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El agua, producto elaborado

  • agua, producto elaborado

El agua natural no es potable. La potabilidad está asociada a la aptitud del agua para su consumo y eso no sólo requiere de unas determinadas características físicas, químicas y bacteriológicas en el punto de consumo; esas características también deben estar garantizadas a lo largo del tiempo.

La garantía se alcanza mediante diversos mecanismos que actúan de forma complementaria.

  1. Mediante el conocimiento de las características del agua captada. Esas características y su eventual variación en el tiempo en función del régimen de lluvias u otros factores son las que determinan el tratamiento a que debe someterse el agua para alcanzar las condiciones exigidas por la normativa sanitaria. Lógicamente, si se puede escoger, el agua se capta de la fuente más próxima que requiera menores tratamientos y cuyas propiedades sean más estables. Así se inducen costes de tratamiento inferiores. Las aguas subterráneas suelen tener ventaja respecto a las superficiales respecto a su calidad y estabilidad aunque, en sentido contrario, inducen costes adicionales de elevación a la superficie.
  2. El correcto mantenimiento de la red de distribución. Ello incluye la limpieza de los depósitos y eventualmente las purgas de determinados ramales de red, pero también el aseguramiento de que toda la red está sometida a presión, de manera que no puedan producirse intrusiones externas.
  3. El correcto mantenimiento de las instalaciones interiores de los abonados de manera que el agua suministrada por la red mantenga sus características hasta el punto de consumo.
  4. El adecuado control y verificación de funcionamiento del sistema mediante muestreo y análisis del agua de acuerdo con los criterios exigidos por la normativa sanitaria.

Así pues, la potabilidad es la síntesis de las especificaciones exigibles y su garantía de estabilidad en el tiempo. Las especificaciones son parámetros que se alcanzan mediante las tecnologías de tratamiento y de gestión. Es posible, aunque cada vez menos frecuente, que determinadas fuentes naturales respondan a las exigencias sanitarias. Pero la menor frecuencia no debe confundirse con la realidad: la garantía alcanzada mediante los tratamientos no tiene nada que ver con la que históricamente dieron las fuentes naturales. Ahí está la historia de la mortalidad infantil en el mundo, nuestra propia historia no tan lejana, pues al menos los más viejos la recordamos perfectamente.

A propósito de ello, las circunstancias del momento nos ponen frente a una nueva reflexión. En efecto, el incremento de la presión sobre los usos del agua ha planteado casi consecutivamente dos nuevos debates: el de su uso eficiente y el de los nuevos recursos de agua, las aguas salobres y el reuso de agua depurada.

Sobre el uso eficiente se ha hablado mucho en las tres últimas décadas, pues está asociado a la sensibilidad ambiental que tomó impulso en las ciudades conforme avanzó el conocimiento de los límites de los recursos naturales i la forma desconsiderada en que nuestro modelo económico de desarrollo los ha tratado.

Pero inevitablemente, el avance de la aridez y el crecimiento urbano ha planteado otro tema esencial: el aprovechamiento de nuevos recursos de agua, en especial de aguas salobres y saladas, y más recientemente, la evidencia del reuso de aguas.

El reuso es algo natural aguas abajo, pues en los cursos de agua la captación no puede distinguir entre la aguas que bajan: fueran o no captadas aguas arriba, son la materia prima con que se aprovisionan la mayoría de usuarios, pues la demografía de las cotas bajas y litorales es más intensa que la de las zonas de montaña.

La cuestión se plantea, desde hace años, en el ámbito de la sensibilidad. Sabemos que hay tecnologías para obtener las calidades más exigentes, pero el reparo de usar aguas ya usadas ha sido inevitable y coloquialmente se expresa a veces de la forma más peyorativa.

La realidad está aquí y lo cierto es que las características de la materia prima condicionan el tratamiento. Pero sea cual sea esa calidad, las especificaciones finales deben ser las mismas. Y pueden serlo. Esa es la cuestión que en las zonas áridas se plantea en toda su crudeza.

Por eso conviene insistir en que el agua potable es un producto elaborado. Si se quiere, un producto industrial en el que, más que el origen, lo que importa es la calidad del producto acabado. Como todo aquello de lo que nos servimos. De esa forma, dar nueva vida al agua, no sólo resulta inocuo desde el punto de vista sanitario sino que permite compatibilizar las políticas de servicio público con el respeto a las masas naturales y su capacidad ecológica. No somos pioneros. Se trata tan sólo de recuperar algunas tradiciones perdidas como la recogida y aprovechamiento de aguas grises, y de aplicar las tecnologías disponibles que otros países más áridos ya maduraron tiempo atrás.

Por no decir que aquí hay un interesante recorrido para profundizar en la investigación de fórmulas específicas adaptadas a nuestro entorno climático y urbano.