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Sierra del Guadarrama: la fábrica de lluvia (y 2)

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Sobre el blog

Jacobo Maldonado González
Socio de Entorno Producciones y Estudios Ambientales S.L. Desde 1988, especializados en Medio Natural y Educación Ambiental. Ingeniero de Montes Asociados a ASEMFO (Gerente: Arancha López de Sancho Collado)
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... Viene de Sierra de Guadarrama: Fábrica de lluvia (1)  

Regularidad y calidad del agua de la sierra

El tercer mayor visitado era un anciano de gran nariz, abierta en dos fosas nasales peludas capaces de captar los más finos matices del viento: humedad, olores, temperaturas, densidad... Era además extremadamente delgado, lo que le hacía especialmente sensible al frío y al calor pues gustaba de exponer al aire la piel de brazos y piernas. Su olfato sensible, sus manos habilidosas y un buen sentido del gusto le habían convertido en un gran cocinero, experto en fuegos, lares y humos cuyo comportamiento gustaba observar. Distinguía los días de humos ascendentes de los días de humos pegados a la tierra. Las humaredas de los hogares le hablaban de la dirección e intensidad de los vientos de su carga de humedad y de la presencia de pequeñas partículas en el aire. Cuando no cocinaba o trajinaba con el fuego, su mirada estaba siempre puesta en las alturas y en el cielo. Era amigo de leer las nubes, los halos de luna y sol y de reconocer la procedencia de otras tierras, de las rojizas lluvias arcillosas.

En el momento de la visita de Diosa Madre, el sensible viejo soñaba que era una araña de cuatro patas que, agitando sus largas extremidades, volaba transportada por el viento colgando de unos pocos hilos de seda como un navío sin mar, a la deriva, en el océano atmosférico. En su vuelo ascendía laderas, resbalaba al fondo de valles, remontaba collados y volvía a descender por vaguadas en dirección SO-NE. Diosa Madre comprendió enseguida lo que necesitaba su pueblo. Giró primero un octavo de día, la dirección de la Sierra hasta orientarla en el sentido de los vientos visualizados. A continuación hundió sus grandes manos en el sistema montañoso y modelo una sierra más compleja, en forma de aspa con brazos de distintos tamaño, manteniendo la altura y el volumen inicial.

...el sensible viejo soñaba que era una araña de cuatro patas que, agitando sus largas extremidades, volaba transportada por el viento colgando de unos pocos hilos de seda como un navío sin mar, a la deriva, en el océano atmosférico

Durante todo un tercer año observó el paso de las estaciones y sus distintos fenómenos meteorológicos. Las gotas frías de septiembre eran atraídas de algún modo hacia la Sierra como resultado de la fuerte insolación recibida por las laderas orientadas al Sur y las fuertes corrientes ascendentes de aire caliente que “brotaban” de sus laderas. Las tormentas de verano, tan beneficiosas para la vegetación y el renacer de la vida vegetal, se hicieron más frecuentes y más intensas. Las primeras borrascas del otoño fueron efectivas independientemente de su procedencia del Este y del Oeste y, gracias a la nueva orientación de sus cordales, las precipitaciones se extendieron en toda su longitud sin disminuir en cantidad.

Durante el invierno los temporales del Norte se sumaron a los del Oeste dejando precipitaciones en todas las vertientes siendo especialmente eficaz la recolección pluviométrica en aquellas laderas que miraban al septentrión. La presencia de una cabellera de nubes cuando los vientos provenían del Norte, se convirtió en algo habitual incrementándose las precipitaciones horizontales de nieblas, rocíos y cencelladas.

En primavera los temporales fueron de orígenes y génesis variadas. El efecto continental propio de los meses de mayo y junio se acumulaba a las borrascas del Oeste y del Este y el agua llegaba en los meses más favorables para el desarrollo de la vida. La presencia de diferentes orientaciones, valles y caminos del viento que la nueva estructura en aspa asimétrica de la Sierra generaba, permitía que, de una u otra forma, no se escapara ningún temporal sin descargar algo de agua. El sistema de captación estaba consolidado.

El pueblo carpetano estaba feliz. Su población progresaba pero todavía la sequia estival se podía hacer bastante dura, sobre todo en los ciclos de años más secos, donde cauces y pozos volvían a agostarse. Este hecho generaba crisis periódicas de importantes efectos recesivos en la vida y la economía de los habitantes del territorio.

Los carpetanos parecían tener que resignarse a vivir con ciclos de años de bonanza alternando con años de pertinaz sequía, que anulaban los avances realizados en los años de vacas gordas. De vez en cuando, con menor frecuencia, se producían fuertes precipitaciones que arrastraban aún muchos materiales hacia las zonas más bajas. Aguas marrones y turbias, que disminuían la disponibilidad de agua potable y ponían en riesgo cultivos y edificaciones situadas en las vegas más fértiles.

