El verano en el monte mediterráneo

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Sobre el blog

Jacobo Maldonado
Socio fundador de Entorno Producciones y Estudios Ambientales S.L., Ingeniero de Montes y miembro de ASEMFO (Asociación Nacional de Empresas Forestales Contacto: Arancha López de Sancho Collado)
  • Los sistemas radicales de las especies arbóreas mediterráneas, son el reflejo de su adaptación al estiaje mediterráneo

Como muy bien sabemos todos, la estación más desfavorable para las masas forestales mediterráneas es el verano. La máxima demanda de agua de la vegetación en concepto de evapotranspiración, coincide con la mínima disponibilidad de este preciado líquido. No llueve y las reservas del suelo se han agotado. Ante esta situación, distintas especies mediterráneas responden de muy diversas formas. Todas ellas convergen en la paralización casi total de la actividad fisiológica. La flora mayor ofrece un follaje duro, cubierto de vello, que cierra sus estomas y se mantiene a la espera de la llegada de las precipitaciones de otoño. La flora menor, en especial las herbáceas, se agosta: o bien son plantas anuales que ya han cumplido su ciclo reproductivo, o bien pierden su parte aérea, manteniendo su capacidad regenerativa al resguardo de la evaporación, bajo el suelo.

El balance hídrico mediterráneo no admite simplificaciones excesivas ni soluciones homogéneas

El mes de junio es el mes del cambio radical. En menos de dos semanas se pasa de un máximo de actividad ligado a las últimas borrascas de primavera, alta insolación y elevadas temperaturas, al estiaje veraniego y la parada fisiológica. Estamos ante la gran siesta o el gran sueño del verano vegetal. Da lo mismo estar en un suelo profundo en llanura que en un suelo esquelético en pendiente. La elevada evapotranspiración potencial acaba con las reservas de cualquier suelo en 15 días. Este año, en concreto, este fenómeno ha llegado con dos o tres semanas de retraso, no tanto por la abundancia de precipitaciones, como por el descenso en la temperatura media primaveral. El proceso es reflejado por los diversos tipos de vegetación de una manera muy evidente: gramíneas, crucíferas y otras grandes familias se agostan y esparcen sus semillas; las compuestas de tallo verde y los cardos, aprovechan para florecer y agostarse sin solución de continuidad; el follaje de encinas y alcornoques deja de crecer y los pinos mediterráneos dan su estirón al amparo de las últimas reservas de agua en el suelo. El crecimiento es mayor en terrenos arenosos o yesosos donde las raíces pueden profundizar más en busca de agua que en otros arcillosos o esqueléticos donde los sistemas radicales son superficiales. Mientras tanto, en la montaña, sucede lo mismo con alguna semana más de retraso, a favor de las menores temperaturas.

En suelos arenosos las raíces de una encina pueden superar en volumen las de su copa aprovechando al máximo el agua infiltrada y retrasando el estiaje una o dos semanas en relación con las herbáceas anuales.

La densidad de la masa forestal mediterránea, presenta un albedo (porcentaje de radiación reflejado) que varía con su densidad. A menor densidad, mayor albedo, ya que la masa es más clara vista desde el cielo. La razón está en la presencia de plantas anuales en el subpiso herbáceo que adquieren un color pajizo. A mayor densidad el tono y el color son más oscuros. Este hecho supone que el territorio, en sentido global, absorbe más radiación y se calienta más en las zonas más densas y sucediendo lo contrario en las zonas más claras. A vista de satélite, un prado en verano es de color claro, una dehesa es verde claro y un bosque es de color oscuro. Evidentemente este hecho tendrá que ver en el balance de las precipitaciones que llegan al suelo, aumentando la evapotranspiración y modificando los valores de este concepto bajo las cubiertas arbóreas. El balance hídrico final, es difícil de evaluar, pero es de suponer que la optimización del mismo por la vegetación, coincidirá con las formaciones de máxima naturalidad, mientras que la optimización de la evapotranspiración desde el punto de vista cultural (acción humana) coincidirá con los paisajes tradicionales.

La irregularidad del clima mediterráneo en relación a las precipitaciones no se refleja de forma biunívoca en el caudal disponible

Una visión global del sistema, lo proporcionan las pequeñas cuencas forestales por lo que son objeto de interesantes investigaciones. El caudal de los arroyos y barrancos que las desaguan tiene un comportamiento singular y característico. La irregularidad del clima mediterráneo en relación a las precipitaciones no se refleja de forma biunívoca en el caudal disponible. Años muy lluviosos y años muy secos, no generan caudales anuales muy altos y muy bajos, sino variaciones menores en los mismos. La razón es sencilla, el agua disponible por encima de la media es utilizada por la vegetación para crecer aumentando la evapotranspiración real, normalmente muy por debajo de la evapotranspiración potencial. En consecuencia quedan muy pocos caudales sobrantes para los arroyos. Por el contrario en años secos, la vegetación se paraliza más tiempo y baja su demanda de agua, por lo que la disminución proporcional del caudal no se produce. En otras palabras el caudal, en años lluviosos y secos depende de los sobrantes (superávits) de los meses fríos, pues en los meses de actividad vegetativa el agua de las precipitaciones es aprovechada casi en su totalidad por la vegetación. Podríamos añadir para entender mejor este proceso, que los caudales máximo de los arroyos en zonas ajenas a regímenes hídricos nivales, se alcanzan al final del invierno, con máximas precipitaciones, mínima evapotranspiración y máxima capacidad de retención de agua en el suelo.

En ausencia de vegetación, esas mismas cuencas, se comportan de forma totalmente distinta debida a la escorrentía. Un suelo desnudo, o cultivado genera escorrentías superiores al 50% de la precipitación. En estos casos precipitación y caudal disponible, están estrechamente ligados. Dicho caudal, va asociado a importantísimos procesos erosivos de difícil reversión, con consecuencias económicas y sociales muy negativas.

El monte mediterráneo en verano, duerme a la espera de tormentas copiosas o de la llegada de las borrascas de otoño. Si las primeras son abundantes y frecuentes, los matorrales y árboles mediterráneos son capaces de aprovechar parte de sus recursos hídricos, reactivándose precozmente. Primero las especies vivaces o perennes con mayores sistemas radicales superficiales, a continuación la “flora mayor” con sistemas radicales profundos y por último las anuales que germinan en otoño. Este hecho, es muy evidente en zarzales, donde dependiendo de la frecuencia e importancia de las tormentas veraniegas, el crecimiento y la fructificación son el mejor reflejo de la calidad productiva del año meteorológico.

El adecuado conocimiento de este complejo equilibrio hídrico, acompañado de las medidas de gestión adecuada, tiene un elevado potencial de aplicación en la gestión de las masas forestales con fines hidrológicos. Más allá de la protección contra la erosión, hay un conjunto de matices de gran importancia ecológica y económica por descubrir. Todo ello bajo la premisa de que el balance hídrico mediterráneo, no admite simplificaciones excesivas, ni soluciones homogéneas. Requiere del conocimiento local y de una visión interdisciplinar acorde con la multifuncionalidad de las masas forestales mediterráneas y su especificidad ecológica. 

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