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La solución al problema de las toallitas húmedas: cacafilia vs. cacafobia

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Sobre el blog

Juan José Salas
MÉDICO DEL AGUA y DOCTOR EN QUÍMICA. Director de Servicios Tecnológicos de la Fundación CENTA. 36 años de experiencia en el tratamiento de las aguas residuales, especialmente de los vertidos generados en las pequeñas aglomeraciones urbanas.
Emasesa
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Estimados seguidores/lectores, tras más de medio año sabático, motivado por la elaboración de la “Guía Técnica para la Selección y Diseño de Líneas de Tratamiento de Aguas Residuales” en Bolivia (de la que hablaremos en otro momento), retorno a mi actividad hidrobloguera y lo hago con un tema de escatológica actualidad: las toallitas húmedas y sus circunstancias. Problemática que está afectando seriamente al Hospital Universitario del Agua en el que ejerzo, creando graves problemas en la zona de admisión de las aguas enfermas, lo que retrasa su ingreso y dificulta y encarece su cura.

En un intento por solucionar este problema, he estado reflexionando sobre las causas por las que, en la mayoría de los casos, empleamos el inodoro para desprendemos de las toallitas usadas, en lugar de usar la papelera, que generalmente está situada a tan solo unos centímetros (en un cuarto de baño de la clase media/baja). Fruto de una sesuda reflexión he llegado a dos posibles motivaciones.

Por un lado, creo que lo que hacemos es repetir, casi de forma inconsciente, el hábito adquirido desde que nuestros progenitores nos quitaron los pañales, de arrojar al inodoro el papel higiénico tras su uso.

El hábito adquirido desde que nuestros progenitores nos quitaron los pañales

He de confesar que este hábito me ha ocasionado algún que otro problema en los viajes que como Médico del Agua realizo con frecuencia a Latinoamérica, donde en la mayoría de los hoteles advierten, con vistosos carteles, de la prohibición de  arrojar, ni siquiera el papel higiénico, al inodoro.

Pese a los carteles, en más de una ocasión, el hábito ha vencido a la advertencia y he organizado memorables atascos y hasta la inundación de un cuarto de baño, con los consiguientes daños colaterales a la habitación de abajo. De nada me ha servido argumentar ante los recepcionistas que el atasco se había podido deber al uso de un papel higiénico no adecuado, a una sección inadecuada de las tuberías, o al mal funcionamiento de evacuación del sistema cisterna/inodoro, por lo que poco a poco me he visto obligado a ir cambiando este hábito, para poder seguir durmiendo bajo techo.

Pero además de esta justificación, basada en nuestras costumbres más arraigadas, considero que hay otra más profunda, más cultural, y que tiene que ver con la cacafobia que impera en nuestro mundo occidental.

La cacafobia impera en nuestro mundo occidental

Oí por primera vez la palabra cacafobia en labios del Profesor Naoyuki Funamizu, de la Universidad de Okkaido, al que tuvimos el honor de invitar para que impartiese una ponencia magistral en el III Congreso Internacional SMALWAT11, organizado por la Fundación CENTA

El profesor Funamizu impartía la ponencia “Current Status and Research Activities of Wastewater Technologies for Small Communities in JAPAN”, y hablaba con naturalidad (y hasta con cierta familiaridad, me atrevería a afirmar), de un sistema japonés de saneamiento sostenible, basado en la separación de las aguas grises y negras y del compostaje de las deposiciones en un depósito ubicado directamente bajo el inodoro, como paso previo a su empleo como fertilizante agrícola.


La diapositiva del Dr. Funamizu que originó el revuelo.

En un momento dado, apartó la vista de la pantalla y la dirigió hacia el público. Al ver las caras que estábamos poniendo la mayoría de los oyentes, de forma magistral, y sin perder el hilo del discurso, introdujo dos conceptos desconocidos por mí hasta ese momento: cacafilia y cacafobia. Aseverando, que en el mundo oriental los subproductos sólidos del metabolismo humano se ven con mucha naturalidad, por lo que la tecnología de las que nos hablaba no tenía ningún rechazo social en su país. En definitiva, que los orientales eran cacafílicos, mientras que nosotros, los occidentales, nos dejábamos llevar por los prejuicios de la cacafobia y de ahí nuestras caras ante su exposición.

Los orientales son más cacafílicos

Ocho años después he vuelto a recordar este razonamiento, lo que me ha llevado a la segunda motivación de mi reflexión filosófica sobre el destino de las toallitas: es esta cacafobia imperante en nuestra sociedad la que nos lleva a manejar lo menos posible, y a desprendernos cuanto antes de ellas, por la incuestionable evidencia cromática de su uso y, para eso, que mejor cómplice que el inodoro.

Por todo ello, y mientras las toallitas húmedas no sean realmente asimilables al papel higiénico y lo puedan acompañar en su viaje por el subsuelo hasta nuestros Hospitales del Agua, me temo que la única solución al problema pasa por ir haciéndonos algo más cacafílicos (siempre dentro de un orden), ir abandonando nuestra ancestral cacafobia y, por supuesto, asumir definitivamente el Compromiso = toallitas⬆3 .

P.D.1. Las manchas marrones que aparecen en las toallitas de la foto son puro atrezo.

P.D.2. Como hace tiempo que no se lo recuerdo, si le ha gustado lo leído y he conseguido arrancarle alguna que otra sonrisa, pese a la componente altamente escatológica del tema tratado, por favor no olvide que su pinchazo al corazón azul, que aparece junto al título del post, es lo que me motiva para seguir escribiendo. ¡Muchas gracias!

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