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Sobre el blog

Gonzalo Delacámara
Director, Center for Water & Climate Adaptation, IE University. Asesor internacional de la Comisión Europea, el sistema de Naciones Unidas, la OCDE, el Grupo del Banco Mundial y otras instituciones bilaterales y multilaterales.
Molecor
  • "No es necesario ser hidrólogo para saber que el ciclo del agua es continuo"

Habrán leído en muchas ocasiones en los últimos años, incluso en las páginas de este diario, que una de las manifestaciones más claras de la actual crisis financiera y económica es la restricción de crédito (el llamado credit crunch: observen dicha caída en el siguiente gráfico, con datos del Banco Central Europeo).

No se debiera mencionar esa restricción de crédito como el origen de la crisis, desde luego. Más bien al contrario: el free money definía el contexto previo al desplome del mercado de hipotecas de alto riesgo en EE.UU.; la complejidad inédita del sistema financiero internacional, la desregulación y la opacidad del mismo, jugaron igualmente un papel no menor.

Dinero gratis, se decía en EE.UU. Nada es gratis, sin embargo, como se enseña a los estudiantes de economía; el resto de los ciudadanos lo aprenden solos. Esa expresión más o menos feliz se emplea para referirse a situaciones en las que los tipos de interés real de la economía son muy bajos, cuando no cero o incluso negativos, como G. Mankiw solicitaba al presidente de la Reserva Federal de los EEUU en 2009 en este artículo. Quizás los economistas hayan entendido la frase previa pero conviene pensar en aquellos que no lo son: un tipo de interés cero implica que, al vencimiento de un crédito, sólo se devuelve lo prestado (el principal) y no se pagan intereses (es decir, el capital se obtiene sin coste explícito).

Sin embargo, la falta de crédito no es sólo una manifestación financiera de la crisis y el origen de buena parte de los desafíos actuales. Crédito, como es bien sabido, viene del latín crēditus, que comparte raíz etimológica con el verbo crēdere (creer). La caída del crédito financiero viene precedida de una caída previa en el crédito (la confianza) de unas instituciones financieras en otras, de los bancos en los ciudadanos, de éstos en los primeros, de todos en la economía,… Una crisis financiera tiene mucho que ver con una convención que se esfuma, una creencia colectiva que deja de estar vigente. Descubre uno de repente que poco de lo que parecía normal era normal, que como señalaba el novelista norteamericano Don Dellilo en el prólogo de Underworld, “estar aquí es una especie de capitulación espiritual. Vemos sólo lo que otros ven, esos miles que estaban aquí en el pasado, aquellos que vendrán en el futuro. Nos hemos puesto de acuerdo para formar parte de una percepción colectiva”. Y cuando uno abandona esa “alucinación compartida”, como dice Bloom en Everything you know is wrong, o lo que Shiller felizmente llamaba “exuberancia irracional”, deja de dar crédito, deja de creer…

Creer: razón o fe

Creer, sin embargo, no es sólo confiar; también significar profesar o intuir o saber. ¿Es compatible creer en aquello de lo que uno dispone de evidencia y aquello que construye a partir de un legítimo acto de fe? Por supuesto; de hecho todos lo hacemos. Ahora bien, en determinados contextos conviene no mezclar. Las leyendas, los mitos, ayudan a dar un significado simbólico a lo que nos ocurre. Sin embargo, la ciencia, la razón, son imprescindibles cuando se pretende explicar. La verdad, a fin de cuentas, es una construcción.

El problema se da, por lo tanto, cuando hay quienes se empeñan en rebatir datos científicos con dogmas o juicios de valor. El trabajo de un investigador muchas veces consiste en combatir lugares comunes, creencias instaladas en el imaginario popular y que, sin embargo, no pasan el filtro de la razón. Como investigador dedicado a la aproximación del análisis económico a la gestión de recursos naturales (agua, energía, diversidad biológica, etc.) no pocas veces me encuentro, junto a mis colegas, intentando proporcionar elementos de análisis que contribuyan al desvanecimiento de algunas ideas falaces, pero no por ello menos populares.

Hay quienes afirman, por ejemplo, que la siguiente guerra mundial será por el agua. ¿Cuántos de ustedes, al leer esa frase, no le encuentran sentido? Por supuesto hay conflictos en torno al agua en muchos lugares del mundo. De hecho, la gestión del agua es, en sentido estricto, equivalente a la gestión de conflictos (de uso).

No es necesario ser hidrólogo para saber que el ciclo del agua es continuo. Esta evidencia no niega los conflictos sino que desplaza la atención donde el problema verdaderamente reside

Entre 1999 y 2006, por ejemplo, la International Finance Corporation (IFC), organismo dependiente del Banco Mundial dedicado a la inversión privada en países menos desarrollados, aprobó diferentes proyectos de inversión de empresas agroalimentarias peruanas y de otras países en el Valle de Ica (Perú), en la vertiente del Pacífico peruano. Perú es uno de los mayores productores de espárragos del mundo y el valle una de sus principales zonas de producción. La expansión de la agricultura de riego para la producción de espárragos durante esos años ha conducido, entre otras cosas, a la sobreexplotación del acuífero de Ica. Perú es hoy un país con un desempeño macroeconómico notable pero con varios centenares de conflictos vinculados al agua documentados por su Defensoría del Pueblo.

Muchos de quienes abogan por la posibilidad de que un próximo conflicto global sea por el agua, sin embargo, lo hacen argumentando que el agua se agota en el mundo. No obstante, no es necesario ser hidrólogo para saber que el ciclo del agua es continuo, aunque quepan matices en torno al carácter no renovable de ciertos recursos de agua subterránea. Este breve cortometraje de animación (Revolution – Life cycle of a drop of water) lo muestra con claridad, aunque no emplee la sofisticación de la NASA:

Revolution ( Life Cycle of a Drop of Water). from Chris Turner on Vimeo.

Esta evidencia no niega la existencia de conflictos sino que simplemente desplaza la atención donde el problema verdaderamente reside, lejos de creencias irracionales: la debilidad institucional de los encargados de gestionar el dominio público, la propia fragilidad del concepto de dominio público en muchos lugares, las carencias de la planificación hidrológica, la existencia de incentivos económicos perversos, la definición imprecisa de los derechos de uso y aprovechamiento de agua, etc. Lean, por ejemplo, lo que decía en 2007 Alan García (entonces Presidente de la República del Perú), en un artículo llamado El síndrome del perro del hortelano, una verdadera llamada al uso (no necesariamente sostenible) de los recursos naturales del país.

El determinismo siempre se abre paso con facilidad. También las leyendas. Quizás no sea el periodismo amarillista la única disciplina en la que se recurre al cinismo para afirmar que la verdad no debe arruinar una buena noticia. Sin embargo, lo verdaderamente crítico no es que se impongan ciertas ideas falaces sino que las mismas impiden enfocar de modo adecuado desafíos muy tangibles. No es solo que sean incorrectas, es que son contraproducentes para avanzar hacia una economía más sostenible. 

Esta entrada ha sido publicada originalmente en el diario El País y ha sido replicada aquí con la autorización expresa del autor.