Erase una vez...

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Jorge Chamorro
Ingeniero especialista en tratamiento y depuración de aguas y en desalación.
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…una persona que vivía en una humilde vivienda y que recibió, en herencia, una parcela de al lado del palacio del Rey. Como estaba sin edificar, la maleza, las malas hierbas y el agua estancada habían campado a sus anchas.

El rey, molesto con el aspecto estético y los problemas de ratas y mosquitos, insto al dueño del terreno a acondicionar el mismo. Dado que no tenía recursos económicos para acometer dichas actuaciones, el rey ordenó a su administrador que acondicionará la parcela a costa del tesoro real.

Al cabo del tiempo, nuestro hombre pasó por la parcela y se encontró que no solo la habían limpiado y arreglado sino que le habían construido con una casa de 100 m2 y una piscina. Agradecido al Rey se trasladó a vivir a su nueva casa.

Al final del primer mes recibió las facturas correspondientes a la electricidad consumida y la del personal encargado de la jardinería y de la piscina. Como no disponía de recursos económicos para atender dichos gastos, abandono la vivienda y se retiró a su anterior morada.

Paso el tiempo y la naturaleza volvió a campar en la parcela. Nuevamente, el administrador del rey llamó al propietario y le volvió a insistir que la situación no era admisible. Como la situación económica de nuestro protagonista no había cambiado, la comunidad acordó asumir las actuaciones a su cargo.

Para sorpresa del dueño, al cabo de un año se encontró con la parcela perfectamente acondicionada, con un chalet de 200 m2, una piscina y una cancha de tenis.

Dando gracias por su buena suerte, se traslado a su nueva vivienda. Al mes, la historia se repitió, los costes de habitar y mantener las instalaciones superaba su capacidad económica y se volvió a ir.

Por tercera vez el rey volvió, veinte años después, a reconvenirle por el estado de la parcela. Como en las situaciones anteriores, asumió las obras de acondicionamiento, con cargo al tesoro. Chalet de dos plantas de 400 m2, una piscina climatizada y una cancha de tenis.

Como nuestro hombre era más sensato que el rey, le expuso que los gastos de vivir y mantener todo ello eran tan elevados que él no podría asumirlos. Esta vez, el rey decidió que correría con parte de los gastos siempre y cuando nuestro hombre cuidara el jardín y se encargara de los trabajos rutinarios. Con los ojos llorosos y agradeciendo a su rey tanta generosidad se traslado a vivir a su nuevo hogar.

El primer año las cosas fueron muy bien. Cuando el rey vio los costes anuales (100.000 €/año) despidió a su administrador. El nuevo administrador, viendo lo que le había pasado a su antecesor, se le ocurrió la brillante idea, de sacar a concurso, por un periodo de un año, el suministro de todos los servicios y el mantenimiento de nuestro privilegiado amigo. De todas las ofertas recibidas, escogió la más barata (80.000 €).

Como el coste de la energía eléctrica había subido, limitaron el consumo eléctrico especialmente en invierno con lo que el inquilino y su familia pasaron algo de frio. En verano, cuando se quemo el motor de una bomba de la piscina, le dijeron que no repararía pues no había presupuesto. En invierno, cuando se rompió la cristalera del salón, la sustituyeron por un plástico.

Al año siguiente, y tras ser felicitado por el rey, el administrador volvió a sacar a concurso los costes de la vivienda. Esta vez fue más generoso y no aceptó bajas de más del 30%: adjudicó el contrato en 60.000 euros.

En verano no se pudo utilizar la piscina (los filtros habían perdido la arena y no había presupuesto para su reposición), en invierno la calefacción se averió y tampoco se tenía presupuesto (la energía eléctrica se llevaba la mayor parte del mismo). La vitrocerámica se estropeó y le compraron, con mucho esfuerzo, un infiernillo para cocinar y calentarse.

La situación se repitió año tras año, al cabo del tiempo, nuestro protagonista y su familia vivían casi a la intemperie y en unas condiciones insalubres. Se acordó que aún tenía su antigua vivienda y decidió irse para vivir dignamente.

¿Sabéis lo que hizo el rey? Construir, en la parcela de nuestro protagonista, un palacio y esperar que las cosas cambiaran.

Ojo, que aquí no se termina... continuará

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