Comemos agua. Como elemento imprescindible para producir alimentos, para cocinarlos y para su ingesta y digestión. La huella hídrica de los alimentos contabiliza todos los litros de agua necesarios para que un alimento llegue a nuestro plato.
La FAO estima que una dieta promedio puede requerir entre 2.000 y 5.000 litros de agua al día para la elaboración de esos alimentos. La mayoría se requieren en la producción vegetal. Y si esa producción vegetal se usa para alimentar al ganado, el requerimiento hídrico por kg de alimento producido se multiplica, pues el ganado debe alimentarse de vegetales durante todo el período vital necesario para su crianza.
A efectos de estimación global para la dieta en nuestras latitudes podemos establecer unas necesidades de agua de 4.000 litros por persona y día. Su proyección anual es de 1.460 metros cúbicos por persona y año. Fácil deducir que la alimentación de los 48 millones de españoles requiere 70.000 Hm³ de agua. Quizá el norte húmedo dispone de su parte proporcional, no me atrevo a asegurarlo. Lo que es seguro es que en el mediterráneo, no la tenemos.
A Cataluña le corresponderían 11.700 Hm³ de agua para alimentar los 8 millones de catalanes. No disponemos de tanta agua y la que realmente usamos para nuestra producción agropecuaria, 3.200 Hm³, está muy por debajo de esa cifra.
Esos datos plantean diversas cuestiones:
- Sobre la suficiencia alimentaria. Con razón, los expertos dicen que apenas alcanzamos el 40% de suficiencia alimentaria. El concepto de suficiencia alimentaria está en la base de muchas de las justificaciones teóricas de la producción agraria. Está claro que, en esa materia, como en la energía y tantas otras, la suficiencia es un elemento estratégico a considerar. No obstante, la realidad muestra que estamos muy lejos y que tal vez no la alcancemos nunca. Nuestra agricultura tiene problemas estructurales específicos que afrontar y la disponibilidad y el coste del agua son elementos que hasta el momento solo han contemplado algunas de las áreas agrarias más avanzadas del sudeste español. La pertenencia a la Unión Europea y la globalización de la economía inducen a pensar la suficiencia en esos contextos, sin los cuales no sería posible explicar las dinámicas económicas de nuestra producción alimentaria. La extrapolación del concepto ha desplazado la suficiencia a la idea de la soberanía alimentaria. Eso parece aún más lejos, dada la globalización de los mercados y la intensa especialización de nuestra producción agropecuaria, que muestra elevadas cotas de exportación.[1]
- Sobre la eficiencia de la producción agraria. La realidad muestra la coexistencia de sistemas productivos muy avanzados y realidades decimonónicas. Las ayudas al campo derivan de las ideas de Joaquín Costa —escuela y despensa— que pretendían sacar a España de la ignorancia y el hambre y evitar la despoblación del campo. Afortunadamente, hoy las cosas son distintas en relación a los dos primeros factores, pero la evidencia nos muestra la necesidad de impulsar el reequilibrio territorial y poblacional. El regadío es un instrumento necesario para ello, pues está claro que la despoblación se ceba en los secanos; y la eficiencia del riego, una exigencia derivada, no solo de las ayudas públicas, sino de la escasez y el coste de los factores productivos, incluida el agua. Mi convicción es que en un contexto de distribución y uso eficiente hay agua para todos los usos, incluidos los ambientales.
- Sobre el despilfarro alimentario. Los datos son múltiples y preocupantes. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura calcula que un tercio de los alimentos producidos anualmente en el mundo se tiran (FAO, 2011). En la Unión Europea, cada año se descartan 88 millones de toneladas de alimentos, con un coste de 143 billones de euros. Esa cantidad equivale al 20% de la producción alimentaria total[2]. En España se desperdician 1.200.000 Tm de alimentos cada año[3]. En Cataluña, los hogares, los comercios y la restauración generen unes 262.000 tones anuales de desperdicio cada año, equivalentes a 35 kg/persona[4].
En definitiva, somos importadores netos de agua según muestra el gráfico que se adjunta. Y a pesar de ellos, tenemos importantes ineficiencias en su uso y en la utilización posterior de los productos obtenidos.

El agua, factor limitante
El sudeste español hace años que sabe de las limitaciones del agua para la producción agraria y del coste de disponer de ella. La sequía de los últimos años ha extendido esa percepción a muchas comunidades de regantes que hasta ahora no la tenían. Visto en perspectiva, llama la atención que el Pla de regadius de Catalunya 2008-2020, que contemplaba la transformación de secanos en regadíos y la modernización de buena parte de los regadíos tradicionales, no ponía en duda la disponibilidad de agua ni consideraba su coste. El Plan tuvo una vida discreta sin que nadie señalara esos problemas, y su caducidad vino a coincidir con la sequía que mostró el problema al desnudo. Quizá el próximo Plan sea más realista en relación al agua.
Hoy por hoy somos importadores netos de agua, ya sea en forma de soja, girasol y maíz, para alimentar el ganado, ya por los alimentos vegetales que importamos de todo el mundo. La agricultura de proximidad es inevitablemente minoritaria.
El futuro
Javier Sanpedro opina que la agricultura es el invento más importante de la historia[5]. Más allá de la seguridad alimentaria, su argumento se extiende al sedentarismo y la aparición de las ciudades e incluso a la modificación del código genético humano que aumentó su eficiencia en la metabolización de las féculas.
La tecnificación de la agricultura ha aumentado su productividad de forma análoga a la que 200 años atrás mostró el cambio de la producción artesana a la industrial: el uso intensivo de factores de capital y el aumento de tamaño de las unidades productivas. ¿Es ese el futuro? Por el momento, sí. Pero los avances muestran posibilidades disruptivas: la agricultura vertical relativiza necesidad de suelo; y las técnicas genéticas ya han demostrado que se pueden producir proteínas cárnicas sin necesidad de ganadería y quizá con menos agua.
Los planes de futuro para el sector no deberían ignorar esas posibilidades. El ferrocarril fracasó en Norteamérica cuando confundió el fundamento de su negocio: no era el tren, sino el transporte.