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La economía del agua (y 3)

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Así pues, el sesgo privatizador de nuestra administración pública es explícito y acrítico. Ya que no en el análisis intelectual, habrá que buscar su fundamento en otros predios, ya sean la falta de sentido de lo público o la acción eficaz de los lobbies. Como explica un profesional del lobbismo, “Yo soy un traductor. Yo traduzco el ‘si se aprueba esa ley yo pierdo estos millones’ a ‘si se aprueba esta ley tenemos un problema de interés general”. [1]

En ese contexto, trufado de intereses y huérfano de objetividad nació, como fruto de diversos foros celebrados en los dos últimos años, el Libro Blanco de la Economía del Agua. Bien es cierto que algunos de los ponentes están seleccionados para prestigiar el foro. Poco conocedores de las dinámicas del sector, sus apelaciones a los grandes principios de la economía o de las conductas públicas no interfieren los mensajes de fondo. Estos se aprecian mejor por la falta de contraste interno entre voces y opiniones del sector con capacidad de análisis y debate que pusieran en duda los mensajes.

Aún resuenan las palabras del alcalde de Valladolid, invitado obligado del foro celebrado en esa ciudad con ocasión de la recuperación de la gestión del agua por la ciudad, cuya intervención ha sido omitida. No fue un ponente pero hay que reconocer que lo que dijo merecía la pena ser citado.

Como ejemplo del tratamiento temático se pueden citar algunos ejemplos:

  1. “La prestación de los servicios coexiste con numerosos fallos de gobierno del agua”. Muy cierto. Nuestro país es el que es y tiene la historia que tiene. Sin ir más lejos, ahí está la historia de Barcelona [2]. La recuperación de los déficits de gobierno ha sido lenta y a contracorriente. Y la mayor oposición a esa dinámica se ha observado cuando se ha intentado tener una visión no mediatizada de la situación del servicio. Siendo así, el diagnóstico que se ofrece en la ponencia quizá hubiera debido analizar y profundizar un poco más.
  2. “Los precios deben ser señales de escasez”. Muy cierto. El agua es un bien escaso que en general resulta subvencionado en sus costes aparentes. Y del que estamos lejos de comprender los costes reales en su ciclo completo. Pero esa paradoja coexiste con zonas opacas en las que los costes soportados por los usuarios no responden a criterios objetivos del ciclo del agua. ¿Fallo de gobierno? Sin duda. Pero también opacidad y resistencia de quien debiera limitarse a obedecer y ser transparente. En ese contexto, la apelación al principio de que el precio es un acicate para el uso responsable de un bien escaso, aparece como meramente retórica.
  3. “La atomización de la distribución y su regulación no resuelven el problema de la escasez del recurso”. Es como decir que las pescaderías de barrio no resuelven el agotamiento de los recursos pesqueros. Sin duda el autor ignora el papel de las Confederaciones Hidrográficas, o cree que ya hacen todo lo que pueden para administrar correctamente el agua en las distintas fases de su ciclo.
  4. “El sector de gestión del agua fue en el que más creció la inversión durante el largo período expansivo de la economía española”. Cierto, pero no fue debido a dinámicas internas del sector, que se limitó a aprovechar una coyuntura en la que confluyeron la inversión urbanística (no hay que olvidar que el abastecimiento de agua es un servicio de esa naturaleza) y los fondos de cohesión que llovieron abundantemente sobre el ciclo del agua. La mayor parte de la inversión fue pública, no privada.
  5. “En España se cumplen los objetivos de desarrollo sostenible de acceso universal de la población y a buen precio”. Esa alegre afirmación omite que ello ha sido posible gracias a las políticas municipales que en las ciudades han formado capital público redistributivo a partir de los procesos urbanísticos mencionados.

Son ejemplos de afirmaciones descontextualizadas que sirven de meras apoyaturas a la defensa de un mercado donde hay, todavía, un servicio público.

Entre los costes soportados por los usuarios del agua, la tarifas urbanas son las que mejor reflejan una cierta aproximación a los costes reales, pues también se refieren a un servicio que exige las máximas garantías. Y quedan por resolver muchas cuestiones:

  • Cómo va a ser la reposición del capital acumulado en su día cuando se tuvo acceso a los fondos europeos.
  • Cómo se va a financiar tanto saneamiento pendiente de construir y/o de explotar.
  • Cómo la nueva frontera de la economía circular va a alcanzar ese horizonte de eficiencia que se anuncia y si vamos a ser capaces de financiarlo.
  • Cómo se van a comportar los costes energéticos en el futuro. Desde algunos foros se proclama la certidumbre de que van a evolucionar a la baja, lo cual necesita de verdaderos actos de fe, a la vista de lo que sucede en la actualidad.
  • Y aún, cómo el horizonte de eficiencia va a reducir las necesidades netas de energía asociadas al ciclo del agua.

Claro que aquí intervienen nuevas variables, como la interrelación entre sectores que ofrece el aprovechamiento de aguas regeneradas y los costes de oportunidad que en cada caso motiven a los actores. Ese es un nuevo disruptor en manos de las administraciones hidráulicas que, debidamente tratado, podría dar sus frutos.

Quien ignora la economía difícilmente comprenderá la realidad. Pero ay de aquel que mire al mundo con antiparras económicas: no verá más que lo que ellas le permitan y aún forzado por la escasa funcionalidad del instrumento, más pensado para proteger que para comprender.

Quizá, en fin, todo sería más claro si se pudiera conocer el esquema financiero que ha hecho posible la iniciativa de esos foros.

[1] Haciendo lobby: así funcionan los grupos de presión en España. El País, 28 de abril de 2018

[2] Ver Barcelona y el agua. Iagua, 23/03/2018

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