fiable de agua potable.

Coño, ¡escuece!

En esta ocasión, el pincho me ha rozado el costado izquierdo y casi me alcanza una costilla. Seguro que se infecta, aunque ha sido superficial. Por suerte, mi navaja afilada, de palmo y medio, fue más efectiva. El fulano parecía buena persona, no tenía culpa. Ahora bien, nadie, nadie, me arrebatará los 40 litros de agua potable que me quedan para mi mujer y mi hija.

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