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El alcantarillado es el pariente pobre del ciclo urbano del agua. Todo el mundo habla de los problemas de financiación del abastecimiento de agua, o de las grandes depuradoras y emisarios, que en buena parte se han financiado con fondos comunitarios. Y sin embargo, buena parte del tejido urbano español tiene sistemas de saneamiento interno (alcantarillas) con deficiencias manifiestas, ya sea por un dimensionado insuficiente o por graves problemas de mantenimiento. E incluso no es difícil encontrar zonas en las que no lo hay.

Las zonas urbanas tienen necesidad de drenar las aguas residuales y las pluviales. En ocasiones, también deben drenarse determinados afloramientos que se dan como consecuencia de obras públicas en el subsuelo, ya sean las del metro urbano o la construcción de aparcamientos subterráneos. Por esos motivos el alcantarillado es un servicio mínimo esencial que deben prestar todos los ayuntamientos y su diseño y ejecución obligada debe formar parte de cualquier planeamiento urbanístico.

En general, nuestro alcantarillado urbano se ha concebido como una red unitaria que canaliza simultáneamente las aguas residuales y las de lluvia. Ello ha supuesto menores costes que si se hubieran construido redes separativas. En contrapartida, los costes de depuración son mayores, pues es conocido que un metro cúbico de agua sucia más un metro cúbico de agua limpia equivale a dos metros cúbicos de agua sucia. Por otra parte, en tiempos de carestía de agua, se complica la posibilidad de aprovechar, como aguas de segunda calidad, las aguas de lluvia caídas sobre la superficie urbanizada.

Muchas zonas urbanas se han construido sin considerar esas exigencias. Los pozos negros o los vertidos directos a arroyos y barrancos todavía son frecuentes. Los diámetros y las pendientes de algunas tuberías son ridículos, lo que favorece su obstrucción -que en los últimos años viene agravada por la costumbre de evacuar toallitas y otros sólidos por los sumideros domésticos.

Los controles de calidad de esas obras no han solido ser exigentes. Muchas canalizaciones se extienden a escasa profundidad, colocadas a lo largo de zanjas con asientos y camas de apoyo defectuosos. Por ello son sensibles a la presión del tráfico rodado: roturas o separaciones de juntas por las que las aguas residuales se infiltran al subsuelo. Si el nivel freático no es muy profundo se contamina el acuífero. Tampoco es raro ver tapones de hormigón, mazacotes vertidos al acabar la obra de urbanización para limpiar las cubas de hormigonado, que limitan las condiciones de diseño, ya de por si precarias. También se observan sedimentos y zonas corroídas por vertidos ácidos o por emanaciones de las propias aguas residuales estancadas. Finalmente, es costumbre extendida romper los tubos a golpe de maza para conectar una nueva acometida. Se comprende que donde se dan estas circunstancias, la canalización es nominal. Pero ojos que no ven, corazón que no siente.

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Sea cual sea su estado, el alcantarillado requiere mantenimiento: limpieza frecuente de las acumulaciones de sólidos, ya vengan de aguas residuales o de arrastres de la vía pública, como las hojas en otoño, que deben ser apartadas de los imbornales para asegurar la mejor absorción de las aguas de lluvia y evitar inundaciones de calles, viviendas y establecimientos. El mantenimiento preventivo suele darse en las grandes ciudades, en especial en los centros urbanos. En otras zonas, la práctica más frecuente es el desatasco posterior a la detección del problema, ya sea por observación de los servicios municipales, ya sea por denuncia de los vecinos afectados, ya sea después de las una tormenta, cuyas consecuencias hubieran sido evitables o, al menos, minorables si se dispusiera de un servicio en condiciones.

La construcción de una buena red de saneamiento es costosa. Las zanjas deben ser más profundas y anchas que las de otros servicios canalizados y las tuberías deben ser de mayor diámetro. Los proyectos urbanísticos deben contemplar su diseño, construcción y financiación. No siempre ha sido así y en muchas ocasiones el proceso de extensión del suelo urbano ha tolerado deficiencias difíciles de comprender.

Su mantenimiento y reposición son objeto de un servicio municipal específico que debe ser financiado mediante una tasa. Rara vez el importe de esa tasa se basa en un estudio de esos costes. Es más frecuente que esa tasa tenga valores simbólicos que apenas permiten pagar el coste de los desatascos mediante actuaciones puntuales, a veces programadas, a veces no.

Tampoco es raro encontrar casos en los que la tasa, simplemente, es inexistente. Algunos municipios hicieron la pirueta conceptual de asimilarlo al IBI y considerar que se el alcantarillado se puede financiar con ese tributo. Hay que recordar que buena parte de los servicios urbanos -la limpieza viaria, el alumbrado, la vialidad, los jardines y zonas verdes, etc- son costosos y se disfrutan sin coste específico. Y que el coste real de un buen sistema de drenaje urbano es elevado.

La falta crónica de financiación y mantenimiento de ese servicio está en la base de problemas importantes de higiene urbana en muchos lugares, y también en la mayor frecuencia de episodios que luego deben afrontarse como desgraciadas catástrofes fortuitas que, eso si, dan buenos titulares en los informativos, buenas muestras de solidaridad, pero en el fondo son la demostración de deficiencias históricas de planeamiento y gestión que no se han querido afrontar de forma adecuada.

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Redacción iAgua

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