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Renaturalizar lo desnaturalizado

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  • Renaturalizar lo desnaturalizado

Como parte que somos de la comunidad científica-técnica, somos conscientes de que el resultado de cualquier proceso que ha tenido un periodo de validación y seguimiento de millones de años, como menos, es fiable y contrastado: así son los procesos naturales, y por ende, nuestros ciclos biológicos.

Evidentemente, como uno de los ciclos estrellas de nuestro querido planeta está el del elemento más vital: el agua.

Las ciencias de la vida se han dedicado durante siglos a la observación y comprensión de todo lo que nos rodea; el tratar de entender los mecanismos del porqué de las cosas ha sido, y sigue siéndolo, la gran obsesión de la humanidad.

Este paciente y continuado análisis de la Naturaleza ha permitido un largo proceso de aprendizaje del entorno y, sin duda, un incesante aporte de soluciones a nuestros problemas cotidianos; lo que a su vez, ha contribuido al gran progreso y bienestar de nuestra especie respecto a otras. 

Cómo no podía ser de otra manera, también hemos buscado en la naturaleza las soluciones a los muchos entuertos que como especie hemos provocado en ese mismo proceso de desarrollo.

Por supuesto, el mundo del agua no se ha escapado a nuestras inquietudes de sapiencia. Respecto a ella (al agua), como base necesaria e indispensable para nuestro existir, no sólo nos hemos interesado por conocerla sino que rápidamente hemos irrumpido en su ciclo natural adaptándolo a nuestras necesidades.

El ciclo del agua está compuesto de procesos y elementos que permiten que una gota de agua pueda llevarse millones de años dando vueltas por el planeta azul.

Desde siempre, los elementos más cercanos al ser humano han sido nuestras masas de agua superficiales: nuestros ríos y lagos. Nos han servido de suministro y junto a ellas se han desarrollado las grandes civilizaciones a lo largo de la historia.

Si diversas son las afecciones de las que podríamos hablar en nuestra interrelación con el agua, cabrían destacar, bajo mi punto de vista, dos de ellas: el uso (o mal uso, según el caso) y la agresión a "sus dominios" (o invasión/destrucción de los cauces naturales).

El problema de contaminación de nuestras aguas es por todos conocido, así como la ocupación del dominio público hidráulico. Respecto a lo primero, y tal como comentaba anteriormente, nos hemos "colado" en el ciclo natural del agua y hemos hecho que esa gota de millones de años también pase por nosotros.

El incluirnos como "elemento" del ciclo, no deberia haber provocado mayor problema que el de añadir una pieza más en un ya complejo engranaje; pero nuestra perturbacion se ha originado cuando ese agua que hemos tomado prestada la devolvemos en condiciones que imposibilita su uso para los elementos que nos suceden.

La comprensión de este efecto y sus consecuencias, es el origen de la adopción de la necesidad de la depuración de las aguas como acción indispensable para la continuidad sostenible del ciclo del agua.

En el post que aquí nos ocupa, me gustaría sacar a colación uno de esos ejemplos que tan bien hemos copiado de la Naturaleza y nos puede ayudar a mejorar nuestra presencia en el ciclo del agua: los humedales artificiales o constructed wetlands, concretamente su potencial de generación de biodiversidad y mejora en el estado ecológico del medio receptor final, precisamente, como consecuencia de la interposición de dicha infraestructura verde entre el efluente final de una EDAR y éste último.

Los humedales son capaces de depurar el agua, eliminando grandes cantidades de materia orgánica, sólidos, nitrógeno, fósforo y, en algunos casos, productos químicos tóxicos. Se ha tratado de aprovechar este gran potencial depurador de los humedales para el tratamiento de aguas residuales, diseñando instalaciones capaces de reproducir las características de los humedales naturales. Esta función, la más común asignada a los humedales artificiales, puede ser no obstante complementada con otras que en principio surgen como deriva de la primera.

El efluente tratado procedente de una EDAR posee una calidad fisicoquímica notablemente mejor que la de entrada a la misma. No obstante, desde el punto de vista ecológico, puede no ser completamente adecuado para ser liberado en el medio receptor; por ejemplo por la presencia de materia en suspensión o por valores aún elevados de nutrientes.

El paso de este efluente por un humedal artificial, no solo mejora la calidad fisicoquímica del mismo, sino la ecológica. De este modo el medio receptor final recibe un vertido mucho más acorde con su estado ambiental. No sólo el impacto es mucho menor que si procediese de la EDAR directamente, sino que incluso puede ser positivo por su potencial para estimular la biodiversidad del mismo.

Se trata de aprovechar el potencial generador de biodiversidad que presentan los efluentes de depuradora, haciendo discurrir el mismo por un humedal artificial antes de su llegada al medio natural

Este uso del humedal artificial como elemento regenerador permite la reutilización ambiental del agua de salida del sistema.  Tanto en USA como en Europa, podemos encontrar numerosos ejemplos de esta práctica. Sin ir más lejos, en España, lo más emblemáticos quizás sean el veterano de las lagunas costeras de Aiguamolls de l’Empordà en la Costa Brava, o el más reciente de la Albufera de Valencia. Ambos son dignos ejemplos del concepto desarrollado por científicos holandeses del "waterharmonica", lo cual no es otra cosa que crear un espacio de transición entre el vertido depurado de una planta de tratamiento y el medio receptor final: una especie de "naturalización" del efluente. 

En Andalucía existen más de 700 estaciones depuradoras de aguas residuales que según los datos del II Plan Nacional de Saneamiento y Depuración generan un caudal de unos 520 Hm3 al año, con una capacidad de reutilización de más de 55 Hm3 anuales de agua tratada. El 90% del volumen reutilizado se dedica a usos recreativos (fundamentalmente riego de campos de golf) y agrícolas.

Al mismo tiempo, Andalucía posee uno de los patrimonios de humedales más ricos y variados del Estado Español y la Unión Europea. Sin embargo, en etapas previas al establecimiento de políticas de protección de estos ecosistemas, el territorio andaluz ha sufrido importantes pérdidas en zonas húmedas, especialmente en áreas agrícolas, como el valle del Guadalquivir o algunos tramos litorales.

Según el Plan Andaluz de Humedales se estima que en Andalucía se han perdido más de 120 humedales y se ha desecado una superficie encharcable superior a 130.000 ha., que significan la pérdida del 51% de humedales y del 67% de su superficie total, respectivamente.

Bajo este panorama, y aún a sabiendas que siempre queda mucho por investigar y demostrar, ¿podría ser el uso de los humedales artificiales una herramienta más en la recuperación de nuestras tan preciadas zonas húmedas? ¿Podríamos renaturalizar lo desnaturalizado?

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