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Lecciones de Gloria

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  • Lecciones Gloria
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Son ya muchos, en pocos meses, los acontecimientos extraordinarios. Murcia, Cataluña, Valencia, Baleares, han sufrido acontecimientos de extensión y duración variable, de intensidad inusitada y, en algunos lugares, reiterada.

Entre el 21 y el 23 de enero, Gloria azotó violentamente el litoral mediterráneo. Dejó un rastro de destrucción en toda la costa que puso en evidencia la inconsistencia de las actuaciones urbanísticas y en general, de las relacionadas con los usos del litoral: playas, paseos marítimos, instalaciones recreativas.

En los cauces no regulados, además de los cultivos afectados y viviendas inundadas, numerosas instalaciones industriales destruidas o simplemente maltrechas. Algunas deberán cerrar porque el plazo de suministro de los equipos dañados supera su capacidad de resistencia económica al no poder atender a sus mercados.

En los ríos regulados, se ha dado la paradoja de la elección entre prioridades contradictorias. La cuenca mediterránea es más bien seca y de pluviometría irregular. La obsesión habitual de la autoridad hidráulica es almacenar agua. Esa obsesión es compartida por el sector hidroeléctrico, que guarda el agua para ajustar puntas de demanda dada la respuesta instantánea (o la poca inercia) de ese tipo de producción.

Y, no obstante, en los ríos regulados se han dado siniestros por inundación que en algunas partes han podido ser comparados a los observados en ríos no regulados: puesto que el primer reflejo fue almacenar agua, al venir tanta lluvia se perdió la capacidad de regulación. El provecho de los primeros instantes del episodio, finalmente se trocó en drama.

En la cuenca del Ter, Gloria dejó algunas lecciones que aprender:

1.- Desde 1969, el sistema de embalses de Sau y Susqueda ha salvado varias veces el Bajo Ter. En esta ocasión solo contribuyó a mitigar el desastre. En efecto, el episodio empezó con el sistema de embalses al 68%, con una capacidad de almacenaje residual de 127 Hm3. El día 23 por la mañana estaba ya al 100% y el río fluyó aguas abajo sin regulación, superando los 2.000 m3/seg. lo que provocó la inundación en algunos barrios de Girona y en amplias zonas del Bajo Ter.

2.- El grado de confianza de la autoridad hidráulica hacia los servicios meteorológicos no pasó por su mejor momento. En efecto, el episodio estaba anunciado y confirmado dos días antes, con lluvias intensas de entre 300 y 500 mm (por otra parte parecidas a las que en septiembre habían caído sobre Murcia).

La cuenca del Alto Ter tiene una superficie de más de 2.000 km2. Cada 100 mm de lluvia suponen una precipitación de 0,1 Hm3 de agua por km2, es decir, 200 Hm3 en toda la cuenca que reciben los embalses. En la hipótesis mínima de que hubieran llovido 300 mm, en el Alto Ter se hubieran precipitado 600 Hm3, de los que en gran parte llegarían a Sau. No era difícil pensar que habría más agua que capacidad de embalse. El balance de los problemas a resolver aconsejaba un cambio de prioridades y soltar agua de forma preventiva antes de tempestad. De esa forma, con un desembalse previo y controlado, se hubiera podido vaciar significativamente y la avenida del Ter se habría contenido hasta el final.

3.- Por otra parte, está la cuestión del equilibrio entre la protección ambiental del río, su cauce y los márgenes, y la protección de las zonas urbanas e instalaciones ribereñas. Está claro que, al igual que ocurre en el litoral marítimo, ha habido aproximaciones temerarias a los cauces de los ríos, con ocupaciones de zonas inundables en períodos de retorno más o menos largo. Desconozco el detalle con que las compañías aseguradoras toman esos riesgos, pero estoy convencido de que ya están reevaluando el importe de las primas por inundación.

Los sectores más sensibilizados por la protección ambiental han saludado la progresiva protección de cauces que ha impulsado o permitido la autoridad de cuenca. Esa protección, con frecuencia se ha convertido en simple abandono al curso de los acontecimientos que el río iba desarrollando con su propia dinámica. Así, en numerosos lugares hemos asistido al renacimiento de islas u otros accidentes fluviales que por acumulación de sedimentos han dado lugar a zonas arboladas –en algunos lugares han aparecido por primera vez- que se han convertido en refugios de fauna y que han revitalizado el río. En primera aproximación, eso es positivo; lo que no significa que no deba gestionarse en busca de un equilibrio entre la protección del río y la de las zonas urbanas. No debe confundirse la tormenta con un castigo divino, pues el resultado de nuestra interacción con la naturaleza inevitablemente conduce a que debemos aprender y gestionar todos los riesgos.

4.- El delta del Ebro, de reciente aparición en términos geológicos, es fruto de la variación del nivel del mar y de la intensa erosión observada desde la edad media, debido a la deforestación del Pirineo. La construcción del pantano de Mequinenza interrumpió la aportación de sedimentos con lo cual empezó a entrar en regresión y en un futuro incierto que Gloria ha puesto en evidencia. Lo que empezó siendo un accidente de la historia, se convirtió en zona productivas en el siglo XIX y en zona protegida como parque natural en el siglo XX. El sigo XXI será decisivo para asegurar su futuro.

El temporal del siglo va siendo habitual en el mediterráneo. Los modelos climáticos predicen mayor frecuencia de esos acontecimientos y habrá que reordenar la escala de riesgos y prioridades, así como los planes y protocolos para afrontarlos.

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