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Eufemismos, omisiones y frivolidades

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No es ese es el lugar para enjuiciar la gestión de la alcaldesa Colau en su conjunto. Pero llama la atención que la firmeza con que Barcelona defiende la posición municipal en relación al agua, insólita en la historia de la ciudad, imprescindible para establecer una relación con cualquier empresa del sector de los servicios públicos, sea respondida con desprecio e incluso fiereza desde sectores que nunca criticaron la tibieza o indiferencia con que el ayuntamiento trató la cuestión durante más de un siglo.

Así pues, la cuestión se propone desde diversos ámbitos: se compara a Ada Colau con Manuela Carmena sin tener en cuenta que los contextos son distintos: los problemas internos del ayuntamiento, los entornos políticos. Las personalidades, también.

Se pierde el respeto a representantes públicos mientras se aplaude o se guarda un respetuoso silencio en algunas exhibiciones que rayan el mal gusto.[1]

Se afirma que “el año 1859 se aprobó el proyecto de reforma y ampliación del Ensanche de Barcelona, y Aguas de Barcelona acompaña este proceso de crecimiento y modernización de la ciudad a partir de 1867, con la inversión de capital belga.”[2] El microrrelato, limpio y sugerente, ofrece una visión neutra e incluso cooperativa de esa relación entre la empresa y la ciudad, pues la palabra “acompañar” sugiere cooperación desde la independencia y ausencia de conflicto entre las partes.

En esas condiciones, el mensaje subliminal es: ¿por qué aventurarse desde lo bueno conocido a lo desconocido y dudoso?

Es conocido que la actitud histórica del consistorio barcelonés evolucionó de la impotencia inicial, propia de una ciudad que estaba ocupada militarmente, al desinterés y a la pasividad reactiva, es decir a la toma de decisiones a instancia del actor privado, que ha sucedido hasta épocas muy recientes. Sin mencionar momentos más crudos.

Esos antecedentes no permiten afirmar alegremente, como se ha dicho, que en Barcelona, hay “un modelo centenario de colaboración público privada de éxito sin el cual no sería posible el desarrollo económico de Barcelona y su área metropolitana”[3].

No se sabe qué hubiera sucedido si no hubiera pasado lo que ha pasado. Hay suficiente literatura disponible para comprender el cúmulo de circunstancias que impidieron que las cosas fueran de otro modo. Baste recordar que en épocas muy determinantes Barcelona tuvo alcaldes relacionados con el negocio del agua que, más allá de su particular concepto de la acción política, pusieron poco interés en que las cosas fueran de otra manera[4],[5]. Y así, durante muchas décadas, el agua corriente fue un producto de lujo fuera del alcance de la mayoría de la población. Esa es la forma en la que ese modelo acompañó el desarrollo de Barcelona, al margen del control público. ¿Dónde estuvo la colaboración público privada aludida?

De esa manera, esos autores asignan a la palabra la función mágica de substituir a la realidad.

El entorno financiero de muchos sectores, ya sea por vía de propiedad o de publicidad, establece los límites de lo que se puede decir u opinar. Los medios se deben a sus accionistas y a la publicidad. Así se entiende que algunos temas banales tengan tanto espacio y otros aspectos cruciales para la comprensión de la realidad no tengan ninguno. Y otros aparezcan adaptados al interés de parte que acoja cada medio.

Ciertamente la contratación publicitaria tiene un doble efecto para la imagen del contratante: el del contenido estricto de la campaña que se diseña y el efecto añadido de silenciar a los contratados, pues no desean perder un buen cliente.

Eso sería muy comprensible en el ámbito estrictamente privado de un servicio no regulado. Pero no es el caso. Si alguien puede destinar generosos excedentes a financiar campañas de imagen es legítimo pensar que, al margen de que sean o no procedentes, hay un excedente de la tarifa que no era necesario para la prestación del servicio. Dicho de otra manera, el regulador ha sido excesivamente generoso con los costes reconocidos que justifican la tarifa aprobada.

Los medios digitales, por su bajo coste, facilitan la proliferación de iniciativas dedicadas a investigar las entrañas de nuestra sociedad, de nuestra economía, de nuestras instituciones. Surgen organizaciones más o menos anónimas respecto a su financiación, con algunas caras que les prestan rostro, a veces vinculadas a algún organismo universitario, sugieren objetividad en aquellas cuestiones más delicadas en las que el interés de quien las promueve queda disimulado.

En la defensa de lo público se han cometido muchos errores. Y se observan planteamientos ingenuos cercanos al voluntarismo y alejados de la experiencia. El aprendizaje no es fácil ni rápido. No es fácil moverse frente a intereses muy consolidados y poderosos. No es rápido conocer los mecanismos de administración y gobierno de un servicio complejo y sensible en el que la técnica, la economía y la relación con los ciudadanos deben cristalizar en resultados exigentes.

En el otro lado se utilizan variados instrumentos para dificultar la iniciativa pública. Algunos son muy visibles y directos. Otros, no. Por ejemplo, es difícil comprender el origen de tantos recursos económicos que ahora caen como lluvia fina sobre los procesos de participación pública o sobre las tarifas sociales, con la paradójica pretensión de suplantar a la acción pública.

Hablar de la paja en el ojo ajeno siempre ha sido un recurso para disimular el interés propio y dificultar que la sociedad avance. Así se entiende que en conflictos complejos como lo fue la privatización de la gestión de ATLL se escudriñe en la gestión de la Generalitat –ciertamente desafortunada y con raíces profundas-, se critique el contenido y determinados aspectos de la oferta ganadora, y no se haga ningún comentario sobre el papel histórico y las pretensiones de otros actores. Cuánto bien harían a la sociedad esos reporteros si investigaran a fondo las causas de aquello que critican y los motivos de los actores.

Del rincón en el ángulo oscuro, olvidada y cubierta de polvo. La verdad, como el arpa de don Gustavo.

[1] Véase el Club de Amigos de la Llave de Barcelona y las noticias que genera. Catalunya Press, 8 de febrero de 2018. En un solo titular reparte incienso y palo.

[2] Ángel Simón. Aguas de Barcelona, 150 anys al servei de la ciutat (1867-2017). Fundació Agbar, 2017.

[3] Barcelona sin rumbo. José Carlos Díez, el País 12 de abril de 2018.

[4] Manuel Girona (1817-1905) fue fundador del Banco Hispano Colonial. Entre 1860 y 1864 promovió un acueducto en el río Besós para llevar agua a Barcelona. Fue alcalde de Barcelona (1876-1877).

[5] Darío Romeu, Barón de Viver (1886-1970) fue consejero y presidente del Banco Hispano Colonial, y consejero de la Sociedad General de Aguas de Barcelona. Fue alcalde de Barcelona (1924-1930).

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