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¿Ha cambiado el reparto estacional de la lluvia en España?

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Sobre el blog

Javier Martín-Vide
Director del Instituto de Investigación del Agua (IdRA), Universidad de Barcelona.

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La nueva realidad del cambio climático antrópico, cuya manifestación más visible es el calentamiento global -inequívoco, según el IPCC (2014)-, ha centrado la atención de los especialistas en el aumento de la temperatura. Los 0,85ºC de incremento global en el periodo 1880-2012 o el, redondeando, grado centígrado en la España peninsular y Baleares suponen un cambio sustancial del clima, con un alto nivel de confianza estadística. Los modelos climáticos, que constituyen la herramienta más potente para entrever el clima futuro, confirman que el calentamiento continuará en las próximas décadas, aun reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero, por la inercia del sistema climático.

La precipitación, en cambio, no ha mostrado un comportamiento general en el mismo período. Hay que recordar que en un planeta cálido la precipitación es mayor que en uno frío, porque la evapotranspiración aumenta, por lo que habrá mayor cantidad de vapor de agua en la atmósfera, que debe retornar a la superficie en forma de precipitación. Sin embargo, la dinámica atmosférica dará lugar a cambios de signo diferente dependiendo de la zona del planeta. En efecto, los modelos proyectan aumentos de precipitación en las latitudes medias y altas de ambos hemisferios y en el ecuador, mientras que en amplias zonas tropicales y subtropicales, España incluida, la lluvia se reducirá. Europa, en particular, verá aumentar la precipitación en el norte del continente, mientras que la cuenca del Mediterráneo será más seca que en la actualidad.

Los modelos climáticos confirman que el calentamiento continuará en las próximas décadas

En España, las series pluviométricas más largas, seculares, no muestran de momento una tendencia general estadísticamente significativa. Así ocurre, por ejemplo, con la series de precipitación anual de los observatorios del Retiro de Madrid (de la AEMET) y Fabra de Barcelona (de la RACAB) en el último siglo. Es cierto que cuando se eligen períodos más cortos, por ejemplo, desde 1950, aparecen algunas tendencias a la baja. Lo que sí ha cambiado de una forma sustantiva es el régimen pluviométrico estacional, es decir, el reparto porcentual de la precipitación entre las cuatro estaciones. Con un indicador muy simple, usando las iniciales de los nombres de las estaciones en orden decreciente de cantidades, al agrupar el invierno los promedios de diciembre, enero y febrero; la primavera, los de marzo, abril y mayo, y así sucesivamente, existen 24 permutaciones posibles. Pues bien, en España hay nada menos que la mitad de las posibles, lo que refleja la gran variedad pluviométrica del país. Así, el régimen OIPV, que posee Valencia, indica que el otoño es la estación más lluviosa, seguida por el invierno, luego la primavera y el verano la más seca. O el régimen IOPV, que tiene Sevilla, encumbra al invierno como la estación más lluviosa y al verano como la más seca, quedando las estaciones equinocciales en medio. Pues bien, al comparar las series de 2.670 observatorios de la España peninsular de los períodos 1946-1975 y 1976-2005, es decir, de un treintenio anterior al inicio del cambio climático con uno en pleno calentamiento, se aprecia que los máximos invernales, característicos del norte de España, el oeste de la Meseta norte y media Meseta sur, así como gran parte de Andalucía, no han variado. Dos sectores con máximos estivales, en el Pirineo catalán y en el sur de la cordillera Ibérica, auténticos nidos de tormentas, siguen presentes, aunque el primero reducido. El cambio, muy llamativo, es que los máximos otoñales de la franja oriental se han extendido hacia el interior de la Península, a costa de los máximos primaverales, que eran típicos de buena parte de la Meseta norte, la mitad oriental de la sur y el valle del Ebro (De Luis, Brunetti, González-Hidalgo, Longares y Martín-Vide, 2010).

En resumen, ha cambiado el patrón estacional de la lluvia en extensas partes de España, con la repercusión que esto tiene en las actividades agrarias, sobre todo del secano, que requiere como “agua de mayo” las lluvias de primavera.