Diosa Madre quiso hacer un último esfuerzo y, esta vez, decidió realizar su visita nocturna a una mujer de ojos negros, mirada inquieta, e inquisidora y dedos fuertes y hábiles: la curandera. Sabía de remedios para las enfermedades más habituales entre los que destacaban los ungüentos, las tisanas o las formulas magistrales hechas con elementos naturales especialmente procedentes de plantas con carácter medicinal que ella misma recolectaba. Aquella noche, la curandera soñaba que atravesaba, descalza un bosque cambiante en el tiempo y en el espacio, donde podía encontrar todo tipo de productos para curar los males de sus vecinos. Estaba inquieta porque no daba a basto a recolectar entre tanta bondad natural y desde sus pies ascendían unas sensaciones energéticas que la hacían sentirse feliz al pasear por un tapiz de plantas y flores bellas en su diversidad, bajo un palio vegetal que filtraba la luz solar, protegiendo y conservando en el suelo la humedad necesaria para la vida y la abundancia.

Diosa Madre se puso por última vez manos a la obra y emprendió su acción final. Decidió ser algo egoísta y pensó no solo en su pueblo sino también en la comunidad divina y quiso crear un territorio de calidad para los Dioses que regían el mundo (3). Cubrió la Sierra, ahora un sistema montañoso más complejo, de una alfombra de bosques y matorrales diversos. Bosques que cambiaban con la altura pasando de encinares, a rebollares y pinares de pino silvestre. Que cambiaban con la morfología del terreno, diversificándose hacia bosques norteños y atlánticos en las umbrías y hacia formas más mediterráneas en las solanas. En los pies de montes y cambios de pendiente, las fresnedas tapizaban el suelo, alimentadas del agua siempre presente para sus raíces de procedencia subterránea. En los valles abiertos a los vientos del oeste, sembró una alfombra verde brillante de gayuba y en las umbrías de los mismos ubicó brezales morados, en primavera.

Diosa Madre se puso por última vez manos a la obra y emprendió su acción final. Decidió ser algo egoísta y pensó no solo en su pueblo sino también en la comunidad divina y quiso crear un territorio de calidad para los Dioses que regían el mundo (3)  

Observo, de nuevo, esta vez durante varios años, recogiendo matices singulares y, al mismo tiempo, esenciales que se manifestaban en el ciclo hidrológico anual. Para ello se fijo especialmente en los caudales de los ríos y en la presencia de agua en manantiales y pozos. Vio que los caudales de verano variaban en menor cantidad fuese una año lluvioso o seco, se mantenían más o menos constante a lo largo de los años, y al menos un hilo de agua corría por las cuencas más pequeñas. Los pozos sufrían en verano, pero no se secaban. La vegetación y el bosque, consumía agua, pero al mismo tiempo, durante las temporadas más lluviosas y frías, desde octubre hasta abril, conseguían que la totalidad del agua se infiltrase en el suelo y una gran parte de la misma fuera a alimentar los acuíferos y posteriormente de forma retardada, llegaba a los ríos. La cantidad de agua recolectada de esta forma aumentaba con la altura, pues las precipitaciones eran más abundantes y al mismo tiempo, por el frío, la vegetación consumía menos agua. En definitiva los bosques de montaña, consumían menos proporción de agua que los de las mesetas y conseguían infiltrar mayor cantidad y proporción de agua camino de los acuíferos. Por otro lado el agua que llegaba a arroyos y ríos lo hacía libre de partículas y arrastres, siendo de una calidad excelente para la vida de personas y animales.

El bosque se lleno de vida que acompañaba a los Dioses y los carpetanos fueron capaces de apreciarlo y quererlo en su justa medida. La que marcaba la renovabilidad de los recursos que extraían del mismo y el aporte de aguas limpias a lo largo de todo el año bien en corrientes superficiales, bien extraída de acuíferos a partir de pozos y manantiales. Por fin la Sierra de Guadarrama proporcionaba agua durante todo el año, limpia y sin grandes riesgos de avenidas. Para ello Diosa Madre había creado un sistema montañoso, suficientemente alto, inmejorablemente orientado, diversificado para aprovechar todos los temporales y cubierto de una alfombra vegetal que garantizaba la presencia del agua todo el año a partir de la infiltración de los sobrantes de los 9 meses lluviosos, y la calidad y regularidad de los caudales a lo largo de los años.

Diosa, dioses y carpetanos eran felices y fueron año a año, decenio a decenio aprendiendo a obtener los mejores frutos del regalo inmenso que suponía la montaña mediterránea.

(3) Según la wikipedia, los carpetanos otorgaban un destacado papel a los árboles y bosques como lugares donde habitarían los dioses y a la existencia de santuarios a cielo abierto donde éstos serían adorados.

